La palabra "apasionante" siempre me había sonado a algo externo: a una aventura novelesca, a un acontecimiento social, a una noticia impactante. Nunca la había asociado al lento y meticuloso trabajo de construcción que había sido mi vida desde que llegué a la ciudad. Hasta ahora.
La propuesta de Elara se instaló en mi mente y no se movió. No era un huésped incómodo, sino un motor que hacía girar todos mis pensamientos con una energía nueva. Decidir si aceptar o no la exposición conjunta ya no era una simple elección profesional; era un acto de definición existencial. ¿Quién era yo? ¿El hijo prudente de los McClain, guardián de la discreción? ¿O el artista que había encontrado su voz en la grieta entre el amor y la pérdida, y que ahora tenía la oportunidad de hacerla resonar más allá de las paredes de su buhardilla?
Pasé tres días en un estado de agitación productiva. No salí apenas. Me encerré con mis telas, mis bocetos, las obras que ya había creado. Las desplegué por el suelo, las colgué de las paredes, las observé no como piezas terminadas, sino como partes de un todo mayor. Vi el viaje que narraban: de la oscuridad del secreto ("El Archivo") a la protección ("El Caparazón"), del diálogo íntimo ("El libro de telas") a la posibilidad de habitar el presente ("El vestido para habitar"). Era una narrativa. Nuestra narrativa.
Y al verla así, completa, sentí una emoción que no era alegría pura, ni orgullo, ni miedo. Era algo más rico, más complejo: una pasión profunda por la verdad de esa historia. Una convicción ardiente de que merecía ser vista, no por morbo, sino porque hablaba de algo universal: la lucha por la autenticidad en un mundo de apariencias, la belleza que nace de las cicatrices, la lentitud salvadora del entendimiento.
Decidí que sí.
Pero no sería una simple cesión de obras. Si íbamos a hacerlo, sería con todo. Con la verdad de nuestros nombres, de nuestros rostros. Sin pseudónimos. Si Elara había dejado de vivir bajo la sombra de los Darnley, yo dejaría de vivir bajo la sombra del miedo al qué dirán. Adam McClain, el sastre. Elara Voss, la pintora. Dos historias entrelazadas por el azar, la adversidad y una elección consciente.
Fui a su estudio sin avisar. Lo encontré en un antiguo almacén reconvertido, compartido con otros artistas. Su espacio era un caos ordenado de telas cubiertas de pintura, frascos de trementina, lienzos a medio terminar y el potente olor a aceite de linaza. Ella estaba de espaldas, trabajando en un cuadro grande, abstracto, de capas y capas de color que parecían geológicas.
—Dije que sí —anuncié desde la puerta.
Ella se volvió, con el pincel en la mano, una mancha de bermellón en la mejilla. No preguntó "¿a qué?". Lo supo al instante. Sus ojos se iluminaron con un fuego que no había visto antes, una mezcla de triunfo, temor y una excitación feroz.
—¿Con nombres? —preguntó, su voz apenas un susurro.
—Con nombres. —confirmé.
Dejó el pincel. Se acercó. No nos abrazamos. Nos quedamos frente a frente, respirando el mismo aire cargado de trementina y posibilidad.
—Será un huracán —advirtió, pero sonreía.
—Ya hemos sobrevivido a uno —recordé—. Podemos surfear este.
A partir de ese momento, todo se aceleró con una velocidad vertiginosa. Lo "apasionante" dejó de ser un adjetivo para convertirse en nuestra realidad cotidiana. Las reuniones con el curador, un hombre joven y de mente aguda llamado Leo, eran tormentas de ideas. Quería no solo colgar las obras, sino crear un recorrido que fuera una experiencia inmersiva. Propuso una sala oscura solo para "El Archivo de Blackwater", con una luz cenital dramática. Quería que el móvil de vidrio de Elara colgara en el centro de la sala, proyectando su luz sobre las obras de ambos. Sugirió que el "Estado de la Cuestión" se mostrara en una vitrina, como un artefacto arqueológico de una civilización de dos personas.
Trabajar codo con codo con Elara en algo tan concreto, tan público, fue una revelación. La vi transformarse. En el estudio, ante el curador, era segura, articulada, defendía sus ideas con una firmeza tranquila. Yo, acostumbrado a la soledad del taller, aprendí de su capacidad para conceptualizar, para hablar del "significado" sin avergonzarme. Éramos un equipo. Complementarios. Donde ella veía atmósfera y emoción, yo veía estructura y narrativa. Juntos, éramos más fuertes.
Pero lo apasionante también tenía sombras. Las noches de insomnio, preguntándome si mi padre vería el catálogo. El momento en que tuvimos que escribir las declaraciones de artista para el folleto. Elara escribió sobre "la luz que persiste en el exilio, y el acto de pintar como forma de cartografía del interior". Yo escribí sobre "la costura como acto de reparación no solo de la tela, sino de la memoria, y el vestido como segunda piel de una historia verdadera".
Leer nuestras palabras una al lado de la otra, impresas en el papel grueso de la maqueta, fue uno de los momentos más intensos de mi vida. Allí estábamos, expuestos. Nuestras almas, traducidas a frases elegantes para que los críticos las diseccionaran.
Una tarde, mientras supervisábamos la construcción de los muros falsos para la exposición, Elara me tocó el brazo.
—¿Estás asustado? —preguntó en voz baja.
—Aterrorizado —admití—. Pero es un buen terror. Como estar en la cima de una montaña que tú mismo has escalado.