La Mujer de Vestido Rojo

CAPÍTULO 2 | Una encantadora sorpresa.

La semana transcurrió con la regularidad de un metrónomo, pero mi mente ya no seguía el mismo compás. Cada tintineo de la campanita de la puerta hacía que mi pulso se acelerara. Cada silueta femenina que se recortaba contra la luz de la entrada era, por un instante, la suya.

Mi padre notó mi distracción.

—Tu eficiencia ha bajado un tres por ciento esta semana, Ad —comentó sin levantar la vista del libro mayor, su lápiz deteniéndose en una columna de cifras—. El inventario del terciopelo francés no cuadra.

—Lo revisaré de nuevo, padre —respondí, sintiendo el rubor subirme al rostro.

Mi madre, más sutil, sólo me sonreía con una complicidad que me inquietaba. Ella, que lo veía y lo entendía todo entre puntada y puntada.

El viernes, cerca del cierre, llegó la sorpresa. No con la campanita, sino con un suave golpe en el cristal de la puerta, ya cerrada con llave. Allí estaba ella, no con su estuche de libros, sino con una caja rectangular envuelta en papel sencillo.

La tarde, morada y fresca, la envolvía como a un personaje de un cuadro.

Descorrí el cerrojo con manos que temblaban levemente.

—Perdona la hora —dijo, y su voz sonó más baja, casi íntima en el umbral vacío—. Vi la luz encendida.

—No, descuida, no es ninguna molestia —aseguré, abriendo la puerta de par en par—. ¿En qué puedo ayudarte?

Entró, y su presencia llenó de pronto el espacio silencioso de la tienda. Ya no olía a papel viejo, sino a aire nocturno y a algo dulce, como manzanas.

—En realidad, vine a devolverte el favor —explicó, colocando la caja con cuidado sobre el mostrador—. Por tu ayuda el otro día, y por… no reírte de mi tropiezo.

—Nunca se me ocurriría —protesté con genuino fervor.

Ella sonrió, y esa sonrisa tenía hoy un matiz diferente, más segura.

—Lo sé. Por eso esto es para ti.

Con un gesto animoso, me indicó que abriera el paquete. Las yemas de mis dedos parecían insensibles al desatar la sencilla cuerda. Dentro, no había un regalo costoso. Sobre un trozo de tela de lino crudo, descansaban tres manzanas pequeñas, perfectas, de un rojo intenso, y un libro. No era de botánica. Era una antigua edición de «El Jardín Secreto» de Frances Hodgson Burnett, con el lomo desgastado y las páginas ligeramente doradas por el tiempo.

—Las manzanas son del árbol del patio de la librería —aclaró, observando mi reacción—. Y el libro… es una de mis copias favoritas. Me recordó a esta tienda, de alguna manera. A todo lo bello y cuidado que hay aquí dentro.

No supe qué decir. La emoción me cerró la garganta. Nadie, fuera de mi familia, me había regalado algo tan personal, tan deliberadamente pensado para mí.

—Es… el regalo más maravilloso que he recibido —logré articular, acariciando la cubierta del libro con reverencia—. No sé cómo agradecértelo.

—Leyéndolo. —respondió ella sencillamente—. Y quizá… contándome después qué te pareció.

Asentí, embargado por una felicidad que me resultaba nueva y abrumadora.

En ese momento, la luz de la trastienda se encendió, proyectando la silueta de mi padre en el umbral.

—Ad, ¿todo en orden? —preguntó su voz.

—Sí, padre. Todo perfecto —respondí, y por primera vez, sentí que no disimulaba nada.

Él asintió con una breve inclinación de cabeza, discreto, y se retiró. Parecía haber comprendido que aquel era un territorio que debía permanecer mío.

—Debo irme —dijo ella, con un dejo de pena—. Mi familia me espera.

—Claro —dije, acompañándola hasta la puerta—. ¿Vendrás… por tu la tienda otra vez?

La miré a los ojos, desafiando mi propia timidez. En sus pupilas, a la luz del farol de la calle, vi reflejada una chispa de esa misma valentía.

—Creo que la librería necesita un vestido nuevo para la vitrina de primavera —contestó, y su sonrisa fue una promesa—. Quizá la semana próxima pueda venir a ver opciones.

—Te esperaré —susurré.

La vi alejarse, fundiéndose con las sombras de la acera. Cuando regresé al mostrador, toqué las manzanas, su piel fresca y lisa, y abrí el libro por una página al azar. Una frase, subrayada con una tinta ya desvaída, pareció saltar a la vista: «Donde crece una rosa, ninguna otra podrá ocupar su lugar.»

Guardé el regalo con sumo cuidado, junto a la misteriosa caja de terciopelo que mi padre me había dado. Dos enigmas, dos promesas. Y por primera vez, la rutina del día siguiente no me pareció una carga, sino el preludio necesario de algo que, tímidamente, comenzaba a florecer.




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