La borrachera se le fue de golpe a Esteban. Se quedó paralizado, escuchándola.
—Es horrible, no te lo voy a negar. Es como un karma, un infierno sin piedad.
Esteban tragó saliva, asustado; como terapeuta, sabía exactamente qué podía significar eso.
—De niña, lo único que me daba algo parecido al placer era...
Se quedó callada un segundo, y rió, fría.
—Matar a los gatos de los vecinos. Y a sus perros.
Cerró los ojos, como si saboreara el recuerdo.
—Era lo único con lo que podía sentir algo, ¿sabes?
Esteban empezó a temblar.
—Pero después pasó algo más interesante. Mi primer novio me fue infiel. Al principio no sentí nada; solo supe que debía vengarme de alguna forma. Lo invité a mi casa y lo apuñalé con el cuchillo de cocina. Una y otra vez.
Mirtis tomaba un sorbo mientras lo contaba, con una calma que helaba.
Esteban buscaba con disimulo su teléfono, cada vez más asustado, aunque recordó la broma anterior y pensó: seguro se está inventando todo esto para reírse de mí después. Ese pensamiento lo calmó lo suficiente como para no interrumpirla.
—Ese fue mi primero, Esteban. Y lo disfruté como nunca. La sangre salpicaba y me excitaba. Era mágico.
Sus ojos se pusieron en blanco al recordarlo.
Esteban no dijo nada. Tenía la boca entreabierta, buscando alguna palabra que no llegaba, mientras su mente intentaba, sin lograrlo, encajar esa voz tranquila con lo que acababa de escuchar.
—Luego maté a mi abuela. Era un fastidio esa anciana, y me quedé con su herencia.
Lo dijo con la misma ligereza con la que se comenta el clima. Esteban tragó saliva, y algo en su pecho se apretó un poco más, como una soga.
—¿Tu... tu abuela?
—Después mis padres —continuó ella, sin responderle, sin siquiera mirar si él la escuchaba—. Otro fastidio más.
Esteban sintió que el aire del departamento se volvía denso. Quiso levantarse, quiso hacer algo, pero su cuerpo no respondió; solo atinó a asentir, despacio, como si asentir pudiera protegerlo.
—Iba a acabar también con mi hermano menor —agregó, y por primera vez algo parecido a la irritación le cruzó el rostro—, pero el maldito escapó. Aún lo busco. Lo encontraré un día.
El silencio que siguió le pareció a Esteban más largo de lo que en realidad fue. Miraba a Mirtis buscando alguna grieta, algún gesto que delatara la broma, pero no encontró ninguna.
—Desde entonces no he parado —dijo ella al fin, con la voz baja, casi íntima—. Selecciono a mis víctimas. Las observo desde la oscuridad, veo su miedo. Puedo olerlo, Esteban. Después las acecho, y las cazo.
—Nunca me atraparán. La policía es tan, tan fácil de burlar. Son idiotas.
Cuando terminó de hablar, Esteban soltó una carcajada agónica.
—Jajaja, casi me atrapas, Mirtis. Qué chiste tan elaborado.
—Si hay algo que me gusta en una mujer, algo que siempre quise que tuviera la que se casara conmigo, es el sentido del humor. Y tú lo tienes. Esto es único. Es mágico.
—No.
Antes de que Esteban continuara, ella lo interrumpió con un "no" tan seco que le cortó el aire.
—Nada de lo que te dije es mentira. No es un chiste. Ninguna palabra.
No sé qué pasó contigo. Jamás te escogí, jamás pensé en matarte, pero es como si tú solo te hubieras querido atravesar en mi camino.
Esteban quedó pálido.
—¿Qué dices? ¿Que no es broma? ¿A qué te refieres, Mirtis?
—Pues sí, tonto. Soy una psicópata. Y sé que ya lo sabías. ¿Qué tanto te cuesta aceptarlo?
Esteban se restregó los ojos, parpadeando con fuerza, deseando que fuera un sueño. Que todo fuera un sueño.
—Tal vez el destino te puso en mi camino por algo, Esteban.
Él levantó la mirada.
—¿Para qué? No entiendo, ¿por qué los sueños?
Mirtis sonrió, macabra.
—Y nunca lo entenderemos. Así será mejor.
Se abalanzó sobre él como un jaguar. Esteban intentó defenderse, la empujó, y cuando iba a alcanzar su teléfono, ella sacó un cuchillo de entre los pliegues de su falda y lo apuñaló por la espalda tres veces.
Cayó al suelo. Intentó arrastrarse, herido, con el instinto primitivo de quien solo quiere sobrevivir, mientras Mirtis, tranquila, caminaba hacia la cocina por el cuchillo de carnicero. Volvió. Esteban le suplicaba que no lo matara, pero ella solo reía, disfrutándolo, apuñalándolo una y otra vez, hasta que dejó de moverse, hasta que se convirtió en un cuerpo inerte sobre el piso de su propio departamento.
Mirtis, con una belleza casi sepulcral, se limpió el cabello y el rostro manchados de sangre, y sonrió mientras probaba la sangre tibia de Esteban.
—Ah, qué delicia. Con que eras tú, eh. Eras ese hombre de mis sueños. El que siempre veía en cualquier lugar, mirándome, sin que lograra distinguir bien su rostro. Así que eras tú.