La Mujer de Vestido Rojo

CAPÍTULO 5 | Preguntas.

La calma que había seguido a la visita de Elara fue una balsa frágil, y mi padre, con la precisión de un capitán que conoce cada grieta en el casco, la hizo zozobrar en el momento más sereno.

Era martes. El desayuno transcurría con el ritual acostumbrado: el chasquido seco de la tostada al partirse, el susurro denso de la mantequilla al extenderse, el aroma agudo del café recién pasado que se enroscaba en el aire cálido de la cocina. Mi madre servía el té con esa atención silenciosa que lo envolvía todo. Yo miraba por la ventana, viendo cómo la luz invernal, pálida pero prometedora, se reflejaba en los cristales de la tienda al otro lado del patio, y pensaba en el color champán de la seda bajo la luz de una lámpara de librería.

—El vestido champán. —dijo mi padre.

Su voz no alzó el tono. No hubo preámbulo. Fue un hecho colocado sobre el mantel junto a la mermelada de naranja. Dejó el cuchillo junto al plato con un clic metálico que sonó a sentencia.

Mi madre detuvo la tetera en el aire. El hilo dorado del té se interrumpió. Todo, hasta el tictac del reloj de pared, pareció contener la respiración.

—Sí, padre —respondí, forzando una naturalidad que se me escurría como arena entre los dedos—. El préstamo a la librería de la plaza.

—Un préstamo —repitió, como saboreando la palabra. Finalmente, alzó la mirada. Sus ojos, del gris de la pizarra bajo la lluvia, no reflejaban la luz de la ventana—. ¿Es un asunto comercial, Ad, o personal?

La pregunta flotó en el aire, pesada y omnipresente. «Comercial o personal.» En su boca, las palabras eran categorías mutuamente excluyentes, reinos separados por una frontera que yo, aparentemente, había transgredido.

—Es… una colaboración. —empecé, sintiendo cómo la justificación se construía con prisa y mala arquitectura—. La vitrina de primavera de ‘El Pórtico de Papel’ tiene mucho tránsito de gente culta, con posibles. La visibilidad para nuestro trabajo…

—‘El Pórtico de Papel’ —me interrumpió, limpiándose minuciosamente la yema del pulgar con un pico de la servilleta de lino—. Regentado por la señora Braithwaite. Y asistido, desde el otoño pasado, por la joven Elara Voss.

El sonido de su nombre completo en boca de mi padre me produjo un escalofrío. No era el «Elara» suave y musical que yo guardaba en mis pensamientos, sino un identificativo, una ficha en un dossier.

—Hija del profesor Alistair Voss. —continuó, su voz convertida en un informe monótono y devastador—. Quien alquila, desde octubre, la casa de la colina. La vieja casa Hargrove.

Mi madre, que había reanudado el servicio del té con una calma estudiada, dejó escapar un leve suspiro, casi inaudible. Era un sonido de reconocimiento, no de sorpresa. Ella ya lo sabía. O lo había intuido.

—Una familia… nueva —apunté yo, débilmente.

—Nueva, sí. Y con equipaje —dijo mi padre. Tomó un sorbo de café, dejando la frase suspendida—. Alistair Voss. Historiador. Especializado en genealogía y archivos patrimoniales de la nobleza del norte. Su último trabajo, una investigación sobre las donaciones de tierras y las cartas de legitimación de la familia Darnley en el siglo XVIII, generó cierta… incomodidad en círculos muy establecidos. Hubo acusaciones de insinuaciones infundadas, de interpretaciones sesgadas. La polémica fue lo suficientemente intensa como para que la universidad le concediera un año sabático. Un sabático muy oportuno, según algunos. Se trasladaron aquí en cuestión de semanas.

La información me golpeó con la contundencia de un puñetazo en el estómago. No eran rumores vagos. Eran datos concretos: fechas, especialidades, nombres de familias poderosas. El profesor Voss no era un académico cualquiera; era un hombre que había removido el barro de los cimientos de ciertos linajes, y el barro, al salpicar, había manchado su propia reputación.

—Yo… no sabía nada de eso —murmuré, y era la pura verdad. En mi mente, la sonrisa de Elara, sus flores silvestres, sus conversaciones sobre El Jardín Secreto, chocaban violentamente con la imagen de un padre acosado por el escándalo, de una huida disfrazada de descanso.

—Elara —dijo mi madre, su voz un bálsamo de suavidad en la tensión—. Esa es la joven, ¿verdad? La de las margaritas del mercado. Tiene una mirada… muy clara. Sincera.

Agradecí su intervención con todo mi ser. En su boca, Elara volvía a ser una persona, no un apellido problemático.

—Sí. —confirmé, buscando sus ojos—. Es sincera.

—La sinceridad —articuló mi padre, dejando la taza en el platillo con otro clic preciso— es una virtud encomiable, Ad. Pero en el mundo de los negocios, y en el entramado social que los sustenta, no es una moneda de cambio. Es, en el mejor de los casos, un lujo. En el peor, una vulnerabilidad. —Se reclinó en la silla, cruzando las manos sobre el regazo. Su postura era de juez, no de padre—. Las asociaciones dejan marca, hijo. Imprimen un sello en la piel de la reputación, que es la tela más valiosa y más frágil que poseemos. Ya no hablo solo de clientes. Hablo de proveedores, de banqueros, de las familias cuyas hijas visten nuestros trajes para sus bodas y sus bailes. Gente que valora la discreción por encima de todo.

La habitación se había enfriado diez grados. El té de mi madre ya no humeaba.

—No estoy asociándome con el profesor Voss —protesté, sintiendo una defensiva infantil crecer dentro de mí—. Conozco a Elara. Trabaja, le gustan los libros. Nada más.




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