La Mujer De Mis SueÑos

La misma mujer

—Estoy soñando todas las noches, doctor. Todas. Y tengo miedo de estar enloqueciendo.

Esteban hablaba con la vista clavada en el suelo, las manos entrelazadas y temblando sobre las rodillas. Cuando por fin levantó la cabeza, sus ojos cargaban esa desesperación que él mismo, en años de consulta, había aprendido a reconocer en los hombres que aman sin remedio. Se llevó una mano a la mejilla, como quien necesita comprobar que sigue siendo él mismo.

—Cálmese —dijo la voz al otro lado del escritorio, serena, casi demasiado serena—. Cuénteme qué ha estado soñando.

—Es siempre la misma mujer.

—¿La misma mujer? ¿A qué se refiere?

—Es bellísima, doctor. Tan hermosa que solo un sueño encerrado muy adentro de la mente podría haberla creado.

Cada palabra le salía con la ansiedad de un apostador que espera la última carta.

—¿Y en ese sueño, qué hace ella?

—Nada. Aparece, nada más. Yo suelo estar perdido en algún sitio, una calle, un parque, a veces un lugar elegante, y de pronto ella está ahí. Siempre lejos al principio. Se acerca despacio, vestida con una elegancia que no parece de este mundo, y se detiene. Me mira. No sonríe. No dice nada. Solo me mira.

Contaba su historia con la vista fija en la nada, con una ansiedad que no le cabía en el cuerpo.

—Tengo que encontrarla, doctor.

—Tranquilo. Descríbame cómo es ella.

—Ah, doctor... no sabe usted qué belleza tan irreal.

Su voz se llenó de una ternura que dolía de solo escucharla.

—Tiene una belleza que no necesita esforzarse por atraer la mirada; simplemente existe, y resulta imposible no quedarse contemplándola. Su rostro ovalado parece dibujado con una delicadeza casi dolorosa, enmarcado por un cabello negro y liso que le cae sobre los hombros. Sus ojos almendrados tienen una forma de mirar que detiene el tiempo, como si guardaran historias que uno desearía escuchar para siempre. Y sus labios son los que terminan de desarmarme: suaves, precisos, con una expresión que mezcla la ternura y el misterio a partes iguales.

Movía las manos como si la estuviera dibujando en el aire, con la mirada perdida, como el hombre más enamorado del mundo.

—Y cada vez aparece con un atuendo más hermoso que el anterior. Me estoy volviendo loco, doctor. No dejo de soñar con ella. Ni un microsueño se me escapa sin su rostro.

Sus hombros cayeron. Bajó la cabeza.

El doctor lo observó un instante, sorprendido de la manera en que Esteban hablaba de ella, como si describiera una religión, y tomó una nota antes de hablar de nuevo.

—Creo que podemos empezar un tratamiento para esto.

—Eso no es todo, doctor.

—¿A qué se refiere?

—Hay mucho más.

—Bien. Aún nos queda sesión de sobra. Si le hace sentir mejor, cuéntemelo todo desde el principio.

—Sí, doctor.



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En el texto hay: locura, romance, terror

Editado: 03.08.2026

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