El lunes, la tienda se transformó en un escenario donde yo era, a la vez, actor y expectador nervioso. Limpié cada superficie dos veces. Reorganicé la sección de vestidos de día por color, luego por tejido, y finalmente volví a dejarlo como estaba. Mi madre, con su perspicacia habitual, observaba mis idas y venidas sin comentar, pero una leve sonrisa jugaba en sus labios mientras daba puntadas a un dobladillo.
—El encanto, Ad —dijo al fin, sin levantar la vista de la aguja—, no reside en la perfección inerte de las cosas. Reside en su disposición a ser vividas. Como ese vestido de muselina de la vitrina. Espera una brisa para cobrar vida.
Sus palabras me calmaron un poco. Tenía razón. Yo estaba preparando una exposición de museo, cuando lo que Elara desprendía era vida natural, sin artificio.
La campanita sonó a las cuatro en punto. No era ella. Era la señora Pendleton, una clienta habitual con un sombrero que parecía haberse posado en su cabeza como un pájaro exótico. Mi decepción debió de ser evidente.
—Cielo, pareces un perrito al que le han escondido el hueso —dijo, entregándome su abrigo con aire divertido—. Tranquilo. Lo que ha de llegar, llega, a menudo cuando uno está ocupado en otra cosa.
Y así fue. Justo cuando ayudaba a la señora Pendleton a decidir entre dos tonos de crema, la puerta se abrió de nuevo. Esta vez, Elara entró con la luz de la tarde a su espalda, aureolando su figura. No llevaba el estuche de libros, sino un pequeño ramillete de flores silvestres atado con una cinta de rafia. Margaritas, nomeolvides y una ramita de lavanda.
—Disculpe la interrupción. —dijo con una sonrisa tímida dirigida a la señora Pendleton, antes de mirarme—. Le prometí a mi jefa que preguntaría por algún atuendo para la vitrina de primavera.
La señora Pendleton la observó con interés, sus ojos pequeños y brillantes captando cada detalle.
—Pero qué encanto natural, querida —declaró, como si emitiera un veredicto—. Un rostro así no necesita marcos complicados. Algo sencillo, de línea recta. Como ese.
Señaló con su bastón un vestido color champán, de seda lavada, que colgaba discretamente en un rincón. Era uno de los diseños más simples de mi madre, pero de una elegancia serena y absoluta.
Elara siguió su indicación y sus ojos se iluminaron con genuino asombro.
—Es precioso. Justo lo que imaginaba.
Mientras la señora Pendleton se retiraba al probador con su montón de telas, quedamos solos en el salón principal. Elara me extendió el ramillete.
—Del jardín trasero de la librería. Para alegrar el mostrador.
Las flores, sencillas y un poco mustias por el calor, desprendían una fragancia limpia y terrenal. Eran lo opuesto a las rosas híbridas que a veces nos encargaban. Eran reales.
—Gracias —dije, buscando un jarrón de cristal—. Y gracias por venir.
—Gracias a ti por esperar —respondió. Su mirada recorrió la tienda, admirando sin avidez—. Es como un santuario aquí dentro. Todo tiene su lugar, su propósito.
—A veces se siente más como una jaula dorada —confesé sin pensar, y me sorprendí a mí mismo por la honestidad.
Ella se acercó al vestido champán, rozando la seda con la yema de los dedos con una reverencia táctil.
—Las jaulas son una cuestión de perspectiva, ¿no crees? Algunos pájaros eligen volver a ellas porque conocen cada rendija, cada barrote. Otros… otros solo ven la puerta abierta.
Me miró entonces, y en sus ojos había una pregunta que iba más allá de los vestidos y las vitrinas.
—¿Y tú, Adam? ¿Eres de los que observa los barrotes, o la luz que se cuela entre ellos?
El uso de mi nombre completo, no el «Ad» familiar, me conmovió de un modo extraño. Era como si me viera a mí, no al hijo de los McClain.
—Estoy… aprendiendo a mirar la luz —respondí, y fue la verdad más profunda que había pronunciado en semanas.
La conversación fluyó entonces con una naturalidad asombrosa. Hablamos de libros, por supuesto. Le conté que había comenzado El Jardín Secreto y que la historia de un lugar oculto que renacía me parecía milagrosa. Ella me habló de su padre, el académico, y de su investigación sobre jardines históricos perdidos. Había una melancolía contenida cuando mencionaba su trabajo, una especie de exilio autoimpuesto que no quise forzar.
De pronto, se detuvo frente a un espejo de marco ovalado. No se miró a sí misma, sino que observó el reflejo de la tienda, y de los dos, parados allí.
—¿Sabes? —musitó—. Mi madre dice que la elegancia es una forma de bondad hacia los demás. Un esfuerzo por hacer el mundo más bello para quien te mira. Pero a veces pienso que el encanto más real es el que no se esfuerza, el que simplemente es. Como estas flores. O como la sonrisa de un niño. O… como la paz que se siente en un lugar como este, cuando cierras y el mundo se va.
Sus palabras me envolvieron. Ella poseía esa cualidad exacta: un encanto que no se fabricaba, que emanaba de su manera de ver las cosas, de tocar la tela, de escuchar. Era natural, auténtico, y por eso resultaba tan desarmante.
Antes de irse, acordamos que el vestido champán sería prestado a la librería por una semana. Fue una excusa, y ambos lo sabíamos. La verdadera transacción había sido otra: un intercambio de confianzas, una grieta en nuestros respectivos encierros.