La elección, una vez hecha, no trajo la paz. Trajo un estado de alerta permanente, una vigilancia interna que filtraba cada sonido, cada mirada en la calle. Al cruzar la plaza, ya no sentía la ligereza de antes; sentía el peso de las ventanas de Villa Darnley, imaginarias pero omnipresentes, observando desde la colina. Haber plantado mi bandera junto a Elara me había convertido en un terreno disputado.
Mi padre lo supo antes de que yo abriera la boca. La noche del jueves, al regresar de la plaza, me esperaba en su estudio. La única luz era la de su lámpara de escritorio, que tallaba sombras angulosas en su rostro.
—Sir Robert Darnley envió un mensaje —dijo, sin levantar la vista de un libro de cuentas que no estaba leyendo—. Agradeciendo tu «interesante perspectiva» durante el té.
El aire se enrareció. «Interesante perspectiva» era un eufemismo elegante para «desafío inaceptable».
—No dije nada inapropiado, padre.
—En ciertos salones, la mera presencia puede ser inapropiada —respondió, cerrando el libro con un golpe seco—. Y la presencia persistente en ciertos… lugares, aún más. —Alzó la mirada. En sus ojos no había enfado, sino una fatiga profunda, la de un general que ve desobedecer a un soldado en medio de una guerra silenciosa—. La señora Braithwaite, dueña de la librería, canceló el pedido de un conjunto de tapetes para el día del libro. Justo esta tarde. Dijo que sus «prioridades habían cambiado».
El golpe fue bajo y efectivo. No atacaban a la tienda directamente, no aún. Solo cortaban un pequeño hilo, un ingreso menor, como un aviso: podemos llegar a todo lo que toca.
—¿Qué quieres que haga? —pregunté, sintiendo cómo la culpa y la rebeldía luchaban en mi pecho.
—No se trata de lo que yo quiera, Ad —suspiró, frotándose el puente de la nariz—. Se trata de que comprendas que cada gesto tiene un eco. Que ahora, cada vez que cruces esa plaza, no serás solo mi hijo. Serás el joven McClain que desatiende consejos sensatos. Y ese eco puede dañar más que tu reputación.
La complicación se materializó en formas sutiles y brutales. Al día siguiente, la señora Darrow entró en la tienda con su andar de pájaro intrigado. Mientras fingía interesarse por unos guantes, se inclinó sobre el mostrador, bajando la voz a un susurro cargado de falsa compasión.
—Pobrecillo, querido —dijo, sus ojos escudriñándome—. Se nota la tensión. Estas… amistades nuevas son tan agotadoras, ¿verdad? Sobre todo cuando vienen con equipaje familiar tan… voluminoso. Uno debería elegir compañías que eleven, que no arrastren a uno al lodo de los problemas ajenos.
Me mordí la lengua hasta casi hacerme sangre. Responderle habría sido darle carnada. Mi madre, que había escuchado desde el probador, salió con una sonrisa de acero.
—Los guantes de encaje, señora Darrow, suelen ser delicados —dijo, con una dulzura cortante—. Pero se manchan con la más mínima suciedad en las manos. ¿Está segura de que quiere tocarlos tanto?
La señora Darrow enrojeció y abandonó la tienda sin comprar nada. Mi madre me dirigió una mirada breve. No era de aprobación, sino de advertencia: así sería, a partir de ahora.
La distancia con Elara, ahora que había decidido acortarla, se volvió un campo minado. No podía visitarla en la librería sin que la mirada suspicaz de la anciana señora Braithwaite me siguiera como un centinela. En la plaza, cualquier conversación era breve, interrumpida por conocidos que «casualmente» pasaban por allí. Nuestro espacio se redujo a miradas furtivas y a encuentros breves al anochecer, cuando las sombras nos ofrecían una frágil intimidad.
Una de esas tardes, cerca del río, le conté lo de la señora Darrow y el cancelado pedido de los tapetes. Ella escuchó, mirando el agua oscura, su perfil recortado contra el crepúsculo.
—Lo siento —murmuró—. Es mi carga. Y ahora te la he pasado.
—No es una carga que me hayas pasado —corregí, con más firmeza de la que sentía—. Es una que he decidido cargar. Hay diferencia.
Ella sacudió la cabeza, una tristeza antigua en sus ojos.
—Mi padre… no es un hombre malo, Adam. Es un hombre obsesionado. Creyó encontrar una inconsistencia en unas cartas de donación de los Darnley del siglo XVIII. Unas tierras que, según sus pesquisas, podrían no haber sido legítimamente adjudicadas, sino… adquiridas bajo coacción. Quiso exponerlo. No por notoriedad, sino por lo que él llama «la limpieza del registro histórico». —Hizo una pausa, tragando saliva—. Subestimó el poder de quienes prefieren que el polvo se quede donde está. Lo desacreditaron, le hicieron la vida imposible en la universidad. Nos mudamos aquí para… para respirar. Para empezar de nuevo. Pero el pasado no suelta tan fácilmente a quienes remueven sus cimientos.
La historia era a la vez más simple y más grave de lo que había imaginado. No era un escándalo de salón; era una acusación contra la piedra angular de una de las familias más poderosas de la región. Y Elara y su padre vivían bajo la sombra alargada de esa acusación.
—¿Y las pruebas? —pregunté.
—Las tiene. O cree tenerlas. Documentos, copias de actas. Los guarda como un tesoro maldito. Dice que algún día, cuando haya suficiente interés académico… —dejó la frase en el aire, inconclusa. Sabíamos ambos que ese «algún día» probablemente nunca llegaría.