La muerte del maniquí

Capítulo 18: El silencio de las sombras

[junio de 1990 - El primer mes]

Volvamos por un instante a la lentitud opresiva de aquellos primeros días en Milán. Filippa, con apenas seis años, no entendía absolutamente nada de lujos, alta costura ni de destinos trágicos. Para ella, la inmensa mansión de los Castiglione era solo un laberinto gélido lleno de ecos extraños donde sus pies pequeños y descalzos hacían demasiado ruido vulgar sobre el mármol pulido del suelo. Massimo había prohibido de forma estricta que la niña saliera de su ala privada de la casa hasta que "aprendiera a caminar y a estar a la altura de la firma". Durante largas semanas de encierro, la única interacción humana de Filippa fue con Gertrude y con las sombras alargadas que proyectaban los candelabros sobre los maniquíes de escayola.

Una tarde de lluvia torrencial, mientras el agua golpeaba los ventanales inmensos del salón principal —una lluvia del norte que parecía mucho más limpia que la del sótano clandestino de Nápoles—, Filippa se escapó de su habitación de servicio. Caminó con cautela por el pasillo principal de la mansión, rozando con sus dedos finos las molduras doradas de las paredes. Todo en ese lugar era frío. Todo era duro al tacto. Llegó en silencio hasta el despacho privado de Massimo Castiglione. La pesada puerta de madera tallada estaba entreabierta.

Adentro de la estancia iluminada por las lámparas, el diseñador bebía un licor ámbar en un vaso de cristal cortado mientras observaba con fijeza un cuadro antiguo de una mujer que se parecía vagamente a Filippa, pero con una tristeza mucho más refinada y aristocrática. Filippa entró en el despacho sin hacer el menor ruido y se sentó en la alfombra persa, justo de la misma forma mecánica en que solía hacerlo en el suelo de piedra del taller clandestino de Nápoles. Massimo no se sorprendió ante su presencia. La miró con desapego por encima de su vaso.

— ¿Sabes por qué estás realmente en esta casa, niña? —preguntó él con su voz de barítono. Su tono era un murmullo denso que llenaba por completo la estancia en penumbra.

Filippa negó con la cabeza en silencio, mirando fijamente sus propias manos pequeñas, esas que Gertrude había restregado con saña con el jabón de avena hasta ponérselas completamente rojas.

— Estás aquí porque el mundo exterior es un lugar vulgar, ordinario y lleno de cosas feas —continuó Massimo, levantándose de su silla de caoba y caminando despacio hacia ella. — Y yo tengo la manía artística de rescatar lo que tiene potencial para ser bello y convertirse en una obra de arte. Te voy a enseñar a leer correctamente, a hablar idiomas, a desfilar y a moverte como una reina. Pero a cambio de todo el lujo, me vas a entregar por completo tu voluntad. Ya no eres la hija de una borracha de Nápoles. Eres mi proyecto estético, mi propiedad.

Se inclinó sobre ella y le puso su mano gélida sobre la cabeza con firmeza. Filippa sintió el peso físico de esa mano, una presión constante que no era una caricia paternal, sino la confirmación material de una propiedad absoluta.

— Si alguna vez intentas volver al lodo vulgar de Nápoles, Filippa, recuerda siempre esto que te digo: el lodo te tragará de inmediato, porque ya no tendrás la piel lo suficientemente dura ni áspera para sobrevivir en la miseria de la calle. Yo te estoy quitando todas tus defensas naturales para darte a cambio elegancia y alta costura. No me falles en mi diseño.

Filippa asintió con la cabeza en la penumbra, aunque en su mente infantil no entendía ni la mitad de las complejas palabras del Maestro. Solo sabía con certeza que extrañaba con desesperación el olor a tabaco rancio y aguardiente de su madre, porque, aunque era un olor sucio de taller clandestino, era el único que la hacía sentir que existía como un ser humano real. En esta inmensa casa de Milán, ella era solo un mueble o un maniquí más que Massimo Castiglione movía y vestía a su antojo.




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