La Mujer de Vestido Rojo

CAPÍTULO 10 | Saliendo de la zona de confort.

La ausencia de Elara no fue un vacío. Fue una presencia negativa, un molde de yeso que conservaba la forma de lo que había estado allí, deja ndo un hueco perfecto y doloroso en el aire de la tienda, en mis rutinas, en el espacio entre un pensamiento y otro. Los primeros días, cada tintineo de la campanita me hacía girar la cabeza con un esperanza absurda y automática. El aroma a papel viejo y jabón simple parecía impregnar ciertos rincones. Y las tardes junto al río, ahora que ya no había razón para ir, se volvieron interminables.

El documento del profesor Voss, nuestra arma de disuasión, reposaba en la caja de terciopelo junto a la nota de mi padre. Ya no era un talismán activo; era una reliquia de una batalla que había terminado con una retirada, no con una victoria. Sir Robert y su círculo mantenían su distancia. La tregua era estable, pero tenía el sabor rancio de un empate que nadie celebraba.

Mi padre intentó, con su torpeza característica, normalizar las cosas.

—El inventario de la lana de invierno está incompleto —dijo una mañana, pasándome una lista—. Necesito que lo revises. La concentración es un antídoto para la… distracción.

Trabajé en el inventario con una meticulosidad obsesiva. Conté y reconté ovillos, medí metros de tela, anoté cada defecto menor. Pero mi mente era un pájaro enjaulado que golpeaba los barrotes de los números, ansiando el cielo abierto de una conversación que ya no existía.

Fue mi madre quien entendió la verdadera naturaleza de mi malestar. No me lo dijo con palabras. Una tarde, mientras yo intentaba (y fracasaba) en dibujar un nuevo patrón para un abrigo de señora, se acercó y puso suavemente su mano sobre la mía, deteniendo el trazo tembloroso del lápiz.

—A veces —dijo, su voz tan suave como el terciopelo que acababa de cortar—, la zona de confort deja de ser cómoda. Se convierte en el contorno exacto de la herida. Y uno no puede sanar dentro del mismo molde que le hizo daño.

Miré nuestras manos, la suya marcada por las finas cicatrices de las agujas y el tiempo, la mía tinta de lápiz y desorientación.

—¿Y adónde se va, madre? Cuando no se sabe a dónde ir.

Ella sonrió, una sonrisa triste y sabia.

—No se va a un lugar. Se va hacia algo. A veces, solo hay que dar el primer paso sin saber el segundo. El camino se revela al andar, no antes.

Esa noche, mientras la ciudad dormía, abrí la caja de terciopelo una vez más. No miré el documento de los Darnley. Tomé la aguja de acero y la nota de mi padre. «Cuando dudes, recuerda: los cimientos no son los muros, sino la tierra sobre la que decides construir.»

¿Qué tierra era la mía ahora? La tienda era mi herencia, mi deber, mi mundo conocido. Pero ese mundo, de repente, me quedaba grande. Sus paredes, que antes me abrazaban, ahora me recordaban cada encuentro, cada sonrisa, cada pregunta no hecha. Yo no era el mismo que había entrado en él hacía unos meses. La experiencia del amor y la pérdida, del conflicto y la elección difícil, me había estirado, me había transformado.

Y ya no cabía en el traje viejo de mi vida anterior.

Una idea comenzó a germinar, una semilla plantada por las palabras de mi madre y regada por la desesperación silenciosa. Era una locura. Una ingratitud. Un salto al vacío.

Tardé una semana en reunir el valor para plantearlo. Lo hice durante la cena, cuando el sonido de los cubiertos contra la vajilla creaba una falsa sensación de normalidad.

—Padre, madre —dije, y mi voz sonó extrañamente serena—. Necesito irme.

El cuchillo de mi padre se detuvo en el aire. Mi madre dejó su tenedor suavemente sobre el plato.

—¿Irte? —preguntó mi padre, su tono más perplejo que enfadado.

—No para siempre. —me apresuré a aclarar, aunque no estaba seguro de eso—. Pero sí por un tiempo. La escuela de diseño textil. En la ciudad. La que ofrece el programa avanzado de corte y gestión. La solicitud de ingreso para el semestre de primavera cierra en un mes.

Había investigado en silencio, en las largas horas de insomnio. Era una escuela prestigiosa, rigurosa. Un programa de dos años que combinaba arte y comercio, precisamente lo que mi vida siempre había sido: belleza y números.

—La tienda… —empezó mi padre.

—La tienda la llevan ustedes con los ojos cerrados —interrumpí, con un respeto que no escondía mi firmeza—. Y yo… necesito aprender a verla con ojos nuevos. Aportarle algo más que mis manos. Necesito entender por qué hacemos lo que hacemos, más allá de la tradición. Necesito… salir de aquí para poder volver, si es que debo volver, siendo algo más que el hijo que se quedó.

El silencio que siguió fue denso, pero no hostil. Mi padre miró a mi madre. Fue ella quien habló primero.

—Tu bisabuelo —dijo, mirando la llama de la vela—, el que fundó esta tienda, no nació sastre. Era carpintero de barcos. Un día, el puerto se secó, los encargos desaparecieron. Se encontró a los cuarenta años con unas manos hábiles y ningún futuro. Aprendió a coser velas, luego cortinas, luego vestidos. Salir de su zona de confort no fue una elección; fue una necesidad. Pero de esa necesidad nació todo esto. —Me miró—. Tú tienes una elección. Eso es un lujo. Úsalo bien.

Mi padre respiró hondo.




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