Un frío como de hielo le recorrió la espalda. Miró de nuevo hacia adentro: no había nadie, y donde debía estar el doctor solo quedaba un espejo roto colgando de la pared, con una grieta que le devolvía su propio reflejo partido en pedazos.
—No lo entiendo —exclamó, furioso—. ¿Qué me está pasando? ¿Qué me pasa?
Y entonces, como una avalancha, llegaron los recuerdos. Todos a la vez. Algunos más nítidos que otros, algunos más importantes que otros.
Entre ellos, lo que había ocurrido esa misma tarde, en el bar, con la mujer.
Recordó que después de varias copas, ella se disponía a marcharse. Y él, un poco desquiciado, ya entrado en tragos, se negó a dejarla ir. Le pidió que le permitiera volver a verla, le dijo que era un buen cocinero, que le encantaría invitarla a cenar a su casa.
Ella lo miró con la frialdad del hielo mismo, y respondió:
—Claro, ¿por qué no? Dame tu dirección. Iré el viernes, a eso de las nueve de la noche.
Esteban se la anotó en un papel viejo y se lo entregó. Ese recuerdo lo devolvió a una calma extraña. Salió del consultorio a buscar un calendario, casi enloquecido, mientras algunos empleados le preguntaban a la recepcionista qué le pasaba al doctor.
—Karina, oye, Karina, ¿qué le pasa al doctor Esteban? ¿Está bien? No me digas que otra vez tuvo uno de esos trances raros.
Karina respondió que sí, que había roto el espejo de su propio consultorio, y que esta vez el episodio había sido mucho peor que los anteriores.
Esteban encontró el almanaque: era exactamente viernes. Miró el reloj: las ocho y cuarenta y cinco de la noche. Salió corriendo hacia su casa, dejando a Karina y a los demás sin entender qué ocurría.
No recordaba tener un vehículo, pero encontró las llaves en su bolsillo y, tras buscarlo un rato en el estacionamiento, condujo hasta su departamento. No tenía el número de esa mujer, ni siquiera sabía si tenía teléfono, ni recordaba haberle preguntado su nombre.
Tenía la cabeza llena de confusión. Solo sabía que debía llegar a donde ella estaría.
Llegó a su departamento aliviado de que nadie hubiera notado su ausencia; eran las nueve y cinco. Empezó a desesperarse, dudando fuertemente de su propia cordura, sin entender qué había pasado en el consultorio, por qué olvidaba tantas cosas, por qué tenía tantas lagunas. Llegó incluso a dudar de que su nombre fuera Esteban. Estaba al borde del colapso cuando sonó el teléfono del edificio.
Contestó. Era el portero: una mujer preguntaba por él.