La Mujer De Mis SueÑos

Mirtis Lavoe

El pecho se le llenó de emoción. Era verdad. No la había imaginado. Le pidió al portero, con la voz temblando, que la dejara subir, y empezó a arreglarse a toda prisa, ordenando el desastre que él mismo había dejado en el departamento.

Cuando ella llegó, él ya estaba listo. Contento como un niño en Navidad, sintiendo que ella era todo su mundo.

La vio por el filo de la puerta. Estaba preciosa. Se quedó sorprendido al notar que llevaba el mismo vestido negro y el mismo gabán con el que la había imaginado apenas minutos antes.

¿Cómo era posible?

No le dio más importancia y la dejó pasar.

Ella lo miró con esa frialdad de siempre, y solo entró.

—¿Cómo estás? ¿Quieres algo? Si quieres, dame tu abrigo, lo cuelgo.

Ella lo observó un momento.

—Tranquilo, pareces nervioso.

—¿Yo? No, para nada, estoy bien. Solo quiero ser un buen anfitrión.

—Está bien. Solo cálmate, Esteban.

—Lo haré, disculpa. Oye, a todo esto, estoy seguro de que te lo pregunté, pero perdona, tu nombre se me confundió esa noche.

—No te lo dije. Tampoco me lo preguntaste.

—Perdona, ¿cómo... cómo te llamas?

Ella rió, apenas.

—Me llamo Mirtis. Mirtis Lavoe.

—¿Cómo dijiste?

—Mirtis. Me llamo Mirtis.

—Ah, claro, disculpa, ya lo tengo.

Cerró los ojos y suspiró.

Ella tomó asiento y él colgó el abrigo. No había cocinado nada; apenas si había salido de su propio estado de locura, así que pidió comida a domicilio sin que ella lo notara.

—Discúlpame, dejarte ahí sola. ¿Quieres algo de tomar?

—Sí, un whisky.

—Claro.

Llevó dos vasos a la mesa y empezaron a hablar de todo un poco. Ella reía de vez en cuando; no era tan seria como parecía al principio.

Hasta que él, ya tras varios tragos y algo de comida, no aguantó más y le contó la verdad.

—Oye, Mirtis, quiero decirte algo.

Ella, con la copa en la mano, algo mareada por el alcohol:

—Claro, dime.

—No sé cómo vas a tomar esto. Te ruego que no lo tomes a mal, en serio.

Ella endureció la mirada.

—¿De qué hablas?

—Verás, llevo mucho tiempo, muchísimo, soñando contigo. Sueño contigo, te veo todo el tiempo en la mente, y no sé qué me pasa, ni por qué me pasa justo contigo.

—¿Y quién dice que esto no es un sueño?

Esteban palideció, atónito. La tensión subió de golpe.

Pero Mirtis se echó a reír, dijo que era broma, que ella estaba ahí de verdad, y le tomó la mano con fuerza.

—Soy real. Estoy aquí, tanto como tú.

Esteban sonrió, aunque el corazón le latía a toda velocidad. La contempló de arriba a abajo y le dijo que sí, que era verdad, que ella estaba ahí, y que él iba a amarla con todo su corazón.

Mirtis cortó la conversación con una frase.

—Ya que fuiste sincero conmigo, yo también seré sincera contigo.

Esteban asintió.

—La he pasado bien hoy, la verdad. Y sí, es raro lo que sientes por mí, no entiendo por qué, pero...

—Sí, es raro —murmuró Esteban, nervioso.

—Sí, lo es. Pero yo también soy rara. También soy especial.

—¿A qué te refieres?

—No te lo he contado, pero nací con un problema.

—¿Qué problema?

—No puedo sentir nada, Esteban. No tengo emociones. Vivo en un infierno donde no siento amor, ni dolor, ni tristeza, ni dicha, ni culpa. Nada.



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En el texto hay: locura, romance, terror

Editado: 03.08.2026

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