El verano cayó sobre la ciudad como una manta pesada y húmeda. La escuela cerró sus puertas, y el éxodo estudiantil dejó las calles más tranquilas, pero también más extrañas. Mi rutina cambió: menos horas en las aulas, más en trabajos ocasionales para pagar la buhardilla, y largas tardes de luz en las que el tiempo parecía expandirse y contraerse a voluntad.
Fue en una de esas tardes doradas y perezosas cuando la propuesta llegó. No en un sobre, ni a través de Clara. Llegó en persona.
Elara estaba sentada en los escalones de piedra frente a mi casa de huéspedes cuando volví de repartir encargos para una sastrería de lujo que me había tomado como ayudante ocasional. Llevaba un vestido de lienzo claro y un sombrero de paja ancho que le daba un aire de viajera de otra época. A su lado, apoyado contra la pared, había un portafolios de artista rectangular y grueso.
—Hola, Adam —dijo, alzándose al verme. Su tono era casual, pero había una tensión contenida en sus hombros.
—Elara. Es una sorpresa —respondí, intentando que mi voz no delatara el vuelco de mi estómago. Ella nunca había venido directamente a mi puerta.
—¿Tienes un momento? Tengo… algo que discutir.
La invité a subir, algo que nunca había hecho antes. La buhardilla pareció encogerse ante su presencia. Ella se quedó de pie en el centro, su mirada recorriendo los vestidos colgados, el dibujo de las manos, el móvil de vidrio, el “Estado de la Cuestión” aún sobre la mesa. Era la primera vez que ella veía el santuario que había construido alrededor de nuestro diálogo. Sentí una vulnerabilidad extrema, pero también una extraña satisfacción.
—Siéntate, por favor —dije, despejando una silla de pilas de telas.
Ella lo hizo, colocando el portafolios sobre sus rodillas. No parecía nerviosa, sino concentrada, como antes de una presentación importante.
—He recibido una oferta —comenzó, sin preámbulos—. Una galería. No la pequeña de la calle Mercer. Una de verdad, en el distrito de las galerías. Quieren hacer una exposición individual. A finales de otoño.
El aire se me cortó. Era enorme. Era lo que todo artista joven anhelaba.
—Elara, eso es… increíble. Enhorabuena.
Ella asintió, pero no sonrió.
—Gracias. Pero hay una condición. O más bien, una… sugerencia del curador. Cree que mi trabajo, el de los últimos meses, tiene una cualidad dialógica muy fuerte. Que parece conversar con algo, o con alguien. Quiere que la exposición explore eso. Que no sea solo una colección de cuadros, sino una conversación materializada.
Un presentimiento comenzó a formarse en mi mente.
—¿A qué te refieres?
Ella abrió el portafolios. En su interior no había cuadros, sino fotocopias en blanco y negro de mis piezas: el “Archivo de Blackwater”, el “Caparazón del Callejón”, el libro de telas, incluso bocetos del vestido para habitar. Al lado de cada una, había una fotografía de una de sus obras: “La Exiliada”, “La Grieta”, “Huella”, el móvil de vidrio, la acuarela del charco. Vi el dibujo de las manos. Y vi, con un golpe en el pecho, una foto del pequeño óleo de la aguja de luz que ella me había enviado, que ahora colgaba en mi pared.
—Ellos no saben de ti —aclaró rápidamente—. Solo vieron la coherencia temática en mi trabajo, y cuando les hablé de que parte de mi proceso incluía un intercambio con otro artista, se entusiasmaron. Creen que sería potente mostrar ambos lados del diálogo. El hilo y la aguja. La luz y la sombra. La huella y el vestido.
Calló, dejando que las imágenes hablaran por sí solas. En esa mesa, nuestras obras se reflejaban, se respondían, se completaban. Era nuestro viaje entero, documentado no en cartas, sino en tela, pintura, arcilla.
—La propuesta —dijo finalmente, mirándome a los ojos— es una exposición a dos. Sin nombres reales, si no quieres. Podría ser “E. Voss & A. M.”, o incluso pseudónimos. Pero sería nuestro diálogo, abierto al público. Una biografía no autorizada hecha por dos.
La habitación se silenció. Solo el zumbido lejano de la ciudad entraba por la ventana abierta. Lo que ella proponía no era solo una exposición. Era la materialización más radical y pública de lo que éramos. Era sacar nuestra intimidad más profunda, nuestro lenguaje codificado de pérdida, amor y reparación, y ponerlo bajo las luces focales de una galería para que cualquiera lo interpretara, lo criticara, lo consumiera.
—Es… una locura —murmuré.
—Lo sé —admitió ella—. Y es un riesgo enorme. Para mí, para ti. Para lo que tenemos… esto. —Hizo un gesto vago que abarcaba el espacio entre nosotros—. Podría romper el equilibrio. Podría sentirse como una explotación. O podría ser… la forma más honesta de cerrar un círculo y abrir otro.
Me levanté y me acerqué a la ventana, mirando sin ver los tejados. Pensé en mi padre, en la tienda, en el apellido McClain ahora asociado, aunque fuera anónimamente, a un escándalo de siglos atrás. Pensé en la señora Darrow, en Sir Robert. Pensé en la vulnerabilidad de exponer no solo mi arte, sino mi corazón desgarrado y reconstruido.
Pero luego pensé en el vestido para habitar. En las manos que casi se tocaban. En el vals torpe y perfecto. Nuestra historia ya no era solo nuestra. Se había convertido en algo que trascendía a los dos individuos. Era una historia sobre el silencio y la voz, sobre el peso de la herencia y el coraje de construir algo nuevo, sobre la luz que se filtra a través de las grietas. Era una historia que merecía ser contada, no por chismes, sino a través de la belleza y la verdad que habíamos extraído del dolor.