La Mujer de Vestido Rojo

CAPÍTULO 11 | Conociendo el lugar.

La ciudad a la que llegué no era la mía. Era más grande, más ruidosa, un organismo que respiraba humo de carbón y ambición. Los edificios se apretaban unos contra otros, altos y severos, y el cielo era una franja estrecha y gris entre las cornisas. En lugar del aroma familiar a tela y cera de abejas, el aire olía a hollín, café amargo y el sudor de miles de vidas que se cruzaban sin tocarse.

Mi habitación era una buhardilla alquilada en la tercera planta de una casa de huéspedes cerca de la escuela. Era pequeña, con una ventana inclinada que miraba a un callejón de ladrillo. La cama crujía, el armario olía a naftalina. Pero tenía una mesa sólida bajo la ventana, y en ella, al desempacar, coloqué la caja de terciopelo, el retal azul y el libro. Eran mis anclas en aquel océano de lo desconocido.

La Escuela de Diseño y Gestión Textil “Albright” ocupaba un edificio de piedra arenisca, antiguo y respetable. Al cruzar sus puertas, me inundó una oleada de inseguridad. Los otros estudiantes parecían llevar su talento con una desenvoltura que yo no poseía. Hablaban de «vanguardias», de «siluetas arquitectónicas», de tejidos exóticos cuyos nombres apenas conocía. Yo, que había pasado la vida entre muselinas y lanas prácticas, me sentía como un campesino en una corte renacentista.

Mi primer profesor, el señor Armitage, era un hombre delgado y seco como una pluma, con unos anteojos que le daban aspecto de lechuza disecada. Impartía «Historia y Teoría de la Indumentaria». En la primera clase, paseó su mirada por la sala, deteniéndose un instante en mí.

—El diseño —comenzó, con una voz que no requería alzar el tono para llenar la habitación— no nace del vacío. Nace de la necesidad, del contexto, de las limitaciones. Un vestido no es solo tela. Es economía. Es geografía. Es política. Es, en última instancia, una declaración sobre el cuerpo que lo viste y el mundo que lo observa.

Mientras hablaba de corsés victorianos como instrumentos de opresión y de la revolución que supuso el jersey de Coco Chanel, sentí un primer destello de conexión. Esto no era solo sobre hacer cosas bonitas. Era sobre entender por qué las hacías. Era el lenguaje que había anhelado sin saberlo.

Las clases prácticas fueron un campo de batalla diferente. Mi destreza con la aguja y la tijera, de la que tanto me habían elogiado en casa, era aquí solo la base, torpe y utilitaria. Una profesora, la señorita Vance, una mujer con el cabello recogido en un moño tan tenso que parecía doloroso, observaba mis primeros intentos de drapeado sobre un maniquí.

—Tensión, McClain —decía, sin levantar la voz—. No estás armando un saco de patatas. Estás conversando con la tela. Debes sentir su resistencia, su fluidez. Es un baile, no una pelea.

Fallé. Una y otra vez. El crepé de seda se me arrugaba entre los dedos como un pellejo muerto. La frustración me hervía por dentro. Por las noches, en mi buhardilla, con los dedos doloridos y la vista cansada, abría El Jardín Secreto y releía pasajes al azar, buscando un consuelo que no llegaba. A veces, miraba el retal azul, pero ya no evocaba solo a Elara; evocaba la sencillez perdida, un mundo donde las cosas tenían un sentido claro y medible.

El aislamiento era casi físico. Comía solo en una taberna barata, donde el guiso era grasiento pero abundante. Caminaba por calles que no me hablaban. Extrañaba el olor a pan tostado de la cocina de mi madre, el sonido de las tijeras de mi padre cortando tela, el tintineo predecible de la campanita de la tienda. Aquí, el ruido era constante, impersonal, agresivo.

Un sábado, abrumado por la nostalgia y la sensación de fracaso, me perdí a propósito. Dejé que mis pies me llevaran sin rumbo, alejándome del barrio de la escuela, internándome en una zona de la ciudad más antigua, de calles empedradas y edificios bajos con fachadas descascaradas. Y entonces, entre el olor a pescado y carbón, lo olí.

Fue solo un instante, un hilo de aroma en el aire frío: lana húmeda, teñida. El mismo olor que impregnaba el taller de los tintoreros que suministraban a mi padre. Me detuve en seco, buscando la fuente. Al final de un callejón, una puerta entreabierta dejaba escapar un vapor cálido y ese aroma intenso, terrenal y familiar.

Me acerqué. En el interior, apenas iluminado por la luz que entraba por un patio interior, vi a un hombre anciano, con el torso desnudo y los brazos coloreados hasta el codo de un azul índigo profundo. Removía un enorme caldero con un palo, canturreando algo en una lengua que no reconocí. Era un tintorero artesanal, un oficio que en mi ciudad ya era casi una reliquia.

No me vio. Me quedé allí, en el umbral, observando el ritual hipnótico de aquel hombre y su tina de color. No había sofisticación, ni teoría, ni declaraciones. Solo un conocimiento ancestral transmitido en el movimiento de los brazos, en la temperatura del agua, en la paciencia infinita. Era pura necesidad transformada en belleza a través del trabajo.

Algo se serenó dentro de mí. Aquel hombre no estaba «conversando con la tela» en los términos abstractos de la señorita Vance. Estaba en diálogo directo, físico, con la materia prima. Era un recordatorio brutal y hermoso de los orígenes de todo lo que yo estaba tratando de aprender.

Al volver a mi habitación, esa noche, no abrí el libro. Saqué la aguja de acero de mi madre. La sostuve a la luz de la lámpara de gas. No era solo una herramienta. Era un legado. Un vínculo con una cadena de conocimientos que iba desde el tintorero del callejón hasta el taller de mis padres, pasando por todas las manos que habían creado belleza desde la necesidad y el oficio.




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