[junio de 2010]
La dirección que figuraba en los antiguos archivos judiciales de la propiedad de los Castiglione llevaba a un barrio residencial de la periferia de Milán que el tiempo, el olvido y la crisis económica habían devorado sin piedad. Lo que en los años noventa fue una zona exclusiva de embajadas, talleres de alta gama y magnates del textil, en 2010 era un desfile lúgubre de fachadas descascaradas, verjas oxidadas y jardines señoriales invadidos por la maleza salvaje.
El comisario Romano detuvo la patrulla frente a los restos de la antigua sede de la firma. El portón de hierro forjado, aquel que una vez se abrió para recibir a una Filippa de apenas seis años, estaba ahora fuera de sus goznes y cubierto de capas acumuladas de grafitis vulgares.
— El lugar está en un intrincado litigio de acreedores desde que Massimo Castiglione desapareció de la vida pública —dijo el subinspector Fernández, bajando del auto y encogiéndose de hombros ante el viento helado que soplaba de la carretera. — Dicen los abogados que los liquidadores judiciales nunca pudieron entrar al taller central porque la propiedad está "protegida" por una densa maraña legal de sociedades fantasma.
Romano no esperó a que terminara la explicación burocrática. Empujó con fuerza la reja mal encajada y caminó con paso firme por el sendero de grava, ahora oculto por completo bajo capas espesas de hojas podridas, suciedad y nieve sucia. Al entrar al edificio principal, la estructura revelaba las profundas cicatrices de su propia historia.
La mansión de los Castiglione ya no había vuelto a ser la misma tras el incendio provocado de 1998. Aunque en su momento las cuadrillas de obreros contratadas en secreto trabajaron sin descanso para reconstruir el ala este dañada, el olor persistente a madera quemada y a ceniza textil parecía haberse filtrado para siempre en los cimientos de piedra y en el alma de los que allí se quedaron encerrados. Incluso ahora, entre la ruina del abandono, el sector que fue reconstruido tras el siniestro mantenía una blancura quirúrgica, demasiado nueva, fría y artificial, que contrastaba de forma violenta con la pátina oscura, señorial y desgastada del resto de la casa.
Adentro, el aire atrapado olía a moho, a polvo estancado y a un rastro químico de disolventes de lavandería industrial.
— Use la linterna de mano, Fernández —ordenó Romano, adentrándose en la penumbra.
El haz de luz blanca barrió el vestíbulo principal. Los techos altos y abovedados dejaban colgar jirones de papel tapiz rasgado como si fuera piel muerta de un maniquí abandonado. No quedaban muebles de valor; los saqueadores y ladrones se habían llevado con los años hasta los marcos de madera de las ventanas. Sin embargo, en la pared principal del salón, justo donde alguna vez debió colgar un retrato de exhibición importante, alguien había escrito con pintura roja y trazos violentos: "LA MERCANCÍA SIEMPRE VUELVE AL LODO".
— Alguien estuvo refugiándose aquí hace muy poco tiempo, jefe —murmuró Fernández, señalando con la linterna unas huellas recientes en el polvo del suelo. — Y mire allí, en el rincón.
En una esquina de lo que fue la gran sala de desfiles, había un pequeño altar improvisado con escombros: una botella vacía de licor barato y una muñeca de porcelana de colección decapitada. Romano se acercó despacio al altar. El corazón policial le dio un vuelco al ver un pequeño detalle entre la suciedad: un trozo de encaje fino y exclusivo, amarillento por el tiempo, pero idéntico al que Filippa vestía en las fotografías de los archivos de la pasarela de 1996.
— No volvió a este lugar destruido buscando dinero ni joyas, Fernández —dijo Romano, sintiendo un escalofrío de confirmación. — Volvió buscando los fragmentos de su pasado robado. Pero parece que alguien la estaba esperando en las sombras para recordarle de forma sangrienta que nunca dejó de ser una compra de la firma.