La muerte del maniquí

Capítulo 10: La contabilidad de las lágrimas

[octubre de 1997]

Un año antes de que el gran incendio destruyera oficialmente su identidad civil, Filippa descubrió el verdadero secreto que sostenía el imperio de la Casa Castiglione. No estaba en los bocetos geométricos de los archivadores de caoba ni en los desfiles exclusivos de la capital, sino en un grueso libro de contabilidad revestido de cuero negro que Massimo guardaba bajo triple llave en la caja fuerte de su despacho privado.

Fue una noche de tormenta, mientras el siseo del viento del norte golpeaba los cristales del solárium, cuando Massimo la obligó a sentarse a su lado para transcribir una serie de cifras y nombres propios que no correspondían a la venta de trajes ni al pago de salarios de las costureras. Las manos del diseñador temblaban debido al alcoholismo incipiente, y su mente, desgastada por la paranoia de los inspectores del ministerio, necesitaba una caligrafía limpia, recta y anónima que no pudiera ser vinculada directamente con su puño y letra en caso de una auditoría judicial.

— Escribe con cuidado, Filippa —ordenó con voz ronca, sirviéndose una copa de ginebra barata que contrastaba de forma vulgar con el lujo de la estancia—. Cada número que anotas en estas páginas representa un favor comprado en los ministerios de Roma; cada apellido patricio que dejas fijo en el papel es un hilo invisible que sujeta el cuello de un juez o de un jefe de policía. La alta costura es un negocio de apariencias, pero el verdadero poder de la firma consiste en saber con exactitud cuánto cuesta el silencio de los hombres poderosos.

Filippa mojó la pluma en la tinta negra y comenzó a escribir con su letra técnica de imprenta. A sus trece años, los nombres de los ministros, los directores de banco y los magistrados que desfilaban por las páginas del libro no significaban nada desde el punto de vista político, pero el olor del papel y el miedo reverencial que Massimo mostraba hacia ese volumen le hicieron comprender que sostenía entre sus manos largas el auténtico mapa de la infamia familiar.

Esa noche, mientras anotaba las transferencias bancarias dirigidas a cuentas fantasmas en las islas Caimán, Filippa tomó una decisión silenciosa que cambiaría el destino de la investigación criminal trece años después. Aprovechando los momentos en que Massimo se sumía en un letargo etílico frente a la chimenea, comenzó a memorizar las claves numéricas, los sellos de lacre de joyería y las fechas exactas de los chantajes textiles.

Aquel libro de contabilidad, que más tarde intentaría esconder bajo el carbón de las calderas del sótano antes de que el fuego purificara la mansión, se convirtió en su primera fe de bautismo en el fango, la pólvora inicial para el incendio legal que ella misma diseñaría al final de su vida para destruir de forma definitiva al Autor que la consideraba de su propiedad.




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