La Mujer De Mis SueÑos

El espejo roto

Y entonces empezó a escuchar una voz.

Esteban, despierta.

La voz insistía. Esteban, despierta.

Esteban.

Cada vez más fuerte.

Esteban se sintió caer, atrapado entre la vigilia y el sueño, deslizándose hacia el fondo mientras aquella voz repetía: Esteban, despierta. Esteban, despierta ya.

Miraba el consultorio cuando abría los ojos, y cuando los cerraba veía a la mujer de sus sueños caminando despacio hacia él, escuchaba sus tacones entre los llamados de la voz que lo despertaba.

Cada vez caía más profundo, y la veía llegar hasta donde él estaba, detenerse frente a él, y decirle: hola.

Pero la voz no lo dejaba en paz. Despierta, Esteban, despierta.

Abría los ojos apenas, y ahí estaba la realidad; los cerraba levemente, y ahí estaba ella. Como si cayera en un trance, o tal vez despertara de uno que llevaba más tiempo del que podía imaginar.

Aquella mujer lo miraba fijamente, sin ninguna expresión, con un vestido que marcaba el contorno de su figura, un gabán de cuero y lana precioso, accesorios de una elegancia felina. Se acercaba a Esteban, hipnotizándolo con la mirada.

Entonces la voz gritó, mucho más fuerte que antes:

—¡ESTEBAN, DESPIERTA!

Esteban se levantó de golpe de la silla del consultorio, alterado, y maldijo al doctor.

—Púdrase, ¿no ve que estoy con ella? Déjeme en paz.

Tomó un pisapapeles del escritorio y lo lanzó con violencia. Todo pasó rápido, confuso, pero entonces sucedió algo que lo dejó helado.

El pisapapeles había roto un espejo. Un espejo que colgaba justo frente a él, donde un momento antes había estado el doctor.

El doctor ya no estaba.

Esteban miró alrededor, asombrado, con la sensación de que jamás hubiera habido nadie más en la sala. No comprendía. Buscó con la mirada, desesperado, hasta que tocaron a la puerta.

—¿Doctor Esteban? ¿Está usted bien? Ya lleva mucho rato ahí encerrado, ¿necesita ayuda?

La cabeza le daba vueltas. Se incorporó del sillón en el que estaba sentado sin recordar cuándo se había sentado ahí. La voz de una mujer seguía del otro lado de la puerta.

—Doctor Esteban, dígame que no está pasando de nuevo.

No entendía nada. Abrió la puerta.

—¿Qué pasó? ¿A dónde fue el médico? —le preguntó a la mujer, que lo miraba visiblemente asustada por su comportamiento brusco.

—Usted... usted es el médico, doctor Esteban. El terapeuta de este consultorio.



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En el texto hay: locura, romance, terror

Editado: 03.08.2026

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