El otoño pintó la plaza de oro y carmesí. La tienda McClain, ahora con una pequeña placa de bronce que decía «& Voss» bajo el nombre original, respiraba con la calma productiva de la temporada. Los encargos de abrigos y vestidos de entretiempo se acumulaban, y el aroma a lana nueva y a canela de la tarta de mi madre flotaba en el aire de la trastienda.
Fue una tarde de esas, con una luz baja y dorada que parecía miel derramándose por el escaparate, cuando la vio.
Yo estaba en el taller, terminando el ajuste de un chaleco de terciopelo para el alcalde, cuando el leve murmullo de voces en la sala de clientes se interrumpió. No fue un silencio incómodo, sino uno de reconocimiento. Como cuando entra alguien que, sin proponérselo, cambia la atmósfera.
Dejé la aguja y salí. Allí, en medio de la sala, iluminada por un rayo de sol que parecía buscarla expresamente, estaba una mujer con un vestido rojo.
No era un rojo cualquiera. Era un rojo intenso, profundo, el color de las amapolas más oscuras o de ciertos vinos tintos.
El vestido era sencillo en su corte: línea recta, manga tres cuartos, cuello cerrado. Pero la tela… era una seda antigua, con un ligero brillo apagado por el tiempo, que hacía que el color no gritara, sino que resonara. Parecía una nota sostenida en el aire silencioso de la tienda.
La mujer tendría unos sesenta años, quizá más. Su cabello, completamente blanco, estaba recogido en un moño severo que acentuaba la fineza de sus facciones. No llevaba joyas. Sus manos, enguantadas en cuero negro, sostenían un bolso antiguo. Pero lo que capturaba la atención eran sus ojos: de un gris tan claro que parecían transparentes, y que examinaban la tienda no con la curiosidad de una clienta, sino con la mirada de un arqueólogo que ha encontrado una ciudad perdida.
Mi madre, que la atendía, parecía un poco desconcertada.
La mujer no estaba mirando los vestidos nuevos. Su mirada se posaba en los detalles: el viejo mostrador de caoba, el espejo ovalado con marco desgastado, la vitrina donde guardábamos algunas herramientas antiguas.
—¿Puedo ayudarla en algo, madam? —pregunté, acercándome.
Ella se volvió hacia mí.
Sus ojos grises me escudriñaron, y por un instante, tuve la extraña sensación de que me estaba midiendo, no por mi aspecto, sino por algo más profundo.
—Usted debe ser Adam McClain —dijo. Su voz era clara, con un dejo de acento que no logré identificar.
—Sí, lo soy. ¿Tenemos una cita?
—No —respondió, y un ligero movimiento de sus labios pudo ser una sonrisa—. Vine por el pasado. O más bien, a devolverlo.
De su bolso, sacó un pequeño paquete envuelto en papel de seda viejo y atado con una cinta de raso descolorida. Lo colocó sobre el mostrador con una reverencia casi ceremonial.
—Esto perteneció a esta tienda. Creo que ha estado ausente demasiado tiempo.
Intercambié una mirada con mi madre. Con cuidado, desaté la cinta y desdoblé el papel. En su interior, había un journal de cuero, pequeño, con las esquinas gastadas. Y dentro de él, presionando las páginas, un trozo de tela.
Un retal del mismo rojo intenso del vestido de la mujer.
Abri el journal por una página al azar. La letra era femenina, elegante, de otra época. Leí un fragmento: «...y el rojo 'Sangre de Fénix', tan caro, finalmente ha dado el tono perfecto. El señor McClain dice que será el vestido que definirá la temporada. Lady Cavendish no aprobará, pero a mí me parece audaz, como la libertad que nunca tendré...»
Miré a la mujer, desconcertado.
—No entiendo. ¿Quién…?
—Mi nombre es Eleanor Darnley. —dijo.
El apellido resonó en la sala como un campanazo.
Mi madre contuvo la respiración. Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Darnley.
—Pero… —tartamudeé.
—No, no soy una pariente directa de Sir Robert —aclaró, como si leyera mi mente—. Al menos, no de la rama principal. Soy… una rama lejana y olvidada. La que se marchó. Hace mucho, mucho tiempo. —Sus ojos recorrieron la tienda—. Mi bisabuela, Eleanor también, era modista. Una modista excepcional. Trabajó aquí, en esta misma tienda, para su bisabuelo, el primer McClain. Este era su diario. Y este —señaló el retal rojo— es el resto del vestido que menciona. El vestido «Sangre de Fénix». Se dice que causó un escándalo. Que una mujer de su posición vistiera un color tan pasional… fue un acto de rebelión. La desheredaron por ello. O eso cuenta la leyenda familiar.
El pasado, que creíamos haber domado, volvía por otra puerta, con un rostro sereno y un vestido rojo. Pero esta vez, no venía con una acusación ni una amenaza. Venía con un regalo. Con una historia de otra mujer valiente, otra historia de amor por la tela y el color, que había sido silenciada.
—¿Por qué nos lo devuelve? —preguntó mi madre, su voz suave pero firme.
Eleanor Darnley (si, es que ese era su verdadero nombre) me miró a mí, luego a Elara, que había bajado silenciosamente al oír la conmoción y observaba desde el umbral.
—Porque he oído historias. De un joven sastre que desafió a un Darnley. De una pintora que transformó el exilio en arte. De una exposición que hablaba de verdades ocultas. —Hizo una pausa—. Cuando supe que esta tienda seguía en pie, y que era regentada por quienes habían tenido el valor de enfrentar a… a mi familia, supe que este diario y este retal no debían seguir escondidos en un ático. Pertenecen aquí. A la luz. Como su exposición llevó a la luz otras verdades.