La Mujer de Vestido Rojo

CAPÍTULO 13 | "¿Por qué dudaría de ella?"

El reconocimiento del señor Armitage no cambió mi vida de la noche a la mañana. La buhardilla seguía siendo fría, el guiso de la taberna, grasiento, y el peso de la soledad, un compañero constante. Pero algo había cambiado dentro de mí. “El Archivo de Blackwater”, ahora guardado en una funda de algodón bajo mi cama, era una prueba tangible. Había transformado el dolor en significado, la pérdida en potencia. Y eso me daba una base extraña para pararme, una autoridad silenciosa sobre mi propio pasado.

Sin embargo, una pregunta comenzó a rondarme en las largas horas de estudio, mientras la luz de la lámpara se reflejaba en la aguja de acero de mi madre. Era la pregunta que había eludido, la que la vergüenza y la urgencia habían enterrado: ¿Por qué dudé de ella?

No me preguntaba por qué había dudado de la familia Voss, de la versión oficial, de las advertencias de mi padre. Eso era comprensible, incluso lógico. Me preguntaba por qué, en el momento crucial, había dudado de Elara. De la luz en sus ojos cuando me regaló las manzanas. De la tristeza genuina cuando hablaba de su padre. De la honestidad desarmante con la que se había mostrado ante mí, libro a libro, sonrisa a sonrisa. Había visto el miedo en ella, sí, pero nunca la mentira. Nunca la manipulación.

¿Por qué, entonces, cuando mi padre sembró la semilla de la sospecha, la regué con tanta facilidad? ¿Por qué permití que las sombras de su apellido empañaran la claridad de su persona?

La respuesta, cuando me obligué a enfrentarla, fue incómoda y reveladora. No había dudado de ella por lo que ella era, sino por lo que yo no era lo suficientemente fuerte para enfrentar. La duda fue un refugio cobarde. Era más fácil cuestionar su autenticidad que aceptar el coste monumental de defenderla. Dudar de ella me permitía, en mi mente, justificar una retirada honorable. «Si ella no es completamente quien dice ser, entonces mi cautela no es cobardía, es prudencia.»

Había usado la duda como un escudo contra mi propio miedo. Y al hacerlo, había traicionado no solo a Elara, sino a la persona en la que yo quería creer que me estaba convirtiendo. El joven que se plantó frente a Sir Robert al final lo hizo desde la culpa y la rectificación, no desde una convicción limpia y primaria.

Esta revelación interna era más desgarradora que cualquier crítica externa. Significaba que mi mayor enemigo en toda aquella historia no había sido Sir Robert Darnley, sino mi propia incapacidad para confiar en mi propio criterio, en mi propio corazón, cuando más importaba.

Necesitaba expiar esa falta, no hacia ella, que estaba lejos y había seguido adelante, sino hacia mí mismo. Y la oportunidad llegó de la forma más inesperada.

Clara, la compañera de clase que me había hablado después de la presentación del proyecto, me invitó a una exposición en una pequeña galería de arte del barrio bohemio. «Es sobre ‘El Rostro de la Ciudad’», me dijo. «Fotografías de gente anónima. Pensé que podría interesarte, con tu cosa de las biografías no autorizadas.»

La galería era un local estrecho y largo, con paredes de ladrillo visto iluminadas por focos direccionales. Las fotografías en blanco y negro mostraran rostros marcados por el tiempo, el oficio, la pobreza, la alegría efímera. Gente real. Historias silenciosas en los ojos.

Y entonces, en una esquina menos iluminada, la vi.

No era una fotografía. Era un cuadro, un óleo pequeño pero impactante. Representaba a una joven de perfil, mirando por una ventana abierta a un paisaje de colinas brumosas. No era un retrato realista, sino una impresión de sentimiento. Los colores eran tenues, azules lavados y verdes apagados, pero la luz que bañaba su rostro era dorada y cálida, como un recuerdo de sol. Y en sus manos, no sostenía un libro, sino un ramillete de margaritas silvestres, cuyos pétalos blancos eran los puntos más brillantes del cuadro.

Me quedé paralizado. No era Elara, por supuesto. Pero lo evocaba con una intensidad que me dejó sin aliento.

La postura, la melancolía esperanzada, incluso las flores… Era como si el artista hubiera capturado la esencia que yo había intentado plasmar en el terciopelo y el encaje.

Busqué la ficha al lado del cuadro. Se titulaba «La Exiliada». Y el nombre del artista me golpeó con la fuerza de un trueno: E. Voss.

No podía ser. Era una coincidencia imposible. ¿Otro Voss? ¿Un pariente lejano? ¿Un seudónimo? El mundo se redujo a ese pequeño rectángulo de pintura y a las dos letras que desafiaban toda lógica.

—¿Te gusta? —preguntó Clara a mi lado—. Es curioso, ¿verdad? Tan… íntimo. Parece que estés espiando un momento privado.

—¿El artista? —pregunté, tratando de que mi voz no sonara estrangulada—. ¿E. Voss? ¿Está aquí?

—No lo creo —dijo Clara, encogiéndose de hombros—. La galerista dijo que es una artista joven, nueva en la ciudad. Muy reservada. Envía sus obras por correo.

Pasé el resto de la velada en un estado de shock. No podía apartar la vista del cuadro. Cada pincelada me hablaba de ella. De nuestro atardecer junto al río. De la tristeza de su partida. De las margaritas del mercado. La firma era una pregunta pintada a gritos en silencio.

Al día siguiente, falté a mi primera clase. Regresé a la galería cuando abrió. La galerista, una mujer de mediana edad con gafas de carey y un aire de cansancio benigno, me recibió con una sonrisa profesional.




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