El tren de regreso a casa olía a vapor, a humedad de abrigos y a ese silencio peculiar de los viajes largos. Elara dormía con la cabeza apoyada en mi hombro, su respiración creando una leve nube de vaho en el cristal frío. Fuera, el paisaje gris del final del invierno desfilaba a toda velocidad: campos dormidos, pueblos que eran solo un parpadeo, bosques de ramas desnudas como tinta salpicada sobre el cielo plomizo.
Dejaba atrás la ciudad, la escuela, la buhardilla, la exposición que había cambiado todo. Pero no era una huida. Era un regreso.
Un regreso transformado. En el equipaje, además de nuestras maletas, llevábamos el catálogo con las páginas en blanco, el óleo de la aguja de luz cuidadosamente envuelto, y una carpeta con bocetos y telas para lo que sería nuestro próximo proyecto, aún sin nombre.
Un proyecto que ya no necesitaría galerías.
Mientras Elara dormía, repasé las razones. No las que me había dado a mí mismo cuando tomé la decisión, sino las más profundas, las que solo ahora, con la distancia física y emocional del viaje, podía nombrar con claridad.
La primera razón era la tela. No en sentido metafórico, sino literal. Extrañaba el olor a lana nueva y a cera de abejas, el peso de las tijeras en la mano, el sonido del hilo al tensarse. Extrañaba el taller de mis padres, ese universo ordenado donde cada objeto tenía su propósito y su historia. Mi aprendizaje en la ciudad me había dado herramientas, lenguaje, perspectiva. Pero el oficio, el verdadero oficio, vivía en los dedos de mi madre y en la mirada precisa de mi padre. Necesitaba volver a esa fuente, no como aprendiz, sino como un artesano que regresa al taller maestro con nuevas técnicas para incorporar al canon familiar. Quería que el lino crudo y el terciopelo desteñido dialogaran con las sedas perfectas de mi madre. Quería que el «Archivo» colgara, no en una galería blanca, sino en la trastienda, junto al primer vestido que ella cosió.
La segunda razón era Elara. No como musa o compañera de aventuras artísticas, sino como compañera de vida. En la ciudad, éramos dos islas conectadas por un puente. Ahora queríamos ser un archipiélago, un pequeño grupo de tierras firmes que compartían el mismo mar. La casa de mis padres, la tienda, tenía espacio. Espacio para un estudio donde ella pudiera pintar la luz de la plaza sin melancolía, sino con la propiedad de quien pertenece. Donde el olor a trementina se mezclara con el del café de mi madre y las discusiones sobre proveedores con mi padre. Queríamos construir algo cotidiano, algo que no necesitara ser explicado en catálogos. Una vida compartida, con sus rutinas y sus sorpresas, anclada en un lugar real.
La tercera razón era la reparación. No solo la de nuestras propias historias, sino la de un desgarro que sentía en mi familia. Mi partida, mi desafío a los Darnley, mi elección por Elara… todo eso había abierto una grieta entre mi padre y yo. Una grieta de respeto, quizá, pero una grieta al fin. Yo no quería heredar la tienda por deber o por decreto.
Quería ganármela. Quería demostrarle, puntada a puntada, proyecto a proyecto, que lo que había aprendido lejos no era una amenaza a su legado, sino su salvación, su renovación. Quería que viera que el amor no era una debilidad que manchaba la reputación, sino la fuerza que podía tejer una tela más fuerte y hermosa.
Regresar era mi oportunidad de cerrar esa grieta, de reparar el tejido familiar con los hilos nuevos de mi experiencia.
La cuarta razón, la más simple y poderosa, era la luz. La luz de la tarde en la plaza. No la idealizada de los recuerdos, sino la real, la que cambiaba con las estaciones, la que se filtraba entre los árboles del parque y se reflejaba en los cristales de la librería. Era la luz que Elara había pintado en el exilio y que yo añoraba en la niebla de la ciudad. Quería vivir bajo esa luz. Quería ver cómo bañaba el rostro de Elara mientras pintaba en un estudio lleno de plantas, cómo iluminaba las canas de mi padre mientras revisaba un patrón, cómo doraba el pelo de mi madre mientras cosía. Era una luz que conocía, que tenía memoria, y en la que quería envejecer.
El tren frenó suavemente en una estación, y Elara se despertó. Sus ojos, al abrirse y encontrarme, se suavizaron con una ternura que ya no me sorprendía, pero que nunca dejaba de conmoverme.
—¿Dónde estamos? —murmuró, su voz ronca de sueño.
—A una hora de casa. —respondí.
Ella se enderezó, estirándose, y miró por la ventana el pueblo que pasaba lentamente.
—¿Estás nervioso? —preguntó.
—No. —dije, y era verdad—. Estoy… listo. Por primera vez, estoy completamente listo.
Ella tomó mi mano. No necesitó preguntar por qué. Había escuchado mis razones en las noches de conversación en la buhardilla, las había visto en mi determinación al empacar, las sentía en la firmeza de mi agarre.
—Las razones. —dijo. —son buenas. Sólidas. Como los cimientos de una casa.
—No son solo mías —recordé—. Son nuestras. Tu estudio, tu luz.
—Nuestra luz. —corrigió ella.
El tren arrancó de nuevo, ganando velocidad. El paisaje empezó a ser más familiar. Reconocí una granja, un puente de piedra, la silueta de las colinas al fondo. Mi corazón latía con un ritmo calmado y alegre, el de quien se acerca a un puerto seguro después de una larga navegación.