La Mujer de Vestido Rojo

CAPÍTULO 25 | ¿Arriesgada decisión o simple temor?

La estación de mi ciudad era un vestíbulo pequeño y familiar que olía a carbón y a lluvia antigua. Al bajar del tren, el aire frío nos golpeó, pero llevaba en su seno un rastro de salitre y de tierra mojada del río que me trajo una oleada de nostalgia tan intensa que me detuve un instante, respirando hondo. Elara se quedó a mi lado, observando el andén casi vacío, el reloj de pared con su tictac sonoro, el cartero que nos saludó con una inclinación de cabeza curiosa. Todo era más pequeño, más lento, más conocido de lo que recordaba.

Cargamos nuestras maletas y empezamos a caminar. No hablamos. Cada paso hacia el centro era un latido más fuerte en mis oídos. ¿Qué encontraría? ¿La tienda igual, inmutable, como un reproche a mi aventura? ¿O habría cambiado, envejecido en mi ausencia? ¿Y mis padres? La última vez que los vi, había una grieta de desaprobación silenciosa en los ojos de mi padre y una preocupación contenida en los de mi madre.

Al doblar la esquina hacia la plaza, el corazón se me encogió. Allí estaba. «McClain: Sastres y Modistas desde 1890». El letrero de hierro forjado, las ventanas ovaladas, el cristal limpio que reflejaba el cielo gris. Parecía un cuadro detenido en el tiempo. Y frente a la librería «El Pórtico de Papel», ahora con un nuevo escaparate de libros de viajes, una figura familiar barría la entrada. Era la señora Braithwaite. Alzó la vista, sus gafas reflejando la luz, y al reconocernos —o más bien, al reconocerme a mí acompañado de Elara—, su expresión se congeló en una mezcla de sorpresa y de un juicio rápido y silencioso.

La decisión de regresar, que en el tren había parecido tan sólida y razonada, se sintió de pronto como un precipicio. ¿Había sido una decisión arriesgada pero valiente, o simplemente el temor a lo desconocido, la retirada cobarde a la comodidad de lo familiar? ¿Estaba construyendo un futuro o huyendo del desafío de labrarme uno completamente nuevo en la ciudad?

Elara debió de sentir mi tensión. Su mano encontró la mía, firme.

—Respira, Adam —susurró—. Es solo una puerta.

Era solo una puerta. Pero detrás de ella estaba mi pasado, mi herencia, mi juicio pendiente.

Antes de que pudiéramos cruzar la plaza hacia la tienda, la puerta de la librería se abrió y salió la señora Braithwaite, acercándose a nosotros con pasos cortos y decididos. Su boca era una línea fina.

—Joven McClain.

—Buenas tardes, señora Braithwaite —dije, forzando una cortesía que no sentía.

—Y traes compañía. —añadió, sus ojos escrutando a Elara con una curiosidad que no intentaba disimular—. La familia Voss, ¿no es así?

El uso del presente, «es», no del pasado, «era», fue deliberado. Un recordatorio de que las etiquetas, aquí, perduraban.

—Sí —respondió Elara, con una voz clara y serena que me sorprendió—. Elara Voss. Encantada de verla de nuevo.

La anciana librera pareció desconcertada por su firmeza. Asintió, una sola vez.

—Supongo que las cosas… se calmaron, entonces.

—Las cosas se transformaron —corrigió Elara suavemente—. No es lo mismo.

La señora Braithwaite me miró a mí, como buscando confirmación o tal vez un asomo de la duda que ella creía que debía acompañarme. Pero yo, sosteniendo la mirada de Elara, sentí cómo el temor se disipaba, reemplazado por una certeza profunda.

No estaba huyendo. Estaba eligiendo.

Con todas las consecuencias.

—Bueno —dijo la anciana, alzando una ceja—. Será interesante ver qué cosechas con esa… transformación. Buenos días.

Se dio la vuelta y regresó a su librería. El primer obstáculo, el primer juicio, había sido superado. No con un triunfo, sino con una simple afirmación de presencia.

Nos quedamos solos en medio de la plaza vacía. El viento silbaba entre los edificios. Miré la puerta de la tienda. El letrero de «Cerrado» por el almuerzo colgaba en el interior.

—¿Listo? —preguntó Elara.

Esta vez, fui yo quien apretó su mano.

—Sí.

Abrí la puerta. El tintineo de la campanita fue un sonbrevido que me atravesó el alma. El interior olía exactamente igual: a tela, a madera pulida, a limpieza. La luz, tenue por el día nublado, iluminaba los maniquíes con vestidos de invierno y las vitrinas relucientes.

Desde la trastienda, se oyó un movimiento. Luego, mi madre apareció en el umbral. Llevaba su delantal de trabajo y unas tijeras colgando de un cordel al cuello. Al verme, se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron, se humedecieron. Una sonrisa temblorosa se dibujó en sus labios.

—Ad —susurró. Fue solo una sílaba, pero contenía todos los días de mi ausencia.

—Hola, madre —dije, y mi voz se quebró.

Ella cruzó la distancia en unos pasos y me abrazó con una fuerza que me sorprendió. Luego, se separó, secándose los ojos con el dorso de la mano, y miró a Elara, que esperaba discretamente un paso atrás.

—Elara —dijo mi madre, y su tono fue cálido, directo, sin reservas—. Qué bien verte. La luz de la plaza te sienta.

Fue el recibimiento más perfecto que podía imaginar. Reconocimiento, aceptación, y un guiño a nuestro lenguaje secreto de luz. Elara sonrió, genuinamente conmovida.




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