—Nunca había visto a esa mujer antes de soñarla. Primero fue en sueños, y luego se materializó, como una broma cruel del destino.
Antes de verla por primera vez en carne y hueso, ya había soñado con ella decenas de veces. Siempre algo similar: yo estaba en un lugar tranquilo, feliz, y de pronto sentía su presencia. Llegaba y todo el lugar se transformaba, y yo, doctor, sentía que volaba. Que flotaba. Me perdía en su mirada, incapaz de apartar los ojos, incapaz de razonar por mí mismo. Ella se convertía en todo mi mundo, y mi corazón me exigía tocarla, sentirla, amarla con una intensidad que me hacía pensar que mi alma moriría si no lo hacía.
La desesperación era inminente en cada sueño. Necesitaba tocarla, sentirla.
Con cada sueño era peor. Era como una droga: mirar sus ojos me llevaba a lo más alto, y luego despertaba queriendo más, siempre más.
Empecé a llegar tarde al trabajo. Empecé a descuidarme, a usar la misma ropa varios días seguidos, a veces sin bañarme. No razonaba bien. No escuchaba bien. Vivía más en ese mundo de sueño que en la realidad misma.
Ya solo quería dormir para verla, pero me frustraba en una agonía espantosa, porque siempre, Dios santo, siempre que intentaba acercarme, despertaba.
Esteban se golpeó la frente con la palma de la mano, agitando la pierna sin control.
—Tranquilo. —El doctor volvió a acercarse y le sostuvo la mano.
Aquel hombre estaba profundamente intrigado por el caso de Esteban. No era normal; nunca había tenido uno así. Y sin embargo le creía, le creía absolutamente todo, aunque en años de terapeuta había aprendido a detectar la mentira con la velocidad de un rayo. El caso de Esteban era distinto. Muy distinto. Le pidió a su secretaria que aplazara las citas del resto del día y decidió seguir escuchando.
—Está en un lugar seguro. Tengo todo el tiempo del mundo para usted. Continúe.
—Siempre despertaba justo ahí. Nunca podía tocarla. Como si Dios me castigara, como si me dejara ver a la mujer de mi vida sin permitirme jamás alcanzarla. Es como Moisés, doctor, ¿conoce la historia? Dios solo le dejó ver la tierra prometida, pero no entrar. Qué castigo tan cruel. Así hizo conmigo.
Mis compañeros empezaron a preguntarme, preocupados, si estaba bien. Yo, con ojeras profundas y más pálido de lo normal, fingía que sí, aunque mis nervios eran evidentes para cualquiera.
Había una compañera, Karina. Ella y yo siempre bromeábamos con la idea de estar juntos, pero una vez que en verdad lo intenté, fue un desastre. Me rechazó, dijo que prefería que fuéramos amigos, aunque de vez en cuando me daba una migaja de esperanza y luego volvía a alejarme. Lo raro es que eso me ha pasado toda la vida. Nunca he sabido acercarme bien a una mujer. Frente a ellas, siempre me siento un niño.
Esteban bajó la cabeza, suspirando.
—Me han pagado muy mal, doctor. Mi primera novia volvió con su ex, y yo no me enteré hasta un año después de que llevaba meses engañándome.
Se limpió una lágrima.
—La segunda... con ella todo parecía mejor. Hasta vivimos juntos. Le juro que la amé.
Su mano temblaba en el aire mientras hablaba. El doctor cerró los ojos, lleno de una empatía genuina.
—Le creo, Esteban. Le creo.
—Sí... —Dejó escapar dos carcajadas cargadas de una melancolía helada—. Era la mujer que más he amado, y la dejé ir por inexperto. Por cobarde. Por ser un niño con cuerpo de adulto.
—¿Cree que es eso, Esteban?
—Por supuesto que sí. Ahora lo entiendo. Mi vida amorosa es un desastre por mi propia falta de carácter, de decisión. Odio eso con toda mi alma, doctor. Detesto vivir siempre lleno de miedo. ¡Siempre!
—Tranquilo. ¿Qué pasó con la mujer con la que vivía?
—Se llamaba Lorena. El nombre más bello que existe.
Rió de nuevo, nervioso.
—Vivimos juntos casi tres años. Pero poco a poco dejé que la rutina nos consumiera. Ella me demostró mil veces que me amaba, pero yo, no sé, mi propio sabotaje era tan grande que arruinaba todo sin darme cuenta. Fui mal esposo y mal novio, lo acepto, aunque juro que nunca fue a propósito. La amaba, pero ella se cansó de que yo nunca creciera. Ella sí creció, conoció a otras personas, y me dejó de la peor manera. Sé que en la vida hay que dejar ir, pero ni siquiera fue capaz de darme una despedida.
Rompió en llanto. El doctor miró hacia la ventana, conmovido de verdad, y se secó una lágrima propia sin que Esteban lo notara.
—Tranquilo. Es muy sano sacar todo esto. De hecho, encaja perfectamente con los sueños recurrentes y con la certeza de haber visto a esa mujer en la vida real. Explica mucho.
Esteban se quedó en silencio de golpe. Un silencio tan incómodo que el propio doctor sintió el peso.
—¿Qué pasa, Esteban?
Levantó la mirada, fija, mientras se limpiaba las lágrimas y tragaba saliva con dificultad.
—Hablé con ella, doctor.
—¿Qué...? ¿Qué dice?
—Logré hablarle a la mujer de mis sueños. Me acerqué. Tomé el valor.
—¿Y cómo fue eso? Cuénteme.