La muerte del maniquí

Capítulo 16: La verdad en tinta y frecuencia

[junio de 2010]

El aroma a café recién hecho en la cocina de servicio de la mansión Castiglione siempre había sido, durante las décadas de gloria de la firma, un ritual inquebrantable de orden, sumisión y silencio absoluto; pero esa mañana el aire atrapado se sentía denso, pesado, casi eléctrico. Gertrude mantenía la radio de transistores encendida sobre la mesada de granito gris, una pequeña caja de madera desgastada que escupía estática molesta antes de que la voz del locutor de la cadena local irrumpiera con una urgencia inusual en el boletín informativo.

— ...fuentes extraoficiales de la Jefatura de la Polizia di Stato confirman que el cuerpo sin vida hallado ayer en las inmediaciones del canal industrial ha sido identificado de forma preliminar por los investigadores —la voz del periodista flaqueó un breve segundo antes de pronunciar el apellido patricio—. Se trataría de la joven Filippa Castiglione, la que fuera la célebre musa de la alta costura, desaparecida por completo de la vida pública hace años. Se espera un comunicado oficial de la jefatura en las próximas horas.

Gertrude no soltó la taza de porcelana que sostenía entre las manos, pero sus nudillos se tornaron tan blancos debido a la presión que el material crujió en la penumbra de la cocina. No tuvo siquiera el tiempo físico de procesar el impacto de la voz radiofónica cuando el sonido seco, sordo y pesado del periódico matutino golpeó contra la base de la puerta de madera del vestíbulo exterior, arrojado por el repartidor.

Caminó por el pasillo de servicio con una parsimonia mecánica y rígida. Al recoger el diario doblado, la tinta fresca de la prensa le manchó las yemas de los dedos de un color grisáceo. Allí, en la parte inferior de la portada, una fotografía borrosa y tomada a gran distancia mostraba el despliegue de las lunas de los patrulleros en la zanja del canal. No necesitaba más nitidez en la imagen; Gertrude reconoció de inmediato la caída exacta de los hombros y la forma del cabello de la mujer incluso a través del grano grueso del papel de prensa.

Se quedó de pie, completamente inmóvil, en el vestíbulo gélido de la mansión, mirando la imagen impresa de la mujer que había visto crecer y sufrir entre esas mismas paredes de piedra. El mundo exterior ya lo sabía. La tragedia de la Casa Castiglione ya no era un secreto de taller bien guardado, sino un titular de prensa barata de diez centavos.

De pronto, todo el silencio acumulado de la mansión se le vino encima como un peso físico insoportable. Sintió una presión aguda, punzante y lacerante en el pecho, un dolor opresivo que le impedía por completo arrastrar el aire invernal hacia sus pulmones. El periódico matutino resbaló de sus dedos inertes, quedando abierto de par en par sobre el mármol frío del suelo.

Gertrude intentó estirar el brazo para alcanzar el teléfono de pared del pasillo, pero sus piernas no respondieron a la orden de su cerebro. Se desplomó pesadamente en el suelo vacío del vestíbulo, con la mirada fija y perdida en los techos altos abovedados, mientras el eco lejano de la radio de la cocina seguía repitiendo de forma monótona el nombre de Filippa en la casa desierta.

Cuando el comisario Romano llegó a la propiedad minutos después y golpeó con fuerza el pesado aldabón de bronce, nadie acudió a abrir la puerta principal. El sonido del metal retumbó en las entrañas de la casa vacía como si fuera un disparo, pero solo obtuvo por toda respuesta el silencio sepulcral de una tumba de la alta costura.




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