Reencontrar a Elara en la galería no abrió una puerta, sino que cambió la calidad de la luz que entraba por la que ya existía. La certeza de su presencia física en la misma ciudad, su mirada directa, la calma con la que hablamos, todo ello convirtió nuestro diálogo artístico de algo etéreo en algo tangible, arraigado en la misma tierra. Y con esa cercanía renovada, llegó una nueva y poderosa tentación: la de normalizar lo extraordinario.
Durante unas semanas, el equilibrio se mantuvo. Seguíamos enviándonos pequeñas "cartas" a través del apartado postal: yo un muestrario de hilos teñidos con especias, evocando los olores del mercado; ella una acuarela mínima de una taza de té con vapor que se elevaba formando la silueta de un pájaro. Era nuestro lenguaje, y era suficiente. Era más que suficiente.
Pero la tentación acechaba en los espacios entre gestos. Ahora, cuando pasaba por un parque y veía a una pareja compartiendo un libro, pensaba: Podríamos hacer eso. Cuando descubría una pequeña librería escondida con ejemplares antiguos de botánica, el impulso de entrar y comprar uno para ella era casi físico. La ciudad, antes un laberinto de soledad, se había llenado de pequeños escenarios donde podía imaginarnos a los dos.
La tentación era doble. Por un lado, la de forzar una proximidad que nuestro lento y cuidadoso puente quizá no estaba listo para soportar. Por otro, la más insidiosa: la de conformarme con este intercambio elegante y distante, y dejar que el amor se fosilizara en una correspondencia artística perfecta pero estática, evitando el riesgo (y el potencial desorden) de una vida real compartida.
Una tarde, trabajando en un nuevo proyecto para la escuela —un estudio sobre la maleabilidad del fieltro—, me encontrré dándole forma no a un sombrero o una pieza abstracta, sino a una pareja de manos entrelazadas. No eran las manos separadas de su dibujo. Eran manos que se agarraban, cuyos dedos se fundían en la textura de la lana. Me horroricé al darme cuenta. Había dejado que la tentación se colara en mi trabajo, el santuario donde procesaba las cosas, no donde las deseaba ciegamente.
Dejé la pieza a medias, un testimonio avergonzado de mis anhelos. Necesitaba verla. No a través del arte, sino en persona. Necesitaba comprobar si la calma que había visto en sus ojos era un muro o un puente en reparación.
No la busqué en la galería. En su lugar, fui al único lugar público que asociaba a ella y que no era un espacio de arte: el mercado de flores cerca del río, donde la había visto aquella vez, cargada de libros. Fui varios días seguidos, a la misma hora. No tenía un plan. Solo la esperanza débil y obstinada de que los hábitos, como los instintos, persisten.
El tercer día, la vi. No estaba en el puesto de flores, sino sentada en un banco de piedra junto al muelle, con un cuaderno de bocetos abierto sobre las rodillas. El viento del río movía suavemente su cabello y las páginas. Estaba absorta, la punta del lápiz danzando sobre el papel. El corazón me dio un vuelco tan violento que pensé que me delataría.
Me acerqué lentamente, sin hacer ruido, hasta quedar a unos pasos detrás de ella. No miraba el río. Dibujaba las sombras que las cuerdas y los mástiles de un barquito de carbón proyectaban sobre los adoquines, una maraña de líneas entrelazadas que parecían una escritura indescifrable.
—Siempre dibujando grietas y sombras —dije suavemente, para no asustarla.
Ella no se sobresaltó. Dejó el lápiz lentamente y se volvió. En sus ojos no había sorpresa, solo una aceptación profunda, como si hubiera sentido mi aproximación.
—Son las líneas más honestas —respondió. Su voz sonó clara sobre el rumor del agua—. Lo que la luz no puede tocar tiene su propia verdad.
Me senté en el banco, no junto a ella, sino dejando un espacio respetuoso entre nosotros. El cuaderno estaba abierto. En la página opuesta al dibujo de las sombras, había bosquejado la fachada de una tienda. No era la nuestra, pero tenía un escaparate ovalado y una puerta con campanita que me resultaron dolorosamente familiares.
—¿Echas de menos la librería? —pregunté, señalando el dibujo con la barbilla.
—Echo de menos la quietud —corrigió ella, cerrando el cuaderno—. La quietud de un lugar que conoces tan bien que puedes oír su silencio. Aquí todo tiene un ruido de fondo. Incluso el silencio.
—Lo sé —asentí. Y lo sabía. La soledad de la ciudad tenía un zumbido diferente al de la tienda familiar.
Hubo un silencio. No incómodo, pero cargado de la tentación que había guiado mis pasos hasta allí. El viento llevó el aroma a agua fría y a madera mojada.
—¿Por qué viniste, Adam? —preguntó al fin, mirando al río, no a mí.
La pregunta era directa, desafiando nuestras reglas no escritas de indirectas y símbolos. Respiré hondo.
—Porque hice un fieltro con dos manos que se agarraban. Y me asusté.
Ella sonrió, no con alegría, sino con una especie de tristeza comprensiva.
—La tentación de la forma concreta —murmuró—. Es poderosa. Más fácil de entender que la luz o la sombra.
—¿Y es un error? —pregunté, necesitando saberlo.
Ella tardó en responder. Un barco de vapor pasó río abajo, haciendo sonar su sirena, un sonido melancólico y largo.
—Mi padre —dijo, cambiando de rumbo— vivió obsesionado con una forma concreta: la verdad histórica, el documento. Quería una prueba que cambiara el mundo. Y al final, lo que cambió fue solo nuestra vida. La tentación de lo concreto… puede cegarte a todo lo demás.