[octubre de 2005]
Massimo Castiglione no veía a una hija ni a un ser humano con derechos cuando miraba a Filippa en el taller; veía únicamente una obra en proceso de diseño. A sus dieciséis años, Filippa se había convertido en el reflejo exacto y milimétrico de lo que él había planeado minuciosamente desde aquella lejana noche en el sótano clandestino de Nápoles. Sus modales aristocráticos eran impecables, su voz nunca subía de tono y su mirada conservaba esa distancia glacial que solo el aislamiento absoluto y el cautiverio de lujo pueden forjar en el carácter.
Esa tarde de otoño, el gran salón comedor de la mansión olía a cera de abejas, a tiza de sastre y a las flores frescas que Gertrude cambiaba con una puntualidad y disciplina militar. Massimo la observaba caminar desde su sillón mientras ella practicaba su postura frente al gran espejo de tres cuerpos del comedor. Ella caminaba con paso lento y medido por el pasillo que conectaba la estructura principal de la casa con la zona recuperada tras el siniestro de hacía años.
Para él, el incendio de 1998 había sido una cirugía comercial necesaria; había amputado una parte de la propiedad para salvar el gran secreto de la firma. No le importaba en lo absoluto que el ala este fuera ahora un recordatorio silencioso y prohibido de la "muerte" oficial de Filippa ante los registros de la ley ; de hecho, le satisfacía sobremanera que el resto del mundo creyera que allí solo quedaban cenizas y olvido mientras ella desayunaba, bajo su absoluto control físico, a pocos metros de distancia de los probadores.
— La perfección estética no es un estado transitorio, Filippa, es una disciplina rígida e inflexible —dijo él, haciendo sonar el mango de sus tijeras de sastre contra el parqué de madera. — Mírate en el espejo. Ya no queda absolutamente nada de la suciedad y la vulgaridad de donde te saqué en Nápoles. Ahora eres una Castiglione, mi diseño definitivo.
Filippa no parpadeó ni una sola vez frente al cristal. Había aprendido tras años de encierro que cualquier gesto de humanidad o debilidad era interpretado por su creador como una imperfección intolerable que debía ser corregida mediante el castigo. Sus manos largas, envueltas en finos guantes de seda blanca para proteger la piel, sostenían un libro de poesía francesa con una delicadeza extrema que ocultaba la dolorosa tensión de sus músculos.
— ¿Cuándo podré salir a la calle, Maestro? —preguntó ella con una voz plana, casi mecánica, desprovista de emoción.
Massimo se acercó con elegancia y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Sus dedos estaban completamente fríos, como el mármol gélido de las estatuas que rodeaban la fuente del jardín exterior.
— Pronto, Filippa. Cuando el mundo exterior sea digno de admirar mi obra. Por ahora, este taller y el jardín son tu universo completo. No hay nada allá afuera en la sociedad que no sea vulgar, ruidoso y deforme. Aquí dentro eres eterna.
Filippa bajó la vista hacia su propio reflejo en el espejo roto. No veía a una joven de dieciséis años con derecho a la vida y sueños de libertad. Veía únicamente una superficie pulida, una máscara de porcelana rígida que Massimo Castiglione había diseñado con alfileres para ocultar el secreto que ambos compartían en la oscuridad. En ese preciso momento, bajo la luz de las lámparas, ella comprendió con una claridad aterradora que su "perfección" era, en realidad, su celda más segura e inquebrantable.