El aire en la tienda era denso, cargado con el aroma a tela nueva y calor matinal. Como cada día, mi rutina comenzaba con el ritual de preparación: limpiar meticulosamente cada maniquí, alinear los vestidos en sus repisas como soldados de seda, y contar el dinero de la caja registradora con un ruido seco de billetes. Las mujeres de la alta sociedad solían llegar temprano, ávidas de los modelos más exclusivos, y todo debía estar impecable antes del mediodía.
Al salir para colocar el letrero de “Regreso en 15 minutos” en la puerta, el mundo se detuvo en un choque suave.
—¡Oh! —exclamó una voz, y un estuche de libros cayó al suelo con un golpe sordo.
Más allá del sobresalto, un reconocimiento instantáneo me atravesó. Era ella. La misma joven de días atrás, la que había entrado con su madre y había observado los vestidos con una mezcla de anhelo y resignación. Ahora me miraba con ojos grandes, un tanto desconcertados, mientras se agachaba para recoger sus pertenencias.
—Permítame —murmuré, arrodillándome junto a ella.
Nuestras manos rozaron el mismo libro al mismo tiempo. Ella alzó la vista, y entonces ocurrió: una sonrisa. No era solo una curva en los labios; era un destello de luz en aquella calurosa mañana, como si el verano entero se hubiera condensado en ese gesto. Por un instante, el bullicio de la calle se desvaneció, y solo existió el silencio vibrante entre nuestras miradas.
Tomé uno de sus libros—Introducción a la Botánica—y se lo alcancé.
—Estudias. —dije, más como una constatación que como una pregunta.
Ella asintió, y su sonrisa se suavizó.
—Sí. En la universidad.
—Yo también estudio. —confesé, ajustándome involuntariamente las gafas—. Por las noches. Administración.
La mirada que intercambiamos duró exactamente treinta y siete segundos. Los conté, no por incomodidad, sino porque cada uno parecía latir con una intensidad nueva. El ruido de un tranvía distante finalmente rompió el hechizo.
—Lamento haber tropezado contigo —logré decir, con una voz que me sonó extrañamente formal—. ¿Estás bien?
—Descuida. Estoy intacta —respondió, y su sonrisa reapareció, esta vez con un dejo de picardía—. No es la primera vez que mi torpeza choca con alguien… interesante.
Sus ojos, del color de la miel al sol, se detuvieron en los míos a través de los cristales de mis gafas.
—Bonitas gafas —añadió.
Sentí un calor repentino en el pecho, una sensación expansiva y desconocida.
—Gracias —musité, mientras mi mente buscaba desesperadamente algo coherente que decir—. Ten un buen día. Yo… debo volver al trabajo.
Mis palabras sonaron truncadas, torpes. Ella se incorporó, recogiendo su estuche.
—Hasta luego, entonces —dijo, y antes de girarse, me lanzó una última mirada a través del cristal de la puerta.
Mis labios temblaban levemente. Me quedé allí, inmóvil, hasta que su figura se perdió entre la multitud. Respiré hondo, forzando a mi corazón a aquietar su ritmo desbocado. Las preguntas brotaban como espumas: ¿A dónde iba? ¿Qué había detrás de esa sonrisa melancólica que había vislumbrado días atrás, cuando su madre eligió por ella aquel vestido color lavanda que claramente no le gustaba?
El ensueño se quebró con la voz de mi padre, grave y clara desde el interior:
—¡Ad! ¡Ven aquí un momento!
Corrí hacia la trastienda, donde él estaba sentado tras su antiguo escritorio de caoba.
—¿Sucede algo, padre?
—Cierra la puerta —indicó serenamente.
Una vez a solas, sacó del cajón superior una pequeña caja rectangular, forrada en un terciopelo marrón desgastado por el tiempo.
—Es para ti —dijo, deslizándola hacia mí sobre el pulido de la madera—. Tu madre quería que la tuvieras al cumplir los dieciocho, pero… creo que ahora es el momento adecuado.
La tomé con cuidado. Era más ligera de lo que parecía.
—¿Puedo…?
—Mejor no —interrumpió suavemente, con una mirada que no admitía réplica—. Guárdala. Ábrela cuando… cuando sientas que ha llegado el momento en que realmente la necesites. No antes.
Asentí, confundido pero obediente, y guardé la caja en el bolsillo interior de mi chaqueta. Un peso nuevo, simbólico, se sumó al que ya llevaba.
El resto del día transcurrió entre clientas y telas. Almorcé el estofado que mi madre había preparado, saboreando cada bocado con una gratitud repentina y profunda.
Al atardecer, cuando el sol comenzó a inclinarse tras los edificios, tiñendo el cielo de naranja y lavanda, me encargué de limpiar los cristales de la fachada. Era mi tarea favorita: el mundo desde ahí parecía un cuadro impresionista, difuminado y pacífico. Y entonces, en el lienzo de esa tarde dorada, apareció de nuevo su silueta. Regresaba, con el mismo estuche de libros ahora más cargado, el cabello alborotado por la brisa. Mi pulso se aceleró. Fingí concentrarme en una mancha invisible en el cristal.
—Oh —sonó su voz, clara y cercana—. Tú otra vez.