Han pasado cinco primaveras desde el día de la mujer del vestido rojo. La fórmula del «Sangre de Fénix» descansa en un tarro de cristal en nuestro estudio, junto a otros tintes naturales que Elara y yo experimentamos en los ratos quietos. Aún no hemos usado ese rojo intenso para un encargo. Esperamos al momento adecuado, a la persona adecuada. Alguien que, como aquella primera Eleanor, lleve ese color no como una provocación, sino como una declaración de su verdad más feroz.
La tienda McClain & Voss es un lugar diferente. El escaparate de «El Estudio» ya no es lateral; es el principal. Mi padre, ahora más gris y un poco más lento, pasa la mayor parte de su tiempo en la trastienda, revisando cuentas y enseñando a su nieto los nombres de los tejidos con una paciencia que nunca tuvo conmigo. Sí, su nieto. Leo, de dos años, llamado así no solo por el curador, sino porque significa «león» y porque nació con una energía feroz y curiosa que llena cada rincón de la casa. Tiene los ojos grises de los McClain, pero cuando se concentra jugando con un retal de tela, tiene la misma expresión absorta y soñadora de Elara frente a un lienzo.
Elara pinta menos ahora, pero mejor. Sus cuadros son más grandes, más serenos. Ya no son sobre exilio o grietas, sino sobre raíces y luz domesticada. Su última serie se llama «La Geometría del Hogar»: estudios de la luz en diferentes momentos del día sobre la mesa de la cocina, sobre la cuna de Leo, sobre las tijeras de mi madre abandonadas en un sillón. Son cuadros de una paz profunda, de una belleza cotidiana conquistada a pulso.
Yo he encontrado mi equilibrio entre la tradición y la innovación. Diseño una línea limitada al año, bajo la etiqueta «Archivo Vivo». Son piezas únicas, cada una inspirada en una historia: a veces la nuestra, a veces la de un cliente, a veces la de un personaje anónimo del pueblo cuyo relato nos conmueve. Utilizo técnicas antiguas y telas modernas. El pasado y el presente en diálogo constante. Son caras, y se venden casi siempre a coleccionistas de la ciudad o a mujeres que buscan algo con alma. Mi padre, aunque al principio frunció el ceño, ahora muestra el catálogo a sus amigos con un orgullo mal disimulado.
Sir Robert Darnley falleció el invierno pasado. Murió en silencio, en su villa de la colina. Su hijo, un hombre mucho menos interesado en el pasado que en las nuevas inversiones ferroviarias, vendió la mansión. La compró un grupo de académicos para convertirla en un centro de estudios regionales. Hay rumores de que el primer proyecto será digitalizar y hacer públicos archivos históricos locales, incluyendo los del siglo XVIII. La ironía no se nos escapa. El profesor Voss, desde su retiro, sonríe cada vez que lo mencionamos.
La señora Braithwaite se jubiló. «El Pórtico de Papel» lo lleva ahora una joven sobrina suya que ha instalado una pequeña cafetería en un rincón y organiza clubes de lectura. A veces, Leo y yo vamos los sábados por la mañana. Él mira los libros con imágenes de animales, y yo tomo un café mirando por la ventana hacia nuestra tienda, viendo a Elara o a mi madre mover tras el cristal.
Clara viene a visitarnos a menudo. Abrió su propia galería en la ciudad y siempre está buscando «nuevos talentos del interior». Le gusta decir que nos descubrió a nosotros, y no la corregimos. Es parte de la familia.
Esta tarde, como muchas, estoy en el taller. Leo está «ayudando» a su abuela a clasificar botones por colores (un desastre encantador). Mi padre duerme la siesta en su sillón, un libro de cuentas abierto sobre su regazo. Elara está arriba, terminando un cuadro. El silencio es plácido, roto solo por el susurro de la tela bajo mis manos y el gorjeo de los pájaros en el jardín.
Estoy trabajando en un vestido. No es para un encargo. Es para Elara. Para nuestro décimo aniversario, que será el próximo mes. Es de un color que no existe en ningún catálogo. Es el azul del primer vestido que la vi llevar, mezclado con el gris plateado de su vestido de novia, y atravesado por finísimos hilos del «Sangre de Fénix», casi invisibles, que solo se ven cuando la luz los toca en un ángulo preciso. Es el mapa de nuestra geografía personal, hecho de tela. Un vestido para habitar los próximos años.
Miro por la ventana del taller hacia el jardín. El manzano bajo el que nos casamos está en flor otra vez. Las flores blancas parecen copos de nieve posados sobre las ramas oscuras. Pronto caerán, y darán paso a las hojas verdes, y luego a las manzanas pequeñas y ácidas con las que haremos mermelada.
Hay un proverbio, creo que japonés, que Elara me enseñó una vez: «El árbol que más alto crece es el que tiene las raíces más profundas en la tierra oscura.»
Nuestras raíces son profundas. Están hechas de lino crudo y de secretos guardados, de margaritas silvestres y de cartas de despedida, de óleo y de puntadas de plata, de un rojo audaz y de una luz que se negó a apagarse. Están ancladas en esta tierra, en esta tienda, en esta familia que hemos creado a partir de los retazos de dos historias rotas.
El futuro ya no es un abanico de posibilidades aterradoras. Es la siguiente puntada en este bordado interminable que es nuestra vida juntos. Es el próximo cuadro de Elara, la próxima travesura de Leo, el próximo encargo que desafíe mis habilidades, la próxima taza de té compartida en silencio en la cocina al atardecer.
La campanita de la tienda suena. Es la clienta del chaleco de terciopelo, que viene a recogerlo. Dejo el vestido de aniversario a un lado, cubierto con un paño suave. Me ajusto el chaleco y voy a atenderla.