La semana siguiente fue un ejercicio de paciencia tormentosa. Cada mañana, al abrir la tienda, mi primera mirada era para la vitrina de la librería «El Pórtico de Papel», situada justo al otro lado de la plaza. La observaba a través de nuestro propio cristal, como un cartógrafo estudiando una costa lejana y deseada.
No había vestido nuevo en su escaparate, solo la misma pila de novelas decimonónicas y un globo terráqueo descolorido.
Mi madre notó el nuevo ritual.
—El mundo no se acaba al otro lado de la plaza, Ad —comentó una mañana, pasándome suavemente el plumero por los hombros—. A veces, lo que se busca con tanta ansia llega cuando uno deja de forcejear con el horizonte.
Era su forma de aconsejar sin entrometerse, pero la inquietud había echado raíces en mi pecho. ¿Había interpretado mal sus palabras? ¿Había sido la visita del viernes solo un gesto de amabilidad efímera?
El martes, no pude resistirlo más. Con el pretexto de necesitar un libro de contabilidad avanzada —una mentira delgada y transparente—, crucé la plaza. La campanita de la librería sonó con un tintineo más apagado que el nuestro. El interior olía a polvo, encuadernaciones de cuero y quietud. Una mujer mayor, con gafas de miope y un chal sobre los hombros, atendía tras el mostrador.
—Buenos días. Busco… un libro de contabilidad —dije, sintiendo que mi voz resonaba falsa en el silencio.
—En el estante del fondo, a la derecha, joven —respondió sin levantar la vista de su propio libro.
Recorrí los pasillos estrechos, mis ojos escudriñando cada rincón. No había rastro de ella. Ni en la sección de botánica, ni tras una pila de libros por catalogar. El aire se me hizo espeso de decepción.
—¿La ayudanta? —preguntó la anciana librera cuando volví al mostrador, esta vez con un libro genuino sobre métodos de inventario—. La señorita Elara no trabaja los martes. Su día libre es irregular. Es difícil de encontrar, esa muchacha.
Elara.
El nombre me golpeó con la fuerza de una revelación.
Elara.
Sonaba a algo antiguo y musical, como el nombre de una estrella olvidada.
—Gracias. —murmuré, pagando el libro que no necesitaba.
Al salir, la luz del mediodía me pareció irónica y demasiado brillante. «Difícil de encontrar.» La frase de la mujer mayor resonó en mi mente como un estribillo obstinado. ¿Era solo una casualidad laboral, o había algo más en esa elusividad?
La espera se volvió entonces una pesquisa silenciosa.
Pregunté de forma casual a algunas clientas habituales si conocían a una joven llamada Elara que trabajara en la librería. La mayoría negó con la cabeza. Una, la señora Darrow, una viuda de mirada penetrante, posó sus ojos en mí con curiosidad.
—¿Elara? El apellido sería Voss, ¿verdad? La familia llegó hace unos meses. Se instalaron en la vieja casa de los Hargrove, en la colina. No son… de los nuestros, cariño. —dijo, con un tono que cargaba las palabras de un significado social que yo detestaba—. El padre, según dicen, es un académico. O algo por el estilo. No suelen mezclarse.
La información, en vez de aclarar, profundizó el misterio. Una familia nueva, un académico, una casa en la colina que tenía fama de estar encantada.
Y una hija que trabajaba en una librería y sonreía como si los rayos del sol pudieran guardarse en los bolsillos.
El viernes, justo cuando comenzaba a resignarme a otra semana de espera, ocurrió. No fue en la tienda, ni en la librería. Fue en el mercado callejero, entre puestos de verduras y el aroma a pan recién horneado.
La vi cargando una bolsa de tela con libros, conversando animadamente con el vendedor de flores. Llevaba un vestido sencillo, de color azul que hacía juego con el cielo, y su risa llegó hasta mí como un carillón.
Me quedé paralizado, observando desde la distancia. Era ella, vibrante y real, pero en un contexto que la hacía parecer parte de un mundo paralelo, uno lleno de charlas triviales y tareas domésticas. Por un instante, dudé. ¿Debía acercarme? ¿Romper esa escena tan perfecta?
Ella se giró entonces, como si hubiera sentido el peso de mi mirada. Nuestros ojos se encontraron a través del gentío. Su expresión de sorpresa se transformó, tras un segundo de titubeo, en una sonrisa amplia y genuina.
Me hizo una pequeña seña con la cabeza.
Fue suficiente. El hechizo de la distancia se rompió. Avancé, esquivando carritos y compradores, hasta lograr llegar a su lado.
—Parece que el destino nos pone a prueba. —dije, intentando que sonara a broma y no a la declaración desesperada que sentía.
—O quizá sólo quiere que practiquemos nuestra puntería. —respondió ella, ajustando la bolsa en su brazo. Sus ojos brillaban—. Lo siento. No he podido ir a la tienda. Han sido unos días… complicados en casa.
—No tienes que disculparte —me apresuré a decir—. Sólo… me alegra verte bien.
Hubo un silencio cómodo, cargado de todo lo no dicho. El vendedor de flores nos miraba con curiosidad.
—Oye —dijo ella de repente, bajando la voz—. El lunes. Cierran la librería por inventario. Yo… podría pasar por la tarde. Si no es una molestia.