[junio de 2010]
La oficina del comisario Romano se había convertido, con el paso de los días, en un santuario saturado de papeles amarillentos, recortes de prensa y carpetas judiciales que olían a humedad, tinta vieja y a secretos celosamente mal guardados. El desorden era solo aparente para un ojo inexperto; para Romano, cada pila geométrica de documentos representaba un año exacto de silencio comprado con dinero de la moda.
Sobre su escritorio de metal, el dedal de oro macizo con las iniciales M.C. grabadas en relieve brillaba con una fijeza incómoda bajo la luz mortecina de la lámpara flexo, como un ojo dorado que vigilaba cada uno de sus movimientos policiales, recordándole de forma constante que, en esa región de Italia, incluso los objetos inanimados tenían dueños muy peligrosos.
Romano extendió sobre la mesa el recorte de periódico histórico que el subinspector Fernández había rescatado tras horas de búsqueda en el archivo general de la prensa de Lombardía, un papel tan quebradizo por los años que parecía querer deshacerse en fragmentos entre sus dedos. El titular de la sección de sucesos, fechado en marzo de 1998, todavía gritaba una verdad oficial que ahora, con un cadáver fresco en la morgue, se sentía como una burla sangrienta: «TRAGEDIA EN LA CASA CASTIGLIONE: EL FUEGO TERMINA CON LA VIDA DE LA ÚLTIMA MUSA».
— El informe técnico de los bomberos de Milán dice que el fuego voraz se originó en el ala este de la mansión, justo en la zona de los dormitorios y los probadores privados —murmuró Romano, señalando con la punta de un bolígrafo la fotografía granulada y gris de la fachada devorada por las llamas de la época .— Se habló oficialmente en el expediente de un cortocircuito en el sistema eléctrico antiguo, de vigas de madera seca y de una respuesta tardía de las autobombas debido a la niebla de la carretera. "Cuerpo calcinado irreconocible", dice el dictamen del forense de entonces. El caso criminal se cerró en menos de una semana con la firma autoritaria de un juez de instrucción que, curiosamente, se jubiló en una villa de lujo en la Toscana solo un mes después. Se dictaminó muerte accidental por inhalación severa de monóxido de carbono.
El subinspector Fernández, que observaba la escena apoyada contra el marco de la puerta con una taza de café frío olvidada en la mano, tragó saliva con dificultad. El silencio dentro de la oficina de la jefatura se volvió denso, casi irrespirable, interrumpido únicamente por el zumbido monótono de un viejo ventilador eléctrico que no lograba refrescar el ambiente cargado.
— Pero comisario... —la voz del joven policía sonó insegura y rota—, si la mujer que encontramos enganchada en los pilotes del canal industrial es ella, si las huellas dactilares coinciden milimétricamente con los registros médicos infantiles que solicitamos a Nápoles... entonces esa imponente tumba con el ángel de mármol en el cementerio central de Milán está completamente vacía.
— O contiene el cuerpo olvidado de alguna indigente o costurera muerta que no tenía a nadie en el mundo que la reclamara ante la ley —interrumpió Romano, sintiendo un escalofrío físico que recorría su espina dorsal y que nada tenía que ver con el aire de la habitación .— Si alguien se tomó tanto trabajo burocrático y gastó una fortuna legal para hacerla morir oficialmente en el 98, es porque necesitaba de forma urgente que Filippa Castiglione dejara de existir legalmente para el resto del mundo. No querían matarla físicamente en ese momento; querían borrar su identidad. Querían que fuera un fantasma vivo en su propia casa-taller, una sombra sin derechos civiles ni existencia legal que Massimo pudiera moldear y controlar a su antojo en la oscuridad de la propiedad.
Romano tomó el dedal de oro con unas pinzas metálicas de precisión y lo dejó caer con cuidado dentro de una bolsa plástica de evidencias judiciales. El sonido del metal contra el plástico fue seco, definitivo, cortante.
— El fuego de los almacenes borró las huellas del fraude, Fernández, pero no borra la verdad de los hechos. Solo la esconde bajo las cenizas del taller para que el paso del tiempo la entierre en el olvido. Pero las aguas del canal tienen una memoria muy distinta a la conveniencia de los hombres de la alta sociedad; el agua no acepta sobornos de firmas de moda y, doce años después del incendio, decidió que ya era hora de que Filippa Castiglione volviera a casa.
El comisario se puso de pie con determinación y se abrochó el abrigo de lana, acercándose al gran ventanal que daba a la ciudad oscura y neblinosa.
— Prepare el vehículo policial, Fernández. Mañana a primera hora de la mañana vamos a solicitar formalmente ante el juzgado una orden de exhumación del cementerio central. Quiero ver con mis propios ojos qué hay realmente enterrado bajo ese ángel de mármol de la Casa Castiglione.