Disfruté ese beso como si toda mi vida encontrara sentido justo ahí, en ese instante. Como si mi existencia solitaria pasara de un gris melancólico a un estallido de color y amor puro. Volé, doctor. Se lo juro, sentí que subía y subía, como si llegara hasta donde está Dios.
El doctor se quedó helado, con la mirada fija, impresionado por la intensidad del relato.
—¿Y qué pasó después?
—Desperté. De golpe. Me quedó la frustración de no haber tocado sus mejillas, de no haberla sentido del todo, de no haber saciado unas ganas que me enloquecían.
Pero fue más de lo que había sentido antes, y me sentía feliz. Muy, muy feliz.
Ese día fui el hombre más radiante que hayan visto. Hasta en el trabajo notaron algo extraño, algo distinto en mí. Y es lógico: hacía tiempo que no me veía así.
—¿No será, tal vez, que usted se sentía radiante pero se veía distinto? Según me contó antes, sus propios compañeros le aconsejaron terapia, y hasta le compraron ropa. ¿No es así?
—Sí... es que no sé qué pasó, la verdad. Tengo lagunas largas. No recuerdo cómo llegué a verme tan descuidado. El tiempo pasaba rapidísimo, olvidaba comer, asearme, comprar ropa. Por eso me suspendieron un tiempo, casi pierdo mi licencia. Pero todo cambió.
—¿En qué momento?
—Justo después de tener ese sueño fue cuando la volví a ver. Pero esta vez de verdad, sin estar dormido. Cruzó la calle, idéntica a como la soñaba, sin ninguna expresión en el rostro.
—¿En algún sueño anterior ella le había hablado?
—No, doctor. En ninguno. Solo en ese.
—¿Y no le pareció extraño que dijera exactamente esas palabras?
—No lo sé, la verdad no las entendí del todo.
—Es como referirse al frío de un beso, y más al de uno sin amor, sin vida.
—¿Qué quiere decir, doctor?
—Como el beso de la muerte. No sé, se me ocurrió.
—¿Qué dice? Claro que no.
Esteban se levantó de la silla, molesto, justo cuando alguien tocó la puerta del consultorio desde afuera.
—¿Todo bien ahí adentro, doctor?
—Sí, todo está muy bien, gracias —respondió el doctor.
Le pidió a Esteban que se calmara, o la sesión terminaría; ya llevaban mucho más tiempo del habitual.
Esteban se sentó de nuevo, apoyando el mentón sobre el puño.
—Es que siento que ella es el amor de mi vida, doctor. Creo, estoy convencido, de que es una compensación de Dios por todo lo que he sufrido. Escuchó mis súplicas y me la mostró primero en sueños para que la reconociera en la realidad, para que supiera que era ella. Y que ella me espera.
—Es una manera bonita de pensarlo, Esteban. Y por lo que veo, terminó por hacerle caso a esa idea y decidió hablarle. Eso me estaba por contar, ¿verdad?
—Sí, doctor.
Soltó una risa rota, prolongada.
—Siempre me hago caso a mí mismo.
—Y me acerqué a ella, aunque no fue fácil.
—¿A qué se refiere?
—A que no era fácil de encontrar. La buscaba por todas partes, hacía guardia en el último lugar donde la había visto, hasta pregunté por ella con un dibujo que hice de su rostro. Eso fue lo peor: la gente empezó a mirarme raro.
—no era normal que un chico buscara a una mujer con un dibujo
Me sentí Tan raro tal y como se sintió mi última relación.
Sabe, doctor, es curioso, todas fueron iguales.
Río, sin ganas.
—La última fue con Juliana. Su familia era muy extraña. Casi brujos, aunque nunca lo supe con certeza. Me sentí siempre incómodo en esa relación así como cuando le mostraba el retrato, el dibujo a la gente
—¿Por qué trae a colación esa relación ahora, Esteban?
—No sé, doctor, me acordé sin más. Me dejé llevar.
—Cuénteme, entonces, ¿qué recuerda?
Esteban se quedó pensativo un momento, con la mirada perdida, como quien decide si vale la pena abrir una puerta vieja.
—Esta historia es rara un poco salida de nuestra conversación, pero recuerdo que Una noche me quedé a dormir en casa de Juliana. Estaba profundamente dormido cuando escuché, muy tarde, los quejidos de su abuela. Venían del baño. Miré a Juliana; dormía a mi lado, sin enterarse de nada. Me levanté, me acerqué un poco a la puerta, y la escuché con más claridad: eran gritos de una agonía genuina, como si algo la devorara por dentro.
«Ahhh, no me torturen más, no más. Fui su esclava, su sierva todo este tiempo. Mis pecados he de pagarlos al morir, no ahora, no me torturen más...»
Gritaba y gritaba, tan desgarrador que me resultaba increíble que los padres de Juliana, o la misma Juliana, no despertaran. No pude volver a dormir en toda la noche.
Nunca supe qué pasaba con esa mujer. Nunca me atreví a preguntar. Aún hoy, cuando lo recuerdo, siento un frío extraño en el pecho, y trato de no pensar en ello. Por eso me incomodé antes, cuando usted mencionó lo del beso de la muerte. Me hizo pensar en esa noche sin querer.