La palabra «casados» no pesó como un ladrillo, ni brilló como un diamante. Se instaló en nuestras vidas con la naturalidad de un mueble bien hecho que siempre había estado destinado a aquel rincón. No cambió nada esencial, y sin embargo, todo tenía ahora un brillo diferente, una sensación de derecho adquirido, de pertenencia mutua ratificada.
Nuestros días adquirieron una cadencia matrimonial. Las mañanas comenzaban con el olor a café de mi madre y el sonido de mi padre abriendo las persianas de la tienda. Elara bajaba, a veces con rastros de óleo en las muñecas, y desayunábamos los cuatro en la cocina, hablando del tiempo, de los encargos del día, de una nueva exposición en la ciudad a la que tal vez podríamos ir.
Mi padre, con el tiempo, empezó a dirigirse a Elara como «hija» en momentos distraídos, y ella le respondía con una sonrisa que iluminaba incluso sus ojos grises.
El taller era ahora nuestro reino compartido. Mi madre había cedido con gusto su mesa de corte principal a mis proyectos más experimentales, mientras ella se dedicaba a la costura fina y a la gestión de las clientas más tradicionales. Mi padre supervisaba el negocio, pero cada vez más me consultaba sobre precios, proveedores, incluso sobre el diseño de una nueva etiqueta para la marca. «McClain & Voss» sonaba bien, sugería, para la línea más moderna.
Elara pintaba en el estudio de arriba, pero a menudo bajaba con sus bocetos, buscando mi opinión sobre un color o una textura que quería trasladar a un vestido que yo diseñaba para una clienta.
Nuestros mundos, el de la aguja y el del pincel, ya no solo dialogaban; colaboraban.
Una de esas colaboraciones dio lugar a nuestra primera colección conjunta. No fue planeada; surgió. Una clienta joven, recién llegada de la ciudad, quería un guardarropa completo «que contara una historia». Elara hizo una serie de acuarelas inspiradas en los elementos: tierra, agua, aire, fuego. Yo traduje esos cuadros en telas y siluetas: un abrigo de lana terrosa con drapeados que recordaban colinas; un vestido de gasa azul que fluía como un río; una blusa de lino blanco con volantes etéreos; y un conjunto de noche en seda roja oscura, cortada como una llama.
La clienta quedó extasiada. Y nosotros descubrimos que crear juntos, no solo sobre nuestro pasado, sino sobre ideas puras, era una alegría nueva y expansiva.
Ser casados también significaba enfrentar las pequeñas fricciones de la convivencia. El desorden controlado de Elara chocaba a veces con mi necesidad de orden práctico. Ella dejaba pinceles en frascos de agua que se olvidaba vaciar; yo tendía a organizar sus tubos de pintura por tonalidad, lo que a ella le rompía su «sistema de caos creativo». Discutíamos por tonterías, con la pasión de quienes saben que el amor no está en juego.
Y siempre, al final, encontrábamos un punto medio: yo le compraba un organizador de madera para sus pinceles, y ella me dejaba una pequeña acuarela de un pincel y una aguja en paz sobre mi mesa, para recordarme la belleza del desorden productivo.
Las noches eran nuestro santuario. Después de cenar, subíamos a nuestra habitación-estudio. A veces, ella pintaba mientras yo leía o trabajaba en bocetos.
Otras, nos sentábamos en el viejo sofá junto a la ventana y hablábamos. De todo. De un artículo sobre una nueva técnica de teñido natural. De la posibilidad de adoptar un gato para el taller (idea que mi padre vetó categóricamente, por el riesgo para las telas). De si, en algún futuro, nos gustaría que ese cuarto con ventana norte tuviera otra cuna además del caballete.
Era una conversación susurrada, cargada de esperanza y de un poco de miedo, pero sobre todo de la maravillosa certeza de que podíamos tenerla.
La sociedad del pueblo, lentamente, nos fue aceptando. La visita de Sir Robert y su encargo había sido la señal definitiva. La señora Darrow, un día, entró en la tienda y, en lugar de un comentario malicioso, preguntó si podíamos hacerle un chal «como el azul del cuadro de la señora McClain-Voss». El uso del apellido compuesto, inventado por ella, fue su peculiar forma de bendición. Incluso el joven dueño del nuevo hotel, donde colgaba el gran cuadro de la plaza, comenzó a enviarnos clientes adineradas que se alojaban allí y preguntaban por los «artistas locales».
Un sábado, meses después de la boda, recibimos una carta con matasellos extranjero. Era de Leo, el curador. Decía que nuestra exposición, «Diálogo», había sido solicitada para una muestra itinerante por varias galerías europeas pequeñas. «No dará dinero —escribió—, pero dará alas. ¿Interesados?»
Lo discutimos esa noche, sentados en el escalón trasero de la casa, mirando las primeras estrellas.
—Sería como mandar a nuestros hijos de viaje —dijo Elara, recostando la cabeza en mi hombro.
—Parte de nosotros ya viajó y volvió —respondí, acariciando su pelo—. Esta parte… puede quedarse aquí, donde echa raíces. Podemos decir que no.
Ella se quedó pensativa.
—Pero las alas… —musitó—. A veces es bueno recordar que las tenemos, aunque elijamos no volar lejos.
Al final, aceptamos. No iríamos nosotros; irían las obras. Era una forma de cerrar ese capítulo con una puerta abierta, de dejar que la historia que habíamos creado siguiera su propio camino en el mundo, mientras nosotros nos quedábamos para escribir la siguiente.