La Mujer de Vestido Rojo

CAPÍTULO 22 | ¿Curiosidad?

La noche previa a la inauguración fue larga y casi insomne. No por nervios, sino por una especie de vigilia solemne, como si estuviera de guardia ante el nacimiento de algo. Al amanecer, con los primeros rayos filtrándose por la ventana de la buhardilla, un sentimiento extraño se apoderó de mí. No era ansiedad por la crítica, ni emoción por el reconocimiento. Era algo más simple, más primario: curiosidad.

Me vestí con cuidado, no con el traje más elegante que tenía, sino con uno que yo mismo había confeccionado durante el verano: una chaqueta de lana fina, color gris topo, con un forro hecho del mismo retal azul lavado. Llevaba puesta mi historia. Mi armadura era mi verdad.

La galería, a media mañana, era un templo en silencio. Los focos estaban encendidos, bañando cada obra con una luz clínica y reverencial. El aire olía a pintura fresca, a madera nueva y a ese vacío cargado que precede a un estreno. Caminé solo por el recorrido que habíamos diseñado.

Allí estaba todo. El viaje completo. Al principio, la oscuridad y la acusación: mi "Archivo" y su "Grieta" frente a frente, un diálogo mudo sobre secretos y rupturas. Luego, la protección y la contemplación: mi "Caparazón del Callejón" junto a sus paisajes abstractos de raíces y sombras. En el centro, el corazón de la exposición: el intercambio. El móvil de vidrio de ella colgaba del techo, y a su alrededor, en vitrinas y peanas, nuestros "mensajes": el libro de telas, la acuarela del charco, el pequeño óleo de la aguja de luz, el diorama de arcilla. Eran como reliquias de una religión privada, ahora expuestas al escrutinio público.

Finalmente, la sección final: la integración. Mi “Vestido para Habitar”, fluido y sereno, estaba iluminado de tal forma que parecía respirar. Frente a él, el último cuadro de Elara, uno que no había visto hasta ahora. Se titulaba “Geografía Nueva”. Era un mapa abstracto de colores tierras y azules suaves, atravesado por finas líneas doradas que no se cortaban, sino que se entrelazaban formando un patrón nuevo, una red. No era un mapa de un lugar, sino de una posibilidad.

De un territorio creado a partir de dos trayectos que deciden converger.

Me quedé frente a ese último cuadro, la curiosidad ardiendo en mi pecho. ¿Qué verían los demás? ¿Los críticos buscarían teorías rebuscadas? ¿Los chismosos buscarían el escándalo entre líneas? ¿Los amantes del arte verían solo técnica y composición? ¿Y los que habían amado y perdido… reconocerían el eco de su propio corazón?

Elara llegó poco después. Venía de su estudio, con las manos manchadas de un último retoque. Su vestido era sencillo, de un color arena. Parecía tranquila, pero sus ojos brillaban con la misma curiosidad intensa que yo sentía.

—¿Listo? —preguntó, su voz un eco en la sala vacía.

—Para lo que sea que esto sea —respondí.

Nos miramos, y en ese instante, la curiosidad se volvió compartida. No éramos solo los artistas. Éramos también los primeros espectadores de nuestra propia historia, contada a escala monumental. Y queríamos saber, con el anhelo de un científico ante un experimento crucial, cómo resonaría en el mundo.

La inauguración comenzó a las seis. Las luces se suavizaron, el champán fluyó y la galería se llenó de un murmullo creciente. La gente llegó: compañeros de la escuela, otros artistas, coleccionistas, críticos con sus libretas, curiosos. Leo, el curador, nos presentó con palabras elocuentes sobre "diálogo materializado" y "la intimidad como acto revolucionario". Luego, nos fundimos con la multitud.

Fue una experiencia surrealista. Caminar entre extraños que observaban mis heridas hechas tela, nuestras cartas de amor hechas objeto. Escuchar fragmentos de conversación: "...la tensión entre el lino y el terciopelo es magistral..." "...¿crees que fueron amantes? La historia es palpable..." "...eso no es arte, es terapia..." "...me da escalofríos, es tan honesto..."

No me ofendí. La curiosidad del público era legítima. Ellos no conocían los detalles, solo las formas que esos detalles habían tomado. Y en esas formas, cada uno encontraba su propio reflejo.

En un momento, vi a una mujer de cierta edad detenerse largo rato frente a “El Archivo”. Tenía lágrimas silenciosas en los ojos. Luego se acercó a mí.

—Perdone —dijo con voz temblorosa—. Mi familia… tuvo que vender unas tierras, durante la guerra, de una forma que nunca fue justa. Este… este vestido habla de eso. De la vergüenza que se hereda. Gracias.

Se alejó antes de que pudiera responder. Su comentario no era sobre mi historia, ni sobre la de Elara. Era sobre la suya. Nuestro trabajo había actuado como un espejo. La curiosidad del público había desenterrado sus propias verdades ocultas.

Elara estaba rodeada de gente cerca de su cuadro “Geografía Nueva”. La vi hablar con animación, gesticulando hacia las líneas doradas. Sonreía, no la sonrisa cortés de antes, sino una sonrisa de entusiasmo genuino, de alguien que comparte un descubrimiento.

Clara se me acercó, con dos copas de champán.

—Esto es… increíble, Adam. De verdad. Se siente… vivo.

—Es que lo está —dije, y lo sentía en cada fibra de mi ser.

La noche avanzó, un torbellino de caras, preguntas, miradas que escudriñaban y luego se posaban en mí con un nuevo respeto. No era la fama lo que sentía. Era la validación de haber hecho lo correcto al seguir mi instinto más profundo, por doloroso que fuera.




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