La Mujer de Vestido Rojo

CAPÍTULO 6 | Comprometedor.

El silencio que siguió a mi encuentro en la plaza con Elara llenó la tienda como una niebla densa y gris. Cada hora sin noticias suyas era un recordatorio de la grieta que había abierto. El vestido champán regresó el viernes, doblado con una perfección impersonal, envuelto en papel de seda tan inmaculado que parecía no haber sido tocado. No había flores silvestres, ni nota, ni mensaje. Solo el silencio, que hablaba más alto que cualquier reproche.

Mi madre recogió el paquete de mis manos, sus dedos diestros palpando la tela.

—La seda agradece que la hayan tratado con cuidado —comentó en voz baja, casi para sí misma—. Pero huele a polvo de estantería, no a aire de librería. Como si no hubiera salido a la luz.

La observación me atravesó. Así era exactamente como me sentía: guardado, empaquetado, apartado de la luz.

El lunes siguiente, la rutina se había vuelto una cárcel de gestos vacíos. Fue entonces cuando llegó la invitación. Un sobre de papel grueso, color crema, entregado por un mensajero con librea. No llevaba remite, solo mi nombre escrito con una caligrafía elegante y firme: Mr. Adam McClain.

Dentro, una tarjeta de visita sencilla:

El Honorable Sir Robert Darnley

Té de sociedad

Villa Darnley, Colina Norte

Jueves, 4 de la tarde

Se agradece puntualidad.

La sangre se me heló en las venas. Darnley. El mismo apellido que mi padre había mencionado en relación con la polémica del profesor Voss. Esto no era una simple invitación social. Era una citación.

Mi padre me encontró pálido, sosteniendo la tarjeta como si estuviera en llamas.

—Sir Robert —dijo, asintiendo lentamente, como si hubiera estado esperando este movimiento—. Un cliente ocasional. Muy selecto. Su esposa y sus hijas visten de París, pero ocasionalmente encargan accesorios aquí. Un honor, sin duda. —Hizo una pausa, midiendo mi reacción—. Y una responsabilidad.

—¿Por qué a mí? —pregunté, con la voz ronca.

—Tal vez ha oído hablar del joven prometedor de la tienda McClain —respondió, pero su tono decía otra cosa—. O tal vez ha oído otras cosas. Ve, Ad. Viste impecablemente. Habla solo cuando te pregunten. Observa. Y escucha. Sobre todo, escucha.

La Villa Darnley era una masa de piedra gris y hiedra perpetua que dominaba la colina norte, mirando por encima de la ciudad como un centinela desdeñoso. El salón donde se servía el té era una caverna de oscuridad labrada, con pesados cortinajes de terciopelo que ahogaban la luz de la tarde. El aire olía a cera de abejas rancio y a una humedad antigua. Allí, entre retratos de antepasados de mirada severa, una docena de personas murmuraba con voces apagadas. Hombres con chalecos cruzados, mujeres con vestidos de corte sobrio y joyas discretas pero de valor obsceno. No era un té; era un consejo de guerra disfrazado de cortesía.

Sir Robert Darnley era un hombre de unos sesenta años, delgado como un alambre, con una calvicie brillante y unos ojos de un azul pálido que no parecían reflejar la luz, sino absorberla. Me recibió con una frialdad cortés.

—Joven McClain. Un placer. Su padre es un artesano de gran estima.

Su «gran estima» sonó a sentencia conmutada. Me presentó a los demás: un par de magistrados, el director del banco, el dueño del mayor astillero de la región. Nombres que eran pilares de la ciudad. Me sentí como un espécimen raro, el «hijo del sastre», exhibido en una vitrina de poder.

La conversación, al principio, giró en torno a temas anodinos: el estado de los caminos, la próxima temporada de ópera. Pero Sir Robert, con la habilidad de un maestro de ajedrez, fue dirigiendo las piezas.

—La estabilidad, queridos amigos —dijo, tomando un sorbo de té de su taza de porcelana fina—, es el bien más preciado de una comunidad. Se sustenta en estructuras probadas, en linajes que han demostrado su… lealtad. Y se ve amenazada por elementos inestables. Ideas foráneas. Interpretaciones… agitadoras de la historia.

Los ojos azules se posaron en mí. Un sudor frío me recorrió la espalda.

—Por supuesto. —murmuró alguien.

—Recientemente —continuó Sir Robert, como si acabara de recordar algo—, hemos tenido la… curiosidad de cierto académico merodeando por archivos privados. Buscando grietas en los cimientos, podríamos decir. Jugando con fuego, con la historia de familias que han contribuido tanto a esta tierra. —Hizo una pausa dramática—. Es un pasatiempo peligroso. La historia no es un juguete para intelectuales ociosos. Es el cemento de nuestro presente.

Un murmullo de asentimiento recorrió la habitación. Yo tenía la boca seca, el té me sabía a cenizas.

—¿No le parece, joven McClain? —preguntó de repente, clavándome con su mirada—. Usted, que trabaja con belleza y tradición, debe comprender el valor de lo establecido, de lo que ha demostrado su valía. Frente a lo… novedoso. O lo problemático.

Ahí estaba. La advertencia, envuelta en retórica, pero tan clara como un cuchillo. No estaban hablando solo del profesor Voss. Estaban hablando de Elara. De mí. De la «problemática» asociación. Me estaban mostrando el precio de la curiosidad, el coste de traspasar ciertos límites.




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