La Mujer Que Afirma Haber Sido Yo

CAPÍTULO 1

La ciudad que respira bajo la piel

Virelda olía a metal viejo y a lluvia que nunca terminaba de caer.

Iria caminaba por la calle principal con la sensación persistente de que el suelo no era del todo sólido, como si la ciudad flotara apenas por encima de algo que no debía ser visto. Cada paso resonaba demasiado fuerte en su cabeza, así que redujo el ritmo, casi por instinto.

Nadie caminaba deprisa en Virelda.

Las personas se movían con una calma antinatural, midiendo los gestos, los silencios, incluso las miradas. No era tranquilidad. Era cautela.

Iria notó que la observaban sin disimulo. Desde las ventanas. Desde los comercios abiertos a medias. Desde los reflejos distorsionados en los cristales. No había hostilidad en esas miradas, sino algo peor: reconocimiento.

Como si supieran exactamente quién era…
y lo que había olvidado.

El sonido de una campana marcó la hora. No supo cuál. En Virelda el tiempo no se contaba, se soportaba.

Pasó frente a la antigua biblioteca municipal. Recordaba haber pasado allí tardes enteras de niña, aunque no podía precisar con quién. La fachada estaba intacta, demasiado bien conservada para un lugar que, según los registros oficiales, había cerrado hacía más de diez años.

La puerta estaba abierta.

Iria se detuvo.

Un impulso le recorrió la espalda, una advertencia muda que no provenía de su mente, sino de algo más profundo, más antiguo. Su cuerpo no quería entrar.

Aun así, lo hizo.

Dentro, el aire era más frío. Las estanterías estaban llenas, pero los libros carecían de títulos en el lomo. Todos iguales. Todos anónimos. Como si sus historias no merecieran ser nombradas.

—¿Hola? —preguntó.

Su voz sonó mal. Demasiado alta. Demasiado viva.

Una mujer apareció detrás del mostrador. Delgado rostro gris, ojos apagados, sonrisa precisa.

—Aquí no se habla —dijo con suavidad—. Se recuerda en silencio.

Iria tragó saliva.

—Solo… estaba mirando.

La mujer la observó durante varios segundos. Luego inclinó la cabeza.

—Tú ya estuviste aquí.

No era una pregunta.

—No —respondió Iria—. Me habría acordado.

La mujer sonrió un poco más, como si hubiera escuchado algo divertido.

—Eso cree todo el mundo.

Iria dio un paso atrás. El suelo crujió bajo sus pies, y por un instante tuvo la sensación de que la biblioteca entera se inclinaba hacia ella, expectante.

—Mi hermana murió —dijo, sin saber por qué—. Estoy aquí por eso.

La sonrisa desapareció.

—Entonces deberías irte —susurró la mujer—. Antes de que la ciudad empiece a reconocerte del todo.

Un escalofrío le recorrió la nuca.

—¿Qué quiere decir eso?

Pero la mujer ya no estaba.

El mostrador estaba vacío. La biblioteca, silenciosa. Demasiado silenciosa. Como si el lugar hubiera contenido la respiración… y luego la hubiera soltado.

Iria salió apresurada a la calle, con el corazón golpeándole el pecho. El aire exterior le pareció más pesado que antes, más cargado, como si Virelda hubiera cerrado un poco más sus manos invisibles alrededor de ella.

Siguió caminando hasta la casa familiar.

La reconoció al instante.

No porque la recordara, sino porque ella la recordaba a ella.

Las paredes estaban limpias. Las ventanas cerradas. La puerta principal no mostraba signos de abandono. Nadie había vivido allí en años… y aun así, todo estaba preparado.

Al entrar, la envolvió ese olor inconfundible a lugar detenido en el tiempo. Muebles cubiertos, fotografías dadas vuelta, relojes sin manecillas.

En la sala, sobre la mesa, había un sobre.

Su nombre estaba escrito con una caligrafía que le provocó náuseas.

Era su letra.

Con manos temblorosas, abrió el sobre.

Dentro solo había una hoja.
Y una frase.

“Si estás leyendo esto, ya es tarde.
No confíes en tus recuerdos.
Y hagas lo que hagas… no hables en voz alta.”

Iria dejó caer el papel.

En ese momento lo entendió.

Virelda no la estaba observando.
La estaba esperando.

Y el silencio…
ya había empezado a cerrarse.




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