La Mujer de Vestido Rojo

CAPÍTULO 15 | Escondido en lo más profundo de mis sentimientos.

El pequeño óleo de la aguja de luz se convirtió en el centro de mi universo en la buhardilla. Lo coloqué sobre la mesa, donde la luz de la mañana lo bañaba primero. No era un ídolo, sino un interlocutor silencioso. Un recordatorio de que el diálogo, una vez iniciado, exigía continuidad. Y la continuidad exigía valor.

Porque ahora, el sentimiento que durante meses había enterrado bajo capas de trabajo, estudio y análisis, emergía con una claridad desnuda y aterradora. No era solo afecto, ni nostalgia. Era amor. Un amor que había nacido entre telas y libros, que había sido probado por la duda y el conflicto, y que ahora, al otro lado del silencio y la distancia, se revelaba no como un rescoldo, sino como una llama viva y constante.

Estaba escondido en lo más profundo de mis sentimientos, sí. Pero ya no quería esconderse. Quería ser reconocido, aunque fuera solo por mí.

El problema era cómo proceder. El intercambio de arte era un lenguaje seguro, cifrado. Pero el corazón no quería cifras. Quería nombrar. ¿Cómo traducir la profundidad de ese sentimiento en un gesto que no fuera una carga, una intrusión, un paso en falso?

El final del semestre trajo un respiro. Mi "Caparazón del Callejón" fue bien recibido, aunque con menos estruendo que el "Archivo". El señor Armitage comentó: "Ha pasado de la acusación a la contemplación. Interesante evolución." Era cierto. El primer proyecto gritaba; el segundo, observaba. Y yo, en mi interior, anhelaba algo que ya no fuera ni acusación ni contemplación, sino conexión.

Una tarde, paseando sin rumbo por el barrio de las galerías, me detuve frente al escaparate de una pequeña tienda de arte. No vendía cuadros, sino objetos curiosos: maderas flotadas talladas, piedras con fósiles, instrumentos científicos antiguos. Y entre ellos, vi una caja.

No era como la de terciopelo de mi padre. Era de madera clara, de haya, sencilla, sin adornos. Tenía una tapa deslizante. Algo en su simplicidad perfecta, en su promesa de contener algo precioso en un espacio modesto, me habló. La compré sin saber muy bien por qué.

Esa noche, en la soledad de mi habitación, con la caja de haya sobre la mesa junto al óleo de Elara, comprendí. No podía pintar como ella. No podía escribir otra carta que repitiera los dolores del pasado. Pero podía crear un contenedor. Un recipiente para el sentimiento que no me atrevía a entregar en persona.

El proyecto fue el más íntimo y difícil de todos. No era para una clase, ni para ser visto por nadie más. Era una confesión material.

En el fondo de la caja, pegué el retal azul lavado, el color de su vestido en el mercado. Sobre él, coloqué con cuidado una de las margaritas secas que, sin darme cuenta, había guardado de su primer ramillete y traído conmigo, aplanada entre las páginas de El Jardín Secreto. Luego, el fragmento de encaje manchado que había usado en el "Archivo", cortado en forma de pequeño corazón imperfecto. Y por último, en el centro, la aguja de acero de mi madre. No la clavé. La dejé descansar sobre los otros elementos, como una herramienta en reposo, una promesa de trabajo futuro.

Cada objeto era una palabra de un vocabulario que solo nosotros dos podíamos entender completamente. El azul: el encuentro. La margarita: la naturalidad. El encaje manchado: el dolor compartido. La aguja: el legado, el oficio, la posibilidad de reparar.

Pero faltaba la esencia, lo más profundo. No podía meter mis sentimientos en la caja. En su lugar, hice lo único que se me ocurrió. Tomé una hoja delgada de papel de arroz y, con la tinta más negra que tenía, dibujé un único símbolo: un nudo. No un nudo deshecho o decorativo, sino un nudo práctico, fuerte, de los que usan los marineros para amarrar algo valioso, sabiendo que después tendrán que desatarlo. Debajo, sin firmar, escribí una sola palabra: "Siempre."

Doblé el papel de arroz hasta que fue un pequeño cuadrado y lo coloqué sobre la aguja. Luego, deslicé la tapa de la caja. El contenido quedó oculto, pero su peso, literal y figurado, era tangible.

No la envié a la galería. Eso habría sido exponer nuestro diálogo privado. En su lugar, la semana siguiente, cuando entregué mi último trabajo final, le pedí un favor a Clara. Le dije que era una pieza personal para una vieja amiga que era artista, y que quería que le llegara de una manera discreta.

—¿Tan misterioso? —preguntó Clara, arqueando una ceja, pero con una sonrisa cómplice. Había notado mi obsesión por la galería, por el cuadro.

—Es un lenguaje entre nosotros —confesé, y era la verdad más pura que le había dicho a alguien en meses.

Ella aceptó. Con sus contactos en el mundo del arte, averiguó la dirección del apartado postal de E. Voss. Yo no quise saberla. Le di la caja de haya, sellada, y el dinero para el envío certificado.

—Sólo dale esto —le pedí—. No digas de quién viene. Ella… ella lo sabrá.

El acto de soltar la caja fue como soltar un pedazo de mi corazón al mar en una botella. No había garantía de respuesta. No había expectativa de reencuentro. Solo la necesidad imperiosa de sacar lo más profundo de mis sentimientos de su escondite y confiarlo a ella, a su interpretación, a su misericordia.

Los días que siguieron fueron de una quietud extrema. Había dicho todo lo que podía decir sin palabras. Ahora, el silencio no era vacío, sino lleno de significado suspendido.

Pasaba horas mirando el pequeño óleo de la aguja de luz, preguntándome si mi caja habría llegado, si la habría abierto, si el nudo en el papel de arroz le habría dicho lo que mis labios no se atrevían.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.