Los días que siguieron a la partida de Sir Robert fueron de una calma tensa y vigilante. El aire en la tienda permanecía inmóvil, como si esperara la siguiente sacudida. Sin embargo, los hilos dejaron de tirarse. El proveedor de sedas italianas no regresó, pero ningún otro canceló su contrato. La señora Darrow no volvió a visitarnos. Era un alto el fuego incómodo, una tregua basada en el mutuo conocimiento de un arma cargada y apuntada.
Mi padre y yo no hablamos del documento. Había un acuerdo tácito, una frontera nueva y frágil entre su mundo de costuras y cuentas y el mío, que ahora incluía sombras y secretos del siglo XVIII.
A veces, al cruzar miradas sobre el mostrador, veía en sus ojos una pregunta no formulada: ¿A qué precio?
El precio, para mí, era la distancia. Con Elara, el plan había funcionado, pero el acto había dejado una huella. Ya no éramos dos jóvenes que se encontraban entre flores silvestres y conversaciones sobre libros. Éramos cómplices en un chantaje sofisticado. La naturalidad de antes estaba teñida de una gravedad nueva, un peso compartido que, aunque nos unía en propósito, nos separaba en inocencia.
Una semana después, una tarde en que la luz otoñal se colaba oblicua por las ventanas de la tienda, tintando de oro el polvo en suspensión, llegó el sobre. No era el papel blanco y amenazante de antes. Era un sobre grueso, color crema, de calidad excelente, con mi nombre escrito con una caligrafía que reconocí de inmediato: la de Elara. Pero no lo había traído ella en persona. Lo dejó el cartero.
Con un presentimiento extraño, lo abrí en la trastienda, lejos de las miradas. Dentro, no había una nota breve. Había varias páginas de papel de escribir, llenas de su letra apretada y pulcra. Mi corazón dio un vuelco.
Querido Adam,
Si estás leyendo esto, es porque no he tenido el valor de decírtelo en persona. O quizá porque las palabras, escritas, permiten un orden y una honestidad que el miedo nos arrebata frente a frente.
Lo que hicimos, lo que tú hiciste por mí y por mi familia, fue un acto de un coraje que aún me estremece. Viste la amenaza, pesaste el riesgo, y elegiste plantarte. No frente a mí, sino a mi lado. En toda esta complicada y gris historia, tú eres el punto de luz más claro y definido que he encontrado.
Por eso duele más lo que voy a decirte.
Después de lo sucedido, después de ver el rostro de Sir Robert y saber que, gracias a ti, respiraré un poco más tranquila, mi padre y yo hemos tenido largas conversaciones. La más larga fue anoche, junto al fuego, mientras la lluvia golpeaba los cristales de esta vieja casa que nunca ha sentido como un hogar.
Él me dijo algo que yo ya sabía, pero que me resistía a aceptar: que este no es nuestro lugar. Que hemos llegado como fantasmas a una ciudad donde los muros tienen memoria y las sonrisas, condiciones. La tregua que hemos forzado es eso, una tregua. No un perdón. No una aceptación. El resentimiento de los Darnley ahora es personal, y es más profundo. Y mientras nosotros estemos aquí, tú y tu familia estaréis en la línea de fuego, aunque esta sea silenciosa.
Mi padre ha recibido una oferta. Lejana. De una pequeña universidad en un país donde los apellidos antiguos no pesan tanto, y donde un historiador con un archivo polémico puede ser visto como un académico, no como un agitador. Es una salida. Una oportunidad de empezar de verdad, sin miradas de reojo, sin sobres blancos deslizándose bajo las puertas.
Y vamos a aceptarla.
La noticia es repentina, lo sé. Para mí también lo ha sido. Mi primer impulso fue decir que no. Que no podía irme. Que no podía dejarte aquí, con el peso de lo que hemos hecho y la enemistad que hemos ganado. Pero mi padre tiene razón en una cosa: quedarme sería un acto de egoísmo. Sería atarme a ti con la cadena de mi propio problema, convertir nuestra… nuestra conexión en el ancla que te impide navegar en aguas tranquilas. Tú mereces más que ser el guardián de un secreto ajeno, el escudo de una familia en fuga.
Te escribo esta carta no solo para explicar, sino para agradecer. Por las manzanas y las margaritas, por mirar más allá del apellido Voss, por regalarme un poco de esa paz que hay en tu tienda, entre las telas y los silencios bien entendidos. Por enseñarme que el valor no siempre es ruidoso; a veces es un gesto tranquilo, una decisión tomada en la cocina de una tienda, una mano que no suelta la otra incluso cuando el mundo tira con fuerza.
No sé qué será de nosotros, Adam. El océano es ancho, y el tiempo, caprichoso. Pero te prometo esto: allá donde vaya, llevaré contigo la memoria de lo que se siente al ser vista, no como un problema o una hija de, sino simplemente como Elara. Y guardaré tu nombre no como una deuda, sino como el recuerdo de lo que el corazón es capaz de hacer cuando decide no dudar más.
Por favor, no vengas a despedirte. Sé que lo pedirías, y sé que mi resolución se desharía como azúcar en la lluvia. Déjame ir con esta imagen tuya, de pie firme frente a Sir Robert, defendiendo no solo mi verdad, sino la tuya. Esa es la imagen que quiero llevarme.
Cuida de tu familia. Cuida de esa tienda que es un refugio de belleza en un mundo a menudo feo. Y sobre todo, cuídate a ti mismo, Adam McClain. No dejes que esta historia te endurezca el corazón. El tuyo es demasiado valioso.