—Las cosas siempre comienzan con un inicio prometedor y agradable, algo que, de cierta forma, les añade un toque dulce a todo —pensé mientras observaba, desde el mostrador, cómo la luz de la tarde se filtraba por los escaparates e iluminaba motas de polvo danzando sobre el terciopelo de un vestido de noche.
Mi nombre es Adam McClain, aunque en mi familia suelen llamarme simplemente Ad. Trabajo en una tienda de vestidos y soy hijo único.
—Cumplir con las peticiones de una dama, Ad —solía decirme mi padre, ajustándose las gafas para revisar un libro de contabilidad—, es un arte. Un arte que muy pocos dominan.
—Más bien es el sueño de muchos y la ambición de pocos —murmuraba yo para mis adentros.
En una época tan competitiva como esta, debía mantenerme siempre al tanto de las exigencias y deseos de cada clienta… sin olvidar, claro, mis horas de sueño, que consideraba una prioridad inquebrantable.
—Los McClain —leía a menudo en las páginas sociales de los periódicos—, sinónimo de elegancia y tradición.
Mi apellido, de alto renombre, resonaba constantemente en esas líneas. Gracias a la reputación de mi padre, muchos pensaban que tenía un futuro asegurado y una vida privilegiada.
—Algún día todo esto será tuyo, hijo —me decía él, con un gesto amplio que abarcaba el salón de exhibición.
—Los papeles no hacen al hombre, padre —respondía yo, quizás con demasiada frecuencia—. Prefiero la experiencia que me da el trabajo aquí.
Tal vez así sería si algún día heredara la fortuna familiar. Sin embargo, más allá de lo que decía un documento legal, yo prefería enfocarme en la experiencia gratificante que el trabajo en la tienda me ofrecía. No le daba demasiada importancia a esos papeles; eran solo documentos que pasarían años guardados en algún cajón de la casa. Si tenía acceso a todo lo que poseíamos, se lo debía a mi madre.
—Ad, cariño —me susurraba ella mientras revisaba un dobladillo—, lo más importante es ceder ante una vida rodeada del placer ajeno. Conoce a la gente, intégrate.
—Lo intento, madre —mintió una vez más.
Su intención era que conociera a todos y me integrara, pero nunca logré encajar del todo. En la escuela primaria prefería concentrarme en los estudios; hablaba con mis compañeros, sí, pero solo lo justo y necesario.
Al llegar a una etapa clave de mi vida, mi padre me animó a visitar distintos lugares.
—Necesitas entender a las mujeres para las que creamos, Ad —me explicó con seriedad—. Visita los talleres locales, incluso los de otros países. Comprende de dónde vienen sus gustos.
Tenía sentido: comprender sus gustos era esencial. Jamás imaginó mi padre que, cada día, decenas de jovencitas —desde adolescentes hasta mujeres adultas— acudirían a la tienda para probarse y comprar vestidos en grandes cantidades. Para él, era un espectáculo que observaba con nostalgia desde su oficina, y mi madre compartía esa emoción.
—Míralas, Adam —me dijo mi madre una tarde, señalando discretamente a un grupo de jóvenes que reían frente a un espejo—. La vida pasa rápido. Si alguna de ellas… llama tu atención, no dejes pasar la oportunidad.
Mi padre asintió, con una sonrisa cómplice.
—Un buen marido también es un buen hombre de negocios.
¿Y qué querían decir con eso? No soy un cazador acechando a su presa. No me malinterpreten: no me veo haciendo semejante cosa. Aquel consejo solo me servía para una tarea concreta: convencer a las clientas de comprar los vestidos más costosos y bellos que teníamos.
Así transcurrían mis días en la empresa familiar. Siempre atento, observaba cómo aquellas mujeres cruzaban la puerta desprendiendo aromas únicos, memorizando cada uno de sus gestos.
—Huele a jazmín y ambición —murmuraba a veces, impresionado por la naturalidad con que lucían tan encantadoras.
Había adquirido la costumbre de anotar el nombre, apellido y edad de todas las clientas que compraban algún vestido. Y fue en uno de esos días tranquilos, cuando la tienda estaba poco frecuentada, que todo cambió.
El tintineo suave de la campanita de la puerta sonó diferente. Una joven entró junto a su madre y, posiblemente, sus hermanas.
—¡Oh, mira éste! —exclamó una de ellas, con un asombro genuino.
Todas miraban los vestidos con ese mismo gesto, una reacción que reconocí al instante: era la típica ante los diseños que mi madre elaboraba con sus manos delicadas, siempre al tanto de las tendencias de la época.
Me ajusté el chaleco y me acerqué.
—Buenas tardes, damas. ¿En qué puedo asistirlas hoy? —ofrecí, con la galantería aprendida y repetida.
Mientras ellas contemplaban absortas los maniquíes, mi mirada se desvió. Y la vi a ella. Estaba un paso atrás, observando no los vestidos, sino la luz que caía sobre ellos. No supe si su rostro era exactamente la definición de belleza inusual, pero en ese instante, un pensamiento claro y frío cruzó mi mente: Jamás, en toda mi vida, había visto a alguien así.
El mundo, y todos sus vestidos, parecieron desenfocarse por un segundo. Solo ella estaba nítida.