Antes del silencio
Nadie recuerda el momento exacto en que Virelda aprendió a callar.
No hubo gritos, ni incendios, ni cadáveres en las calles. Solo una transición suave, casi elegante, hacia algo que nadie supo nombrar.
El silencio llegó como llegan las cosas más peligrosas:
despacio.
Primero fueron las preguntas que dejaron de hacerse.
Después, los recuerdos que ya no coincidían.
Finalmente, la certeza incómoda de que hablar tenía consecuencias… aunque nadie pudiera explicar cuáles.
Iria Nocturne lo supo antes de regresar.
Lo sintió en el tren, cuando el paisaje empezó a deformarse apenas, como si la ciudad no quisiera ser observada de frente. Las casas parecían inclinarse hacia dentro, las ventanas oscurecerse al paso del vagón, y una presión invisible le cerró la garganta.
No era miedo.
Era reconocimiento.
Había pasado quince años intentando convencerse de que Virelda era solo un lugar. Un punto geográfico. Una herida cerrada.
Pero las heridas que se sellan mal no sangran… susurran.
Cuando el tren se detuvo, nadie la estaba esperando.
Nadie nunca esperaba a nadie en Virelda.
El aire era distinto allí. Más denso. Como si cada respiración tuviera que ser aprobada por algo que no podía verse. Iria dio el primer paso fuera del andén y, durante un segundo, tuvo la absurda sensación de que la ciudad inhalaba con ella.
—No mires atrás —se dijo.
No recordaba quién le había enseñado esa regla, pero su cuerpo la obedeció antes de que su mente pudiera cuestionarla.
El funeral de su hermana sería al día siguiente.
Un acto breve. Silencioso. Sin discursos.
Así se hacían las cosas en Virelda.
Esa noche, en la habitación de la casa familiar —demasiado intacta, demasiado ordenada— Iria encontró la primera grieta.
Un espejo.
No era especial. No estaba roto ni cubierto de polvo. Pero cuando se acercó, su reflejo tardó un segundo más de lo normal en imitarla.
Un segundo exacto.
Suficiente para entender que algo estaba desfasado.
—Estoy cansada —susurró, aunque no sabía por qué había bajado la voz.
El reflejo no respondió.
Iria se alejó del espejo, con el pulso acelerado, y trató de dormir. El silencio se acomodó a su alrededor como una presencia educada, paciente. No era vacío. Estaba lleno de cosas que no querían ser escuchadas.
Soñó con una habitación blanca.
Con luces demasiado fuertes.
Con una voz que le decía que todo iba a estar bien, siempre que aprendiera a no recordar.
Despertó sudando.
El reloj marcaba las 3:17 a. m.
Durante años había creído que sus pesadillas eran producto del duelo, de la culpa, de una infancia difícil. Pero esa noche comprendió algo que le heló la sangre:
Ese sueño no era una invención.
Era un recuerdo.
Alguien había tocado su mente.
Alguien había decidido qué partes de su historia eran aceptables y cuáles debían desaparecer.
Y su hermana…
su hermana había descubierto algo que no debía.
Iria se sentó en la cama, respirando con cuidado, como si un movimiento brusco pudiera alertar a la ciudad entera. Por primera vez desde que regresó, permitió que una idea se formara con claridad.
En Virelda, el silencio no protegía a nadie.
Seleccionaba.
Quienes hablaban demasiado se perdían.
Quienes recordaban demasiado se quebraban.
Y quienes intentaban huir… jamás lo hacían del todo.
La ciudad no necesitaba muros ni guardianes.
Tenía algo mejor.
Tenía el control sobre lo que la gente creía ser.
Iria Nocturne cerró los ojos y aceptó la verdad que había estado evitando desde el primer paso fuera del tren:
Ella no había regresado para enterrar a su hermana.
Había regresado porque el silencio la estaba reclamando.
Y esta vez,
no pensaba obedecer.