La Mujer de Vestido Rojo

CAPÍTULO 23 | Pureza.

El éxito de la exposición fue un eco que resonó durante semanas, pero no del modo que hubiéramos imaginado. No hubo reseñas mordaces en los periódicos, ni escándalos revividos. En cambio, algo más silencioso y profundo ocurrió. La gente volvía. No las multitudes de la inauguración, sino visitantes solitarios o en parejas que pasaban horas delante de una sola pieza, o que recorrían el espacio completo en un silencio reflexivo. Leo nos dijo que la galería había recibido cartas. Gente que agradecía la «honestidad brutal y sanadora» del trabajo. Una escuela de arte local solicitó una visita guiada para sus estudiantes.

La exposición, lejos de consumirnos, nos había liberado. La historia ya no era un peso que cargar en secreto; era un monumento público que admirar, un testimonio de supervivencia. Y en esa liberación, algo en la dinámica entre Elara y yo destiló, se aclaró, alcanzó una pureza nueva.

La pureza no era la de los comienzos inocentes, aquella atracción bañada en luz de verano y margaritas. Esa pureza se había quebrado, y bien hecho estaba. La pureza que encontrábamos ahora era la de la elección consciente, después de conocer el costo. Era el agua clara que queda al fondo del cántaro una vez que se ha decantado el barro del conflicto, la duda y el miedo.

Nuestros encuentros ya no tenían la carga de lo no dicho, de lo pendiente. Ahora hablábamos con una franqueza desarmante. De los proyectos futuros. De la extrañeza de que algo tan personal resonara con extraños. De nuestras familias. Ella me contó que su padre, desde su nuevo y anónimo trabajo de archivero, había visitado la exposición en secreto y le había escrito una nota diciendo: «Al fin veo la belleza que salió del naufragio. Te quiero, hija.»

Yo le conté que mi madre había escrito, tras ver las fotografías del catálogo que le envié: «Veo la tienda en cada puntada, hijo. Pero también veo el mundo que le has añadido. Es más grande y más bello.»

Una tarde de domingo, con la exposición a punto de clausurar, fuimos a pasear más allá de los límites de la ciudad, hacia donde los edificios dejaban paso a colinas suaves y campos abiertos. Era un día frío y despejado, de un cielo azul pálido y sin nubes. Caminamos sin rumbo fijo, el crujir de nuestras botas sobre la hierba seca el único sonido.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunté en voz alta, no con ansiedad, sino con la curiosidad tranquila de quien tiene un lienzo en blanco delante.

Ella se detuvo, mirando el horizonte.

—No lo sé. Pero por primera vez, el «no saber» no me asusta. Siento que… el terreno es firme. Aunque no vea el camino.

—¿Aún pintarías la luz de la plaza? —pregunté.

—Probablemente —respondió, una sonrisa en los labios—. Pero ahora le añadiría las líneas doradas del mapa nuevo. Porque esa luz ya no es un recuerdo perdido. Es un lugar al que puedo volver, en el arte o… en la vida.

Su respuesta me detuvo. «En la vida.» Era la primera vez que insinuaba, tan abiertamente, un futuro compartido más allá del diálogo artístico.

—La tienda —dije, mirando mis manos, que parecían desnudas sin una aguja o un trozo de tela—. He estado pensando… mi padre no es joven. La necesita. Y yo… la necesito también, pero no de la misma manera. Quizá pueda ser algo más. Un taller, una galería pequeña, un lugar donde lo tradicional y lo nuevo conversen. Como hemos hecho nosotros.

Ella me miró, y en sus ojos vi no sorpresa, sino una confirmación.

—Sería lógico. —asintió—. Un lugar donde el «Archivo» y el «Vestido para Habitar» pudieran coexistir. Donde la aguja y el pincel tuvieran un estudio contiguo.

No era una propuesta. Era una visualización. Un sueño dicho en voz alta, dejando que el viento frío lo probara, para ver si resistía. Y resistía. Creaba calor.

—¿Te gustaría eso? —pregunté, conteniendo la respiración.

No era una pregunta sobre un futuro lejano e hipotético. Era sobre el próximo paso.

Ella no respondió de inmediato. Tomó mi mano, no con el gesto tímido del vals, sino con una firmeza serena. Sus dedos, fríos por el aire, se entrelazaron con los míos. Fue un contacto simple, directo, sin el peso del simbolismo artístico. Solo piel con piel. Una decisión.

—Adam —dijo, su voz clara en la quietud del campo—, he pasado años huyendo de un apellido, de una historia. Pintando desde el exilio. La pureza que encuentro contigo… no es la de huir, sino la de echar raíces en un terreno verdadero, incluso si ese terreno tiene las cicatrices de lo que pasó. Tu tienda, tu familia, tu ciudad… son parte de tu verdad. Y si son parte de tu verdad, quiero conocerlas. No como la chica problemática, sino como la mujer que pinta la luz que hay allí.

El sol, bajo en el cielo, nos envolvía en una luz dorada y oblicua, largas sombras a nuestras espaldas. En ese momento, no hubo necesidad de más palabras. No hubo beso dramático, ni promesas grandilocuentes. El entrelazarse de nuestras manos, el futuro visualizado juntos bajo el cielo abierto, era la declaración más pura y potente posible.

La pureza, comprendí, no era ausencia de complejidad. Era la claridad con la que se veía a través de ella. Era la elección de construir con los materiales que tenías, rotos e imperfectos, y encontrar en su ensamblaje una belleza más resistente y verdadera que cualquier perfección intacta.




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