El puente, una vez comenzado, no condujo a un reencuentro inmediato. En su lugar, creó un territorio nuevo y extraño: la compañía a distancia. El dibujo de las manos, que ahora colgaba en la pared frente a mi mesa, no era un sustituto de Elara, sino una presencia activa. Era una promesa de conexión que transformaba la soledad en algo distinto: un espacio compartido de creación.
Nuestro intercambio continuó, lento y deliberado como el crecimiento de una planta. Pasaron semanas entre una entrega y otra. A veces, el estímulo era una clase que me inspiraba; otras, una sensación de anhelo que necesitaba forma. No había reglas, solo un instinto pulido por la comprensión profunda del lenguaje que habíamos creado.
Tras recibir su dibujo, mi respuesta fue un pequeño libro de tela. En lugar de papel, usé cuadrados de distintos tejidos: lino crudo, seda rasgada y vuelta a coser, un trozo de la lana teñida en índigo. En cada "página", bordé una sola palabra con hilo de colores que cambiaban según la emoción: Encuentro. Palabra. Duda. Lucha. Silencio. Luz. No era una narrativa lineal, sino un mapa emocional de nuestro recorrido. Lo envié al apartado postal, sin nota.
Su respuesta llegó un mes después, cuando el invierno comenzaba a ceder. Era un móvil colgante hecho con finas varillas de madera y trozos de vidrio de colores suaves—azules, verdes, dorados pálidos—que ella misma debió de haber pintado. Al colgarlo en la ventana de mi buhardilla, los fragmentos de vidrio atrapaban la luz del atardecer y proyectaban manchas de color danzantes sobre las paredes y el suelo. Era la luz de la plaza de nuestro pueblo, descompuesta en un prisma, trayendo el recuerdo no como una carga, sino como un espectro de belleza que se movía con la brisa. No había mensaje. El móvil era el mensaje: la memoria en movimiento, transformada, todavía bella.
Así, disfrutaba de su compañía. No era la compañía de la conversación o la cercanía física. Era la compañía de una mente gemela que procesaba el mundo de manera similar. Cuando llovía, yo imaginaba qué estaría pintando ella en su estudio. Cuando conseguía dominar una técnica nueva en clase, pensaba en compartirla en mi próxima "carta". Su presencia se había integrado en mi proceso creativo, convirtiéndose en mi primer y más importante crítico, un espectador ideal que entendería cada elección, cada símbolo.
Esta compañía invisible me dio una valentía nueva en mi trabajo académico. Empecé a proponer proyectos más personales, arriesgados. Para una asignatura de "Moda y Narrativa", creé una serie de tres piezas llamadas "Las Cartas que no se Enviaron", basadas en momentos cruciales de nuestra historia: la duda, la advertencia, la despedida. No usé nombres, pero la historia emocional era tan palpable que mi profesora me preguntó, con preocupación, si estaba bien. Le aseguré que sí, que era catarsis. Y era verdad.
Un día, al salir de la escuela, me encontré con Clara. Tenía una expresión extraña, a medio camino entre la intriga y la preocupación.
—Adam… esa amiga artista tuya. E. Voss.
Mi pulso se aceleró. —¿Sí?
—La galería de la calle Mercer. Tiene una exposición colectiva pequeña. Inauguración esta noche. Su nombre está en la lista.
El mundo se detuvo por un segundo. Una inauguración. Ella estaría allí. O al menos, era posible. La posibilidad de traspasar el umbral de nuestro diálogo silencioso y entrar en el mismo espacio físico era repentinamente real, y aterradora.
—¿Vas a ir? —preguntó Clara.
—No lo sé —respondí, y era la verdad más pura.
Pasé las siguientes horas en un estado de agitación paralizada. ¿Debía ir? ¿No sería una invasión, un salto demasiado grande que pudiera romper el delicado equilibrio que habíamos construido? ¿O sería, por fin, el paso natural, la materialización de la compañía que ya disfrutábamos?
Al final, no fue una decisión racional. Fue un impulso. Una hora antes de la inauguración, me puse mi mejor chaqueta (una que yo mismo había modificado, incorporando un forro con el mismo lino crudo de mi "Archivo") y salí.
La galería de la calle Mercer era aún más pequeña que la anterior. Unas veinte personas murmuraban, sosteniendo copas de vino. Olía a pintura fresca y expectación. Mis ojos barrieron la sala, buscando su perfil, su cabello. No la vi.
Entonces vi sus cuadros. Eran tres. No eran como "La Exiliada". Estos eran más abstractos, pero igual de poderosos. Uno era un mar de pinceladas azules y grises, con una única línea de luz dorada rompiendo la superficie, titulado "La Grieta". Otro mostraba un enredo de raíces negras sobre un fondo color tierra, llamado "Cimientos". El tercero era el más simple y desgarrador: un fondo beige, como papel antiguo, sobre el que flotaban, como fantasmas, las formas sutiles y borrosas de un vestido de seda y un libro abierto. Se titulaba "Huella".
Me quedé frente a "Huella", embargado. Era nuestro diálogo hecho pintura. Ella había capturado la esencia de lo que habíamos intercambiado: la impresión duradera, la marca que deja una presencia incluso en su ausencia.
—Son intensos, ¿verdad? —dijo una voz suave a mi espalda.
Me di la vuelta. Y allí estaba.
Elara. No exactamente como la recordaba. Más delgada, tal vez. Su cabello, un poco más largo, recogido en un moño desordenado del que se escapaban unos cuantos rizos. Llevaba un vestido sencillo de lana, de un gris oscuro, manchado de pintura en el bajo. Pero sus ojos eran los mismos: claros, inteligentes, y ahora, al verme, llenos de una sorpresa que se transformó rápidamente en algo más profundo, más sereno. No había alegría explosiva, ni miedo. Había reconocimiento. Como si hubiera sabido, en algún nivel, que este momento llegaría.