La muerte del maniquí

Capítulo 17: El eco de los pasos

[junio de 2010]

El hospital público de la provincia era un edificio de ladrillos antiguos carcomidos por el salitre de la laguna, un lugar lúgubre donde el aire siempre olía a sopa de hospital, medicinas rancias y desinfectante barato. El comisario Romano caminó a paso lento por el pasillo iluminado de la unidad de cuidados intermedios, escoltado de forma permanente por el zumbido constante, molesto y parpadeante de los tubos fluorescentes del techo. El subinspector Fernández lo esperaba de pie junto a la puerta de la habitación, revisando con el ceño fruncido el último parte médico que le había entregado la enfermera de guardia.

— Los médicos de urgencias dicen que fue un episodio cardíaco agudo provocado por una situación de estrés extremo, comisario. Lograron estabilizar sus constantes vitales con los fármacos, pero su cuerpo está muy débil. El personal de enfermería comenta que no ha dejado de susurrar nombres propios en voz baja desde que recuperó el conocimiento tras el traslado en ambulancia desde la mansión.

Romano se detuvo en seco frente a la habitación señalada. La puerta de madera blanca estaba entreabierta. Adentro de la estancia, tendida en una cama estrecha que por su delgadez parecía devorarla por completo, Gertrude observaba fijamente la lluvia gris e invernal que golpeaba con fuerza el cristal de la ventana. Su porte rígido y aristocrático de antaño, aquel que exhibía en los probadores de Milán, se había hundido por completo entre las sábanas blancas del hospital, pero mantenía la mirada fija, tensa, como si viera un fantasma más allá del vidrio empañado.

— Gertrude —dijo Romano con suavidad, empujando la puerta y entrando despacio en el cuarto.

La anciana mujer no giró la cabeza de inmediato para mirarlo. Sus manos nudosas, pálidas y marcadas por décadas de pincharse con agujas de costura descansaban inertes sobre la colcha.

— Los Castiglione nunca recibían visitas de la policía sin previo aviso, comisario —respondió ella al fin, con una voz rasposa que sonaba exactamente como el roce de hojas secas sobre el parqué. — Pero claro, ya no queda ninguna firma de moda que proteger en Milán. Ya no queda ninguna casa que guardar de los acreedores. Solo quedo yo en este mundo, custodiando las cenizas del taller.

Romano se acercó a la cama y se sentó en la silla metálica frente a ella. Sacó de los bolsillos de su gabardina la bolsa plástica de evidencias judiciales y la puso sobre la mesita de noche. El dedal de oro macizo brilló con un destello dorado bajo la luz mortecina de la sala. Gertrude bajó la vista hacia el objeto y, por primera vez en toda la conversación, un temblor evidente recorrió sus labios resecos.

— La encontramos esta madrugada en una zanja helada, Gertrude. Cerca del canal industrial. La radio de la cocina no mentía en sus informaciones.

La anciana cerró los ojos con fuerza y soltó un suspiro largo, pesado, cargado de una resignación antigua y dolorosa.

— El canal... —susurró con la voz rota. — Massimo siempre decía en el taller que el agua de los canales se lo lleva todo de este mundo, pero se equivocaba por completo en su diseño. El agua solo mueve la suciedad y la miseria de un lugar a otro de la ciudad. Sabía perfectamente que después de oír la terrible noticia en la cocina, mi viejo corazón no aguantaría mucho más tiempo el peso físico de la culpa.

— Necesito saber con urgencia qué pasó realmente dentro de esa casa-taller, Gertrude. Por qué el resto del mundo cree que Massimo desapareció y por qué Filippa terminó flotando muerta de esa forma —insistió Romano, bajando la voz hasta convertirla en un susurro confidencial. — Filippa murió debido a un golpe seco en el cráneo. Alguien con mucha fuerza la quebró por la espalda.

Gertrude abrió los ojos y lo miró fijamente. Sus pupilas eran dos pozos profundos de una lealtad ciega que, tras doce años de encierro, empezaba a agrietarse irremediablemente por la culpa.

— Massimo Castiglione no la quebró en sus últimos minutos, comisario. Massimo simplemente decidió que la obra maestra ya estaba terminada y no admitía más correcciones. Ella ya venía rota de fábrica por la miseria de Nápoles, por más que él se empeñara durante veinte años en pegarle las piezas con oro fino, seda y alta costura.




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