El vestido para habitar seguía colgado en mi buhardilla, un testamento silencioso de mi transformación. El final del año académico se acercaba, trayendo consigo una mezcla de vértigo y nostalgia. Mi vida en la ciudad tenía ahora un ritmo reconocible, un mapa emocional donde Elara era un punto cardinal, no el único, pero sí el que daba sentido a la brújula.
Una tarde, mientras Clara y yo revisábamos nuestros portafolios finales en un café, ella soltó la pregunta como quien arroja una piedra a un estanque tranquilo, solo para ver las ondas.
—Entonces, ¿vosotros dos estáis juntos? —preguntó, sin levantar la vista de una muestra de bordado.
La pregunta me tomó por sorpresa. “Juntos”. La palabra sonaba a una categoría definida, a un estatus. Era la pregunta que mi yo del pasado, el de la tienda familiar, se habría hecho con ansiedad. Ahora, me encontró desprevenido.
—No… no de la manera en que creo que te refieres —respondí, buscando las palabras.
—¿Pero sois algo? —insistió Clara, finalmente mirándome con curiosidad franca.
Era la pregunta que, en el fondo, me había estado haciendo a mí mismo durante semanas. ¿Enamorados? La palabra “enamorados” evocaba el vértigo inicial, las mariposas, el deseo de fusión total. Lo que yo sentía por Elara ahora era distinto. Más profundo, menos centelleante. Era como comparar el primer brote verde de la primavera con las raíces sólidas y entrelazadas de un árbol viejo.
—Es complicado —dije, y fue un cliché, pero también la única verdad útil.
Clara sonrió con sarcasmo.
—Siempre lo es. Pero tú, Adam, que eres capaz de diseccionar un sentimiento y convertirlo en tres capas de tela y una puntada francesa, debes tener alguna teoría.
Su comentario me hizo reír, pero también me dio en el blanco. Era cierto. Había pasado meses diseccionando, analizando, transformando. Pero la esencia de lo que era nosotros seguía eludiendo una definición clara.
Decidí hacer lo único que se me daba bien: tratar de materializar la pregunta. No para responderla, sino para contemplarla.
Durante los días siguientes, en lugar de trabajar en proyectos académicos, me dediqué a una pieza privada, íntima. Usé un pequeño telar de mano y tejí una tela muy simple, casi burda, con hilos de distintos materiales: lana cruda (la verdad), seda torcida (la belleza enredada), hilo metálico (la resistencia), y un hilo transparente, casi invisible (la conexión intangible). No tejí una forma, solo un cuadrado texturado, un campo táctil.
Luego, tomé dos pequeñas piezas de arcilla de modelar. Con mucho cuidado, esculpí dos figurillas mínimas, abstractas. No eran rostros ni cuerpos definidos. Eran solo dos formas erguidas, cada una con una leve inclinación hacia la otra, pero sin tocarse. En una, incrusté una cuenta diminuta de vidrio azul. En la otra, una chispa de mica dorada.
Coloqué las dos figurillas sobre el tejido, separadas por unos centímetros. Entre ellas, tendí un único hilo del color del óxido, tenso pero no tirante. No era un puente firme, sino una línea de comunicación, un potencial. A este pequeño diorama lo llamé, en mi mente, "Estado de la Cuestión".
No era una declaración de amor. Era una pregunta hecha forma: dos entidades separadas pero orientadas la una hacia la otra, conectadas por un hilo frágil pero deliberado, sobre un terreno de experiencias entrelazadas. ¿Era eso estar "enamorados"? ¿Era eso "estar juntos"?
Una noche, invitado a una pequeña reunión de fin de curso en el estudio de un compañero, llevé sin pensarlo demasiado la caja de haya que contenía mi "Estado de la Cuestión". No era para mostrarlo. Era mi talismán personal. Pero Clara, con su radar infalible, me vio guardándola al llegar.
—¿Nuevo misterio? —preguntó en voz baja.
—Una pregunta sin respuesta —le confesé.
El estudio estaba lleno de gente, vino barato y la euforia nerviosa de los que están a punto de enfrentarse a un vacío de verano. En un rincón, alguien había puesto música de gramófono, un vals antiguo y arañado. De repente, entre la multitud, vi a Elara.
No había sido invitada. Había venido con la hermana de un estudiante de escultura, a quien debía conocer de alguna galería. Llevaba un vestido sencillo de color verde musgo, y parecía un poco fuera de lugar, como una planta de bosque en un invernadero. Nuestras miradas se encontraron a través de la habitación, y en sus ojos vi el mismo reconocimiento sorprendido y sereno de siempre.
La multiedad nos separaba. No me acerqué de inmediato. La observé mientras hablaba con un par de personas, con esa sonrisa cortés pero distante que había perfeccionado. Me recordó a cuando la vi por primera vez en la tienda, rodeada de su familia, observando los vestidos con una mezcla de anhelo y resignación. Pero ahora ya no había resignación. Había una quietud segura.
Finalmente, el grupo a su alrededor se dispersó. Me acerqué. El vals seguía sonando, un ritmo obsoleto pero persistente.
—No te imaginaba aquí —dije.
—A mí tampoco —respondió ella, con un destello de humor en la mirada—. Pero a veces es bueno salir del estudio. Ver… gente.
La música llenó el breve silencio. El vals era tentador, una invitación arcaica a un ritual de cercanía.