La Mujer de Vestido Rojo

CAPÍTULO 26 | Decidido en todo hasta… ¿en el compromiso?

El cuarto con ventana norte resultó ser más que suficiente. Elara lo transformó en cuestión de días: telas sueltas cubrieron las paredes desnudas, un caballete improvisado con una puerta vieja se instaló junto a la ventana, y el olor a trementina y óleo comenzó a mezclarse, subiendo por la escalera, con el aroma a café y a plancha caliente del piso de abajo. Era una fusión extraña y hermosa.

Mi reincorporación a la tienda fue gradual pero firme. Mi padre, fiel a su estilo, no hizo grandes discursos. Me asignó tareas concretas: reorganizar el almacén según mi «nuevo sistema» (que él en el fondo encontraba lógico, aunque se quejara), encargarme de la correspondencia con algunos proveedores más modernos que yo había conocido en la ciudad, y, lo más significativo, dejar que atendiera a clientas más jóvenes, aquellas que buscaban algo «diferente» pero sin alejarse de la calidad McClain.

Fue con una de esas clientas, la hija del director del banco, que el primer diseño completamente mío vio la luz. Quería un vestido para su graduación universitaria, algo que «no pareciera sacado del armario de su madre». Trabajé con una seda duquesa color malva, pero en lugar de un corte tradicional, propuse una silueta drapeada y asimétrica, inspirada en las líneas fluidas de mi «Vestido para Habitar». Mi madre supervisó cada puntada, corrigiendo con suavidad, añadiendo su magia en los acabados. Cuando la joven lo probó, su rostro se iluminó de una manera que no había visto antes en nuestra clientela.

No era solo aprobación; era identificación. Mi padre, que observaba desde el umbral, asintió una sola vez. Era el visto bueno más elocuente que había recibido.

La vida adquirió un nuevo ritmo, uno que combinaba la tradición meticulosa del taller con la energía creativa que Elara y yo habíamos traído. Por las mañanas, el sonido de las tijeras y la máquina de coser; por las tardes, a menudo, el silencio concentrado de su pincel sobre el lienzo. Por las noches, los cuatro compartíamos la cena en la cocina grande de la casa. Al principio fueron conversaciones cautelosas, pero pronto el respeto mutuo abrió paso a la familiaridad. Mi padre le preguntaba a Elara sobre técnicas de pintura; ella le preguntaba sobre la historia de ciertos tejidos.

Mi madre encontraba en ella una aliada para suavizar las aristas de mi padre y para traer nuevas flores al jardín trasero.

Había decidido todo: mi regreso, mi lugar en el negocio, mi vida con Elara bajo el mismo techo que mi familia. Había trazado un mapa y estaba caminando por él, paso a paso, con una determinación que me sorprendía a mí mismo.

Hasta que una tarde, mientras ayudaba a Elara a limpiar sus pinceles, una pregunta se posó en mi mente con el peso suave de una pluma, pero con la fuerza de una roca: ¿Y el compromiso?

No me refiero al compromiso laboral o familiar. Hablo de ese compromiso. El que se sella con un anillo, con una promesa pública, con un «sí, para siempre» ante testigos. El paso lógico, el siguiente capítulo en la historia que todo el mundo esperaría. ¿Lo estábamos nosotros?

La pregunta me turbó porque, por primera vez, no tenía una respuesta clara. Todo lo demás había sido una elección activa, una lucha, una conquista. Pero esto… ¿era algo que también debía ser decidido, planificado, o era algo que simplemente ocurriría cuando el momento fuera el adecuado?

Observé a Elara mientras frotaba un pincel cubierto de azul cobalto con un trapo manchado. Estaba absorta, un mechón de pelo cayéndole sobre la frente, la lengua asomando levemente entre los labios en un gesto de concentración infantil. La amaba. No con la urgencia febril del principio, sino con una certeza profunda y calmada, como saber que el sol saldrá por la mañana. Ella era mi compañera, mi cómplice, mi hogar.

¿Necesitábamos un anillo, una ceremonia, para ratificar lo que ya era tan evidente en cada mirada, en cada silencio compartido, en cada proyecto conjunto?

Pero luego pensé en mi madre. En la forma en que aún miraba a mi padre cuando creía que nadie la veía, con un amor que había resistido décadas de trabajo duro y preocupaciones. En el anillo sencillo de oro que ella llevaba, que había sido el de su madre. Ese símbolo, para ellos, no era una formalidad. Era un testimonio.

Una declaración de intenciones ante el mundo y ante ellos mismos.

Una semana después, mientras paseábamos por el río al atardecer, decidí abordarlo. No como una propuesta, sino como una pregunta abierta.

—¿Alguna vez piensas en ello? —pregunté, mirando el agua que fluía lenta y oscura.

—¿En qué? —preguntó ella, recogiendo una piedra lisa.

—En el matrimonio. En… formalizar esto.

Ella dejó caer la piedra, observando los círculos concéntricos que se expandían.

—A veces —dijo, su voz pensativa—. Pero no como un fin. Más como… una puntada final en un bordado. No es lo que le da sentido al dibujo, pero lo remata, lo completa, lo protege de que se deshilache.

Su analogía me resonó profundamente. Era exactamente eso. Nuestro amor ya era un bordado complejo y hermoso, tejido con hilos de dolor, esperanza, arte y cotidianidad.

El matrimonio sería la puntada final, la que asegura que todo el trabajo, todo el camino recorrido, permanezca unido.

—Pero —continuó ella, volviéndose hacia mí—, también pienso que algunas puntadas finales se dan demasiado pronto, y el bordado se encoge o se deforma. Otras se dan cuando la tela está lista, cuando ha pasado por todas las tensiones y se ha asentado en su forma verdadera.




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