—Karina empezó a mirarme distinto, más interesada en mí. Tal vez era culpa, o ese instinto maternal que a veces despierta ver a alguien decaer. Yo no la ignoraba del todo, pero ya no sentía nada. Por nada, en realidad. Estaba inerte. Además, ella era coqueta con la mitad de nuestros colegas.
El doctor frunció el ceño, extrañado, pero lo dejó continuar.
—Una mujer así jamás podría querer a alguien tan inexperto y cobarde para el amor como yo. Mejor ni pensarlo.
Empecé a cancelar planes, a dejar mensajes sin responder. Solo quería dormir.
Una noche todo cambió, doctor. Esa noche.
Las lágrimas volvían a salir con cada recuerdo, tan intensos que lo hacían llorar de inmediato.
—Llegué apurado a casa esa noche, creo que ni siquiera cené. Cada vez olvidaba más cosas de la vigilia y recordaba más de los sueños.
Ese sueño fue distinto. Me encontraba en una habitación completamente oscura, con velas encendidas en el suelo, dando apenas la luz necesaria para distinguir el lugar. Entonces ella abrió la puerta y entró.
Quedé atónito. Estaba más cerca que nunca.
Esteban temblaba mientras hablaba, con la vista perdida.
—Entró, cerró la puerta. Seguía sin sonreír, sin hablar, sin gesto alguno, pero caminaba despacio, sin quitarme la mirada, acercándose. Yo temblaba en el sueño, sentía que moriría de un infarto, pero intenté calmarme, usar mis propias técnicas terapéuticas. En parte era muy consciente de que soñaba; era un sueño lúcido. Entonces ella me tomó de la mano, tiró de mí, y dijo algo que aún retumba en mi mente.
—¿Qué dijo, Esteban?
—«Nada más frío que los labios de quien besa sin amor.»
Y me besó. Dijo eso, y me besó.