[junio de 2010]
El aire de la morgue judicial era un bloque de hielo y formol que cortaba la respiración, pero el comisario Romano lo prefería mil veces antes que el vaho fétido a lodo industrial que se le había quedado pegado al abrigo en el canal.
Sobre la mesa de acero inoxidable, el cuerpo de la mujer rescatada de los pilotes parecía una figura de cera descolorida bajo la cruda luz de los tubos fluorescentes. El doctor Aranda se calzó los guantes de látex con un chasquido seco y observó el cadáver con el ceño fruncido, una expresión de absoluto desconcierto que Romano rara vez le había visto en sus treinta años de carrera forense.
— Dime que tienes algo más que frío y fango, Aranda —dijo Romano, encendiendo un cigarrillo a pesar de la prohibición de la jefatura, buscando entibiar sus dedos viejos y cansados.
El médico forense no respondió de inmediato. Tomó una esponja húmeda y comenzó a limpiar el fango negro de la mejilla pálida del cadáver. Fue entonces cuando ocurrió la primera anomalía. Al frotar con fuerza, la piel no se tornó lívida ni mostró los capilares rotos típicos de una ahogada. En su lugar, el tejido se deslizó con una elasticidad artificial, revelando un brillo sordo debajo.
Aranda se detuvo en seco. Dejó la esponja y tomó el escalpelo.
— Comisario, acérquese. Esto no es una investigación criminal ordinaria. Esto es una obra de ingeniería.
Con una precisión quirúrgica, el forense realizó una incisión limpia en la base del cuello, justo debajo de donde colgaba la cadena trenzada con el dedal de oro. Romano se inclinó, esperando ver el brote granate de la sangre estancada. No hubo nada.
Al abrirse el tejido, la luz del negatoscopio reflejó una estructura interna de resina balística y escayola industrial perfectamente modelada. La capa externa que simulaba la piel humana era, en realidad, un injerto biológico meticulosamente tratado y cosido sobre el molde con puntadas invisibles de sastre. Una costura milimétrica, perfecta, que Romano reconoció de inmediato: la firma caligráfica de la Casa Castiglione.
— No es una mujer, comisario —susurró Aranda, apartando los guantes manchados de tintura química—. Es un maniquí. Un señuelo hiperrealista. Quien haya construido esto usó injertos de piel real y cabello aristocrático extraído de desechos clínicos para engañar al ojo humano. Mire las uñas: están rotas de forma artificial, limadas a propósito para simular la desesperación de un terraplén.
Romano sintió un escalofrío físico que le recorrió la espina dorsal, un frío que nada tenía que ver con la refrigeración industrial de la morgue. Clavó la vista en la cabeza de la muñeca. En el hueso parietal, el hematoma circular que en el primer examen rutinario parecía un golpe letal, estaba perfectamente pintado con degradados de tintura textil química.
— El objeto circular... —murmuró Romano, exhalando una densa nube de humo—. No la golpearon con el mango de plata de las tijeras en esa zanja. Alguien diseñó la simetría exacta de ese impacto en un laboratorio de costura.
El subinspector Fernández entró en la sala con la computadora portátil abierta, con el rostro pálido por el insomnio.
— jefe, el laboratorio central acaba de enviar el peritaje del botón de nácar y las huellas dactilares del dobladillo. No pertenecen a ninguna vagabunda. Coinciden milimétricamente con el perfil genético que Filippa Castiglione dejó registrado antes del incendio de 1998.
Romano dejó caer la ceniza del cigarrillo sobre el suelo de linóleo. El rompecabezas de la alta costura acababa de dar un vuelco destructivo.
Filippa Castiglione no era la víctima andrajosa que se había ahogado en el fango de los muelles. Filippa estaba viva. Había provocado el incendio doce años atrás para escapar de su jaula de seda, se había llevado el diario de contabilidad y ahora, en pleno 2010, estaba utilizando a la jefatura de policía y a ese cadáver de escayola como su aguja definitiva.
— Ella no está huyendo de Massimo, Fernández —sentenció Romano, guardando el dedal de oro en una bolsa plástica con una nueva e inquietante certeza policial —. Ella lo está cazando. Ha sembrado este maniquí orgánico en nuestros muelles para obligar al Maestro a salir de su escondite y arrastrarlo directo a una trampa judicial de la que no podrá escapar.