—Está bien. No se preocupe. Siga contándome.
—Cené, vi algo de televisión. Curiosamente no tenía sueño; estaba exaltado, con una mezcla de ansiedad y emoción. Me tomé un relajante y me recosté, pero no logré dejar de pensar en esa silueta. Y entonces, doctor, ocurrió: fue la primera vez que soñé con ella.
—Descríbame el sueño con el mayor detalle posible.
—Estaba sentado en un restaurante muy elegante. Había mucha gente, todos conversaban, reían; era tan vívido que podía sentir el mantel blanco bajo mis dedos, fino, casi frío. Miré mis brazos y noté lo elegante que estaba vestido. No sabía dónde estaba ni por qué, así que me puse de pie, quise avanzar, tal vez buscaba el baño, no lo sé, y entonces...
Sonaron unos tacones. Paso a paso. Un sonido que me clavó en el sitio cada vez que resonaba.
Esteban hablaba ahora despacio, como reviviendo cada segundo.
—Seguí el sonido con la mirada, buscando de dónde venía, y entonces la encontré. Salió de entre la gente. Estaba espectacular, doctor.
Sin notarlo, empezaron a caerle lágrimas, cargadas de una tristeza profunda, como quien añora un amor perdido.
—Llevaba un vestido negro con una franja roja que le llegaba hasta los pies, marcaba su cintura, su figura entera. Piel blanca, ojos grandes y almendrados que me miraron fijamente. Levantó las cejas apenas, y sin hacer nada más, se quedó observándome. No sonreía. No se movía. Y lo peor, doctor, es que el resto de la gente también dejó de moverse. Se callaron. Se quedaron mirándome a mí también, como si yo no fuera de este mundo. Al menos así lo sentí en ese momento.
—¿En qué parte del sueño despertó?
Esteban volvió en sí, extrañado, y se limpió las lágrimas.
—Cuando corrí hacia ella. Desperté de golpe, con el corazón desbocado, sentado en la cama, agitado, confundido.
El doctor bajó la mirada, tomó unas notas, se puso de pie y caminó despacio hacia la ventana.
—Ya veo qué le pasa, Esteban. No se preocupe. Creo que sé qué es esto, y va mucho más atrás de lo que usted cree. Esa silueta detonó un recuerdo reprimido de su subconsciente, y ahora se manifiesta en sus sueños para que usted por fin le preste atención. Vamos a adentrarnos en su infancia. ¿Cómo era la relación con su madre?
—La vi, doctor...
Esteban se rascaba la mano, nervioso.
—¿Disculpe? ¿A qué se refiere, a su madre?
—La vi, doctor. —Cada vez se rascaba con más fuerza—. La vi.
—Esteban, sea directo conmigo.
Levantó la cara y lo observó con una intensidad que incomodó al propio doctor.
—La vi.
—¿Cómo es eso posible? ¿Acaso mis sueños me están persiguiendo hasta la vigilia?
—No entiendo. Sea claro.
Esteban seguía divagando, ausente, sin responder. El doctor, sin saber qué más hacer, se acercó y le habló con suavidad.
—Descanse. Vaya a casa. Continuaremos la próxima semana.
Esteban le sujetó la mano con la fuerza de quien suplica por su propia vida, y lo miró con una nostalgia que el doctor jamás había visto en nadie.
—La mujer de mis sueños, doctor. La vi. Aquí. En la ciudad.
—¿Qué...?
El doctor, extrañado, volvió a sentarse.
—Sí. Estaba en la oficina, salí a almorzar, y después me quedé afuera a fumar un cigarrillo, y...
Esteban rompió a llorar sin consuelo. El doctor, con el rostro tenso, se arrodilló a su altura.
—Cuénteme, por favor.
—La vi pasar, doctor. El cigarrillo se me cayó de la boca y casi caigo al suelo. Era ella.
El doctor se enderezó despacio.
—Esteban, sabe que eso es normal. Cuando atravesamos un desequilibrio de la psique, esta suele mostrarnos lo que queremos ver.
Antes de que terminara la frase, Esteban se levantó de golpe y lo tomó de los hombros.
—No, no me entiende. Era ella, se lo juro por Dios. El viento le movió el cabello, la vi alejarse. Era real. Muy, muy real. ¡Se lo juro!
El doctor, abrumado, respiró hondo.
—Bien. ¿La ha vuelto a ver?
Esteban cerró los ojos y giró la cabeza hacia la ventana.
—Sí. Algunas veces.
—¿Y ha intentado hablarle?
—Doctor, hay más que aún no le he contado.