Saber que Elara estaba en la misma ciudad no abrió una puerta, sino un abanico de caminos imaginarios, cada uno más intrincado y aterrador que el anterior. La certeza de su presencia se convirtió en una brújula cuyo norte era difuso.
¿Qué posibilidad debía seguir?
La primera, la más inmediata, fue la de la búsqueda directa. Podía acechar la galería, esperar su próxima visita. Podía contratar a alguien para que rastreara el apartado postal. Pero cada vez que imaginaba ese encuentro forzado, el fantasma de mi antigua duda se interponía.
¿Con qué derecho irrumpía en su nuevo refugio? ¿No sería eso repetir la dinámica de acoso de la que ella había huido?
La posibilidad de encontrarla se teñía de la sombra de ser yo, ahora, el que tirara de un hilo suelto.
La segunda posibilidad era la del gesto indirecto. Podía comprar el cuadro, "La Exiliada". Dejar que mi dinero, y no mi persona, hablara de reconocimiento. Pero eso se sentía frío, transaccional, una especie de coleccionismo del recuerdo que la reduciría a un objeto.
Además, ¿y si ella lo descubre? Podía interpretarlo como un acto de posesión, no de conexión.
La tercera, y más dolorosa, era la de la renuncia. Aceptar que su presencia aquí era parte de su propio viaje, uno del que yo no era protagonista. Había pintado nuestra plaza, sí, pero lo había hecho desde la distancia de la memoria, no como una invitación. Quizá yo solo era una nota a pie de página en su biografía, el chico de la tienda que, para bien o para mal, había sido parte del capítulo que necesitaba cerrar.
La posibilidad de dejarla en paz tenía la amarga dignidad del respeto, pero dejaba mi corazón en un limbo de “qué pudo ser”.
Mientras mi mente debatía estas posibilidades, mis manos siguieron trabajando. El proyecto final del semestre se acercaba, y el señor Armitage había planteado un desafío aún más abstracto: “La Piel del Lugar: un atuendo que sea el retrato textil de una coordenada específica de la ciudad.”
Sin pensarlo dos veces, supe cuál sería mi coordenada. No la de la galería donde estaba su cuadro. No la de su posible apartamento. Elegí el callejón del tintorero.
Ese rincón olvidado donde el olor a lana teñida me había anclado a la realidad del oficio.
Era un lugar que no me hablaba de Elara, sino de mí.
De mi propio redescubrimiento.
Pasé días en ese callejón, haciendo bocetos, tomando notas, recogiendo muestras no físicas, sino sensoriales. El color del musgo entre los adoquines. La textura rugosa de la piedra manchada de tinte azul.
El sonido del agua goteando en un canalón de latón. El frío húmedo que se colaba por la chaqueta.
Mi "Piel del Lugar" no sería un vestido, sino un abrigo-caparazón. Tejí una tela en un telar prestado de la escuela, mezclando hilos de lana cruda con finas tiras de papel de estraza empapado en té, para simular las paredes sucias. La forré interiormente con un algodón teñido con el mismo índigo del tintorero, un azul profundo y vivo que contrastaba con la austeridad exterior. La forma era amplia, protectora, con pliegues que recordaban los surcos de la piedra y un cuello alto que se podía subir para esconder el rostro, como el callejón se escondía de la ciudad.
Mientras trabajaba en el abrigo, una cuarta posibilidad sobre Elara comenzó a tomar forma, no como un plan, sino como una comprensión. Ella no había pintado la plaza para evocarme a mí. Había pintado la luz. Había pintado el sentimiento de un lugar que, a pesar de todo, contenía belleza. Su arte, como mi "Archivo de Blackwater" y ahora este "Caparazón del Callejón", era una forma de procesar, de poseer, de transformar la experiencia.
¿Y si la verdadera posibilidad no era el reencuentro, sino el diálogo?
No un diálogo de palabras, sino de obras.
La idea me electrizó. Compré un cuaderno de bocetos de la mejor calidad que pude permitirme. En la primera página, dibujé con precisión el vestido-objeto que había creado, "El Archivo de Blackwater". No lo fotografié; lo dibujé línea a línea, sombra a sombra, con anotaciones al margen sobre el significado de cada material: "Lino crudo = verdad áspera", "Terciopelo desteñido = poder corrupto", "Encaje manchado = belleza frágil atrapada". Fue agotador y catártico, como reabrir la herida para sanarla mejor.
En la página siguiente, escribí una nota. Breve. Clara.
E.
Vi "La Exiliada". La luz de la plaza está perfecta. Parece que ambos encontramos formas de seguir hablando de los lugares que nos marcaron.
Este es el mío. Un capítulo oculto hecho tela.
—A.
No firmé con mi nombre completo. Sólo la inicial que ella usaba para mí. La que mi familia usaba. "Ad". Era un guiño a nuestra intimidad pasada, un reconocimiento mínimo pero significativo.
Envolví el cuaderno con cuidado, sin dirección de retorno. Lo llevé a la galería un día de lluvia, cuando la calle estaba casi desierta. La galerista no estaba; un joven asistente bostezaba tras el mostrador.
—Es para la artista de "La Exiliada", E. Voss —dije, dejando el paquete sobre el mostrador—. Ella lo recoge por aquí, ¿verdad?