El encuentro en el muelle actuó como un reajuste sutil pero definitivo. Las reglas no escritas de nuestro espacio compartido se habían ampliado. Ya no estaba solo permitido el diálogo a través del arte o las cartas; ahora, la posibilidad de un encuentro casual, de una conversación real, existía. Pero con esa posibilidad llegaba una nueva disciplina: la de no forzarla. La de apreciar el momento si llegaba, sin anhelarlo con tanta fuerza que envenenara el presente.
Aprendí a encontrar la belleza en la incertidumbra. Las mañanas en las que no la veía, dedicaba mi atención a la textura de la niebla sobre los tejados, al sonido de mis propios pasos en el adoquín húmedo. Los días en que, por casualidad, nuestras rutinas se cruzaban en el mercado o cerca de la escuela, ese momento se convertía en una isla de significado en el río de las horas.
Un jueves, la encontré en la sección de libros de arte de la biblioteca municipal. Estaba de puntillas, intentando alcanzar un pesado catálogo de una exposición de paisajistas nórdicos. Sin decir palabra, me acerqué y lo bajé por ella.
—Gracias —dijo, tomándolo. Sus dedos rozaron los míos. Un contacto breve, eléctrico, no buscado pero no rechazado—. Necesito la melancolía ordenada de un fiordo, creo. Para un proyecto.
—Contrastes —sugerí—. Quizá contra el hollín de aquí.
—Exactamente —asintió, y una chispa de complicidad brilló en sus ojos.
No nos sentamos juntos. Ella se fue a una mesa junto a la ventana; yo, a otra en el rincón opuesto. Pero durante la siguiente hora, la conciencia de su presencia, del leve crujido de sus páginas, del suspiro ocasional de concentración, hizo que el espacio de la biblioteca se sintiera diferente, más vivo. No intercambiamos más palabras, pero al irnos, un leve asentimiento, una mirada sostenida un segundo más de lo necesario, fue suficiente. Fue un momento perfecto, completo en sí mismo, sin necesidad de más.
Otra vez, fue un domingo lluvioso. Yo estaba en un café cerca de la escuela, repasando unos patrones, cuando la vi pasar frente al escaparate. Llevaba un paraguas negro, minúsculo, y cargaba una bolsa de lienzos. Vacilé solo un instante antes de salir a la calle.
—Parece que podrías usar una mano —dije, alcanzándola bajo la lluvia.
Ella me miró, sorprendida, pero cedió uno de los lienzos sin protestar. Caminamos en silencio bajo la llovizna, compartiendo el espacio bajo su pequeño paraguas. No hubo conversación profunda. Hablamos de lo incómodo que era cargar lienzos bajo la lluvia, de un nuevo tipo de tiza pastel que había descubierto. Nada trascendental. Y sin embargo, cada gota que resbalaba por el paraguas, cada paso acompasado, cada inhalación compartida del aire húmedo y frío, se grabó en mi memoria con una intensidad dolorosamente dulce. Al llegar a la puerta de su edificio (no me dijo el número, pero yo, sin querer, ya lo conocía), me devolvió el lienzo.
—Gracias —dijo. Y luego, con una sonrisa pequeña y genuina—: La lluvia con hollín sabe un poco mejor con compañía.
Ese fue todo el romance. Y fue más que suficiente.
Estos momentos robados, estos fragmentos de cotidianidad compartida, se convirtieron en el nuevo lenguaje. No reemplazaron nuestro intercambio artístico; lo enriquecieron. Ahora, cuando ella me enviaba una acuarela de un charco en la calle reflejando un farol, yo no solo veía su maestría con la acuarela; veía la lluvia que habíamos compartido. Cuando yo le enviaba un pequeño tapiz hecho con retales de la ropa que llevaba puesta el día de la biblioteca, ella vería la textura de ese día silencioso.
Apreciar el momento significaba también apreciar la lentitud. No éramos dos adolescentes desbordados por la urgencia. Éramos dos personas con heridas y responsabilidades, construyendo algo desde los escombros de lo que habíamos perdido. Cada sonrisa, cada palabra intercambiada, cada silencio cómodo, era un ladrillo colocado con cuidado. La prisa podría hacerlo derrumbar.
Una tarde, mi madre me escribió una carta larga. Hablaba de la tienda, de mi padre, de cómo el invierno había sido tranquilo pero extraño sin mí. Al final, en su letra pulcra, escribió: «El amor, Ad, no es siempre un huracán. A veces es el clima constante que permite que las cosas crezcan. Me alegra saber que estás aprendiendo a apreciar el clima, no solo a esperar la tormenta o el sol.» Ella, desde la distancia, lo entendía. Había visto la tormenta con los Darnley, el sol cegador de mi enamoramiento inicial, y ahora intuía la calma templada en la que me movía.
El momento más revelador, sin embargo, no fue uno compartido con Elara. Fue uno solo. Estaba en mi buhardilla, trabajando en el proyecto final del año: un vestido que debía sintetizar todo lo aprendido. Tenía delante el retal azul, el encaje, un trozo de la lana teñida en índigo. Materiales cargados de historia. Pero por primera vez, no quería hablar del pasado. Quería hablar del ahora.
Inspirado por los momentos robados, por la luz en el charco y el peso compartido de un lienzo bajo la lluvia, empecé a crear algo nuevo. Usé el azul lavado, pero lo combiné con una gasa de algodón sin teñir, casi transparente, que recordaba la niebla matinal. El encaje manchado lo deshilaché y lo entretejí con hilos de plata, no para limpiarlo, sino para mostrar que la fragilidad podía ser reforzada, convertida en un nuevo tipo de fuerza. La silueta era fluida, cómoda, hecha para moverse, para caminar bajo la lluvia o sentarse en una biblioteca. No era un archivo ni un caparazón. Era un vestido para habitar.