La Mujer De Mis SueÑos

La plaza Oscura

—Todo empezó una noche tranquila. De hecho, demasiado tranquila. Salía del trabajo, como siempre; en la oficina hay mucho que hacer y salgo agotado, tanto que a veces ni termino de cenar cuando ya el sueño me vence, y basta con que toque la cama para caer dormido. Pero esa noche, doctor... esa noche fue distinta.

Esteban se acomodó en la silla, emocionado, como quien cuenta una anécdota que lo excede.

—Suelo cruzar una plaza de camino a casa. Un lugar amplio, casi vacío por las noches, así que siempre lo atravieso rápido; da miedo. Esa noche yo creía que sería una más de mi rutina asquerosa. Pero había alguien. En medio de la plaza, había alguien.

Se detuvo, como si necesitara reunir valor para continuar.

—Al principio no lo noté. Eso lo entiendo ahora, mirando atrás. Bajaba por el sendero y, de repente, vi una silueta negra parada justo en el centro, inmóvil. A pesar de lo tenue de la luz, de la oscuridad casi total, sentí, supe, que era ella. Fue como si me lanzaran una piedra al pecho: mi cuerpo entero reaccionó antes que mi mente, y giré la cabeza hacia esa silueta sin poder evitarlo.

—¿Y era igual a la mujer de sus sueños?

—No, no me entiende, doctor. Todavía no la había soñado. No había un alma más en esa plaza, solo ella y yo, y nos quedamos mirando como si nos conociéramos de toda la vida.

—Pero si estaba tan oscuro, ¿logró distinguirla?

—No, no se veía nada. Pero yo lo sentía así. Me detuve en seco y me quedé un rato contemplándola. El corazón me saltaba en el pecho, y no era miedo. Era...

—¿Emoción? ¿Alegría?

Esteban se quedó observándolo, confundido, repitiendo la palabra en voz baja, como si la probara por primera vez.

—Alegría...

—¿Diría usted que era eso, Esteban?

—Sabe, doctor, he estado solo toda mi vida. Mis relaciones han sido un fracaso tras otro, y me he sentido la burla de este mundo cruel. Ya había dejado de esperar encontrar compañía. A veces pienso que nací en la época equivocada, ajeno a mi propio tiempo, completamente solo. Nunca me he enamorado. Pero ahora que usted lo dice... sí. Era felicidad. Era dicha lo que sentí esa noche. Un aura que detuvo, por un instante, lo inerte de mi vida y lo convirtió en color, en magia.

—¿Y qué pasó después?

—Dejé de mirarla. Seguí mi camino, pensando todo el rato en quién sería esa mujer parada sola a esas horas. Fue lo más cercano a una relación que había tenido en años.

Rió, nervioso, una risa que se apagó pronto en melancolía.

—Dígame, ¿qué hay más triste que un corazón solitario?

—Tranquilo. Continuemos. ¿Qué pasó después?

—Llegué a casa muy tarde. Demasiado tarde, doctor. Siempre me extrañó eso: era como si me hubiera quedado una hora entera parado en esa plaza sin darme cuenta.

—O tal vez el tiempo que pasó fue observando a la silueta, y usted no lo notó. Perdió la noción del tiempo.

—No creo. Recuerdo que fue solo un instante.

—¿Y recuerda a qué hora salió de la oficina?

—Sí, vi el reloj antes de apagar el computador.

—Entonces salió a su hora de siempre, el transporte funcionó como siempre... ¿qué cree que pudo haber pasado, Esteban?

—No... no lo sé, doctor, la verdad.



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En el texto hay: locura, romance, terror

Editado: 03.08.2026

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