La primavera llegó de puntillas, luego con un estallido de verde y flores en los jardines de la plaza. La tienda McClain respiraba con un ritmo nuevo, una vitalidad que mi padre, a regañadientes, atribuía a «ciertas influencias modernas», pero que una sonrisa casi imperceptible delataba que disfrutaba. El escaparate lateral se transformó en «El Estudio», un pequeño espacio iluminado donde rotaban piezas: a veces, los diseños más atrevidos que yo creaba; otras, una selección de los cuadros más serenos de Elara, aquellos que capturaban la luz cambiante sobre la tienda o el río. No se vendía mucho allí, pero se conversaba. La gente se detenía, miraba, preguntaba. Se había convertido en el corazón cultural no oficial de la plaza, y la señora Braithwaite, desde su librería, observaba con una curiosidad que había dejado de ser hostil para convertirse en respetuosa.
Una tarde de abril, mientras yo ayudaba a mi madre a cortar el patrón para un traje de novia (una clienta joven, hija de un granjero, que quería algo «simple pero que brille como el sol»), y Elara trabajaba en un gran lienzo para el salón del nuevo hotel de la ciudad, sonó la campanita de la puerta con un tintineo más enérgico de lo habitual.
Era Sir Robert Darnley.
No llevaba librea ni bastón de puño de plata. Venía solo, con un sobretodo sencillo y un aire cansado. Su presencia, sin embargo, llenó de inmediato la tienda de una tensión eléctrica, como si una corriente de aire helado hubiera entrado con él. Mi madre dejó las tijeras en la mesa. Elara, en lo alto de la escalera, se detuvo, el pincel suspendido en el aire.
Mi padre salió de la trastienda. Al ver al visitante, su expresión se endureció, pero no mostró sorpresa. Parecía haber estado esperando este momento.
—Sir Robert —dijo mi padre, con una cortesía perfecta y glacial—. ¿En qué podemos servirle?
Sir Robert no miró los vestidos. Su mirada, esos ojos azules pálidos que antes me habían escrutado con desdén, recorrió la tienda, deteniéndose en el escaparate de «El Estudio», donde colgaba un pequeño óleo de Elara: un jarrón con margaritas silvestres sobre el mostrador de la tienda, bañado por la luz de la mañana.
Luego, se giró hacia mí.
—Joven McClain. He oído que su… colaboración artística fue un éxito en la ciudad.
—Así fue. —confirmé, manteniendo la voz neutra.
—Y veo que las cosas aquí… florecen. —continuó, con un gesto que abarcaba el espacio renovado.
—Trabajamos damente, Sir Robert —intervino mi padre, colocándose ligeramente entre el noble y yo—. Como siempre.
Sir Robert asintió, lentamente. Luego, hizo algo inesperado. Se dirigió a la escalera y miró hacia arriba, a Elara, que seguía inmóvil.
—Señorita Voss. Le quiero dar mis más sinceras felicitaciones por su talento. Su padre… debe sentirse muy orgulloso.
El silencio fue absoluto. El uso del presente, «debe sentirse», fue un reconocimiento tácito de que el profesor Voss no era un paria, sino un padre con una hija talentosa. Era lo más cerca de una disculpa que saldría de sus labios.
Elara bajó la escalera con calma. Se plantó frente a él, sin arrogancia, pero sin bajar la mirada.
—Gracias a usted, Sir Robert. Mi padre encuentra su orgullo en el trabajo bien hecho. Como todos nosotros.
Una sonrisa extraña, casi una mueca, se dibujó en los labios del viejo noble.
—Sí. El trabajo bien hecho. Algo que siempre he… valorado en los McClain. —Hizo una pausa. El aire parecía vibrar—. Vine, en realidad, por un asunto de… reparación.
Todos intercambiamos miradas. ¿Reparación?
—El abrigo de mi esposa —aclaró, señalando un antiguo abrigo de terciopelo granate que mi madre había hecho años atrás, y que colgaba en un perchero cerca de la entrada, esperando un ajuste—. El forro de seda se ha desgastado. Necesita ser reemplazado. Solo confío en las manos que lo hicieron originalmente.
Era un encargo menor. Casi insignificante para un hombre de su posición. Pero el simbolismo era abrumador. No venía con una amenaza, ni con una advertencia. Venía con un trabajo.
Con la petición de que arregláramos algo que se había roto.
Un gesto de paz.
O de rendición.
Mi padre fue el primero en reaccionar.
—Por supuesto, Sir Robert. Mi esposa se encargará personalmente. Será un honor.
Sir Robert asintió. Luego, su mirada se posó de nuevo en el óleo de las margaritas.
—Esas flores… crecen de forma silvestre en los límites de mis tierras. Siempre me han parecido… resistentes.
—Son las que más luz guardan —dijo Elara suavemente.
Él la miró, y por un instante, en sus ojos azules y fríos, pareció brillar un destello de algo que pudo ser, hace décadas, melancolía.
—Así parece —murmuró.
Pagó un anticipo generoso por el trabajo, y se marchó con la misma formalidad con la que había entrado.
La campanita tintineó a sus espaldas.
El silencio que dejó no era incómodo, sino atónito.