La Mujer de Vestido Rojo

CAPÍTULO 28 | El día de la boda.

No hubo propuesta formal. No hubo anillo escondido en un pastel o presentado de rodillas. Fue una conversación una tarde de mayo, mientras Elara mezclaba pigmentos azules en su paleta y yo revisaba un envío de lino irlandés.

La luz era dorada y polvorienta, llena de motas que bailaban.

—¿Sabes? —dijo ella, sin levantar la vista—, esa clienta, la hija del granjero. Su vestido «simple que brilla como el sol». Me hizo pensar.

—¿En qué? —pregunté, midiendo la tela con mis ojos de sastre.

—En que nunca he tenido un vestido hecho específicamente para mí. Uno que no fuera prestado, o práctico, o pintado en un lienzo.

La declaración flotó en el aire cálido del estudio. Dejé la tela a un lado.

—¿Te gustaría tener uno?

Ella finalmente alzó la mirada, y en sus ojos había una chispa de esa picardía antigua, mezclada con una ternura nueva.

—Solo si quien lo hace conoce cada historia que ese vestido tendría que contar. Cada pliegue de memoria.

Comprendí. No era un capricho por un vestido nuevo. Era una pregunta. Y la respuesta, para mí, fue instantánea y clara.

—Conozco las historias. —dije—. Y sé la puntada exacta para cada una.

Así se decidió. No como un «¡cásate conmigo!», sino como un «¿te harías un vestido conmigo?». Y su «sí» fue una sonrisa que iluminó la habitación más que el sol de la tarde.

El día de la boda no fue el de una gran ceremonia en la catedral. Fue un sábado de junio, temprano en la mañana, en el jardín trasero de la casa McClain.

Los invitados eran pocos: mis padres, por supuesto; la señora Braithwaite, quien aceptó la invitación con un asentimiento solemne y llegó con un libro de poemas de Emily Dickinson como regalo; Clara, que viajó desde la ciudad y no dejó de sonreír como una niña; y el profesor Alistair Voss, que llegó en tren la noche anterior.

Ver al profesor Voss de nuevo fue emotivo. Era un hombre más encorvado, más gris, pero sus ojos detrás de las gafas tenían una paz que no poseían antes. Abrazó a su hija largamente, y al estrechar mi mano, su apretón fue firme, cargado de un silencioso «gracias» y «cuídala».

El vestido. Ah, el vestido. Había trabajado en él en secreto durante semanas, en las horas tranquilas después del cierre.

No era blanco.

Era del color de la luna sobre el río, un gris plateado muy pálido, hecho con una seda chiffon que parecía hecha de aire y luz.

La inspiración fue su cuadro «Geografía Nueva». El corpiño estaba drapeado y cruzado, evocando los pliegues del lino crudo de nuestro pasado, pero suavizado, elegantemente resuelto. La falda era una cascada de capas de chiffon, tan liviana que se movía con la más mínima brisa. Y bordado con hilo de plata, casi invisible, recorriendo el dobladillo y subiendo por un costado, estaba el patrón de líneas entrelazadas de su cuadro, nuestro mapa personal.

Las mangas eran largas y traslúcidas, terminando en un ligero pico sobre el dorso de sus manos.

No llevaba velo. En su cabello, entre las flores sencillas que mi madre había arreglado, tejí un pequeño fragmento del encaje manchado, ahora limpio y reforzado con hilo de plata, transformado de símbolo de dolor en joya de resiliencia.

Cuando se lo puso en la mañana de la boda, en el cuarto con ventana norte, hubo un silencio que habló más que cualquier lágrima. Ella se miró en el espejo antiguo y sus manos acariciaron la seda plateada, los bordados invisibles.

—Es el vestido de mis cuadros hecho realidad. —susurró—. Es la luz hecha tela.

Yo llevaba un traje simple de lana fina color carbón, con un chaleco forrado con el mismo retal azul lavado del primer encuentro.

En la solapa, una margarita silvestre seca, en un broce minúsculo que Elara había hecho.

La ceremonia fue breve y sencilla. Un juez de paz, amigo de mi padre, ofició bajo el viejo manzano en flor del jardín. No hubo votos escritos por otros.

Cuando nos pidió que dijéramos nuestras propias palabras, Elara habló primero.

—Adam —dijo, tomando mis manos entre las suyas—, me enseñaste que las costuras más fuertes son las que unen lo roto. Que la luz más bella es la que se filtra por las grietas. Prometo ser tu compañera en seguir buscando esa luz, en seguir cosiendo nuestra verdad, puntada a puntada, todos los días que nos queden.

La emoción me cerró la garganta. Cuando pude hablar, dije:

—Elara, tú fuiste la grieta por donde entró la luz en mi vida ordenada. Fuiste el mapa cuando estaba perdido. Prometo ser el terreno firme sobre el que puedas pintar todos tus amaneceres, y el guardián de la quietud en la que floreces.

Intercambiamos anillos. No eran de oro macizo, sino dos bandas sencillas de plata. En el interior de cada una, grabado a mano por el joyero del pueblo bajo nuestro diseño, había una línea continua que formaba, en una, una aguja diminuta, y en la otra, un pincel.

Juntas, las dos bandas completaban el símbolo.

El juez nos declaró marido y mujer. Y entonces, en lugar de un beso tradicional, Elara y yo hicimos algo que habíamos practicado en secreto: tomamos un hilo de plata y uno de oro, y con un movimiento sincronizado, los anudamos juntos en un nudo sencillo pero resistente, ante los testigos.




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